“El objetivo no es eliminar pantallas, sino que no se conviertan en la única forma de ocio o regulación emocional”
Disfrutar de unos días libres y descansar debería ser sinónimo de aburrirse, conectar con otras personas, vivir el momento…
La estrategia del golpe y porrazo para tratar de corregir una conducta está abocada al fracaso porque lejos de modular el desarrollo emocional puede provocar un impacto severo. Lo ideal es prevenir y hablar con esa persona, sin restar valor a sus pensamientos. También cuando se trata de abordar una cuestión tan cotidiana como el peso de la tecnología en el día a día. “Las pantallas deberían ocupar un lugar en nuestra vida, pero no el centro. El mejor indicador de equilibrio es sencillo: si podemos disfrutar sin móvil, estamos en buen camino”, valora Haizea Gómez, profesional del Colegio Oficial de Psicología de Bizkaia (COPBi).
¿Cómo pueden los padres establecer límites sin generar conflictos constantes?
La clave está en anticiparse. Los límites funcionan mejor cuando se acuerdan antes de que aparezca el conflicto. Es decir, no se trata de improvisar “¡se acabó el móvil!” en medio de una situación tensa, sino de pactar normas con calma.
¿Y cómo se puede hacer eso?
Suele ayudar utilizar reglas o normas claras, realistas y coherentes: cuánto tiempo, en qué momentos del día y con qué condiciones. A pesar de esto, es habitual que los menores se frustren cuando haya que dejar la pantalla. Cuando esto ocurra, es importante validar las emociones que puedan emerger en el menor. Le podemos decir algo así como “entiendo que te enfade, pero este es el acuerdo que habíamos pactado”. No se trata de entrar en discusiones ni en debates extensos, sino de empatizar y recordar las normas.
¿Qué errores suelen cometer las familias al gestionar el uso de dispositivos?
Algunos errores frecuentes son no establecer normas previamente y hacerlo únicamente cuando consideran que el menor pasa demasiado tiempo conectado a las pantallas. También límites inestables del tipo “hoy sí, mañana no”, “si estamos cenando fuera sí, pero en casa no”. O usar la pantalla como premio o castigo constante, aumentando su valor emocional. O prohibir sin ofrecer otras alternativas. Y no dar ejemplo diciendo que no puede utilizar los dispositivos, pero hacerlo ellos con una elevada frecuencia. En muchos casos, el conflicto no está en la norma, sino en la falta de consistencia.
¿Y cómo gestionar el uso de pantallas en vacaciones o tiempo libre?
Es cierto que las vacaciones, los fines de semana o los momentos de mayor tiempo libre son un contexto especialmente delicado porque desaparece la estructura diaria: horarios, responsabilidades y rutinas. Y cuando esto pasa, el móvil se convierte en la opción más fácil. Aunque estemos de vacaciones o sea fin de semana, es recomendable establecer zonas y momentos libres de pantallas: por ejemplo, comidas, excursiones, playa, paseos o ratos de juego en familia. También es recomendable reservar un tiempo concreto para las pantallas, en lugar de permitirlas de forma intermitente todo el día, porque eso dificulta mucho la autorregulación.
¿Mejor prohibir o educar en un uso responsable?
Bajo mi punto de vista, prohibir no suele ser la manera más sana de educar. Quizá pueda funcionar a corto plazo, pero al final suele acabar no dando demasiado resultado. ¿Cómo podemos hacerlo en la práctica? Enseñando a identificar cuándo se usa el móvil por aburrimiento o ansiedad de cuando se usa por disfrute, por ejemplo. El objetivo no es “eliminar pantallas”, sino que no se conviertan en la única forma de ocio o regulación emocional.
¿Qué alternativas saludables pueden ofrecerse para reducir el tiempo de pantalla?
La idea es que puedan ser opciones atractivas para los menores, sobre todo en vacaciones que hay más tiempo libre. Actividades al aire libre, juegos de mesa, manualidades, cocina, lectura compartida, deportes o actividades físicas, tiempo social con amigos o primos, planes familiares…. No se trata de llenar el día de actividades, pero sí crear momentos donde el ocio no dependa únicamente de una pantalla. Y si hay momentos donde no se esté haciendo nada y el menor diga que se está aburriendo, no alarmarse. Todas las personas nos hemos aburrido en algún momento de nuestra vida y no pasa nada por ello. Es más, el aburrimiento a veces puede ser la puerta de entrada a la creatividad. Una clave importante es que el ocio vuelva a estar ligado al cuerpo, al vínculo y al entorno.
¿Qué papel juegan las redes sociales?
Las redes sociales tienen un efecto muy potente en la autoestima, especialmente en adolescentes, porque fomentan la comparación constante con versiones idealizadas de los demás. Esto puede generar ansiedad, inseguridad, necesidad de aprobación y sensación de “no ser suficiente”. Además, el sistema de “likes” activa mecanismos de recompensa inmediata, haciendo más difícil desconectar. No es raro que muchas personas terminen sintiéndose peor después de pasar tiempo en redes, aunque inicialmente entren buscando distracción.
¿Y cómo influye el uso del móvil en las relaciones personales?
En muchas ocasiones, el móvil interrumpe la conexión emocional. En pareja y familia, la presencia física no siempre significa presencia real. Muchas personas prefieren pasar muchas horas, sobre todo en vacaciones, con la pareja o la familia. Pero la pregunta interesante sería: ¿cuántas de esas horas son de presencia real? Porque por muchas horas que estemos al lado de alguien, si cada uno está conectado a su dispositivo, no estamos compartiendo tiempo, sino únicamente espacio. Muchas parejas discuten precisamente por este motivo. Cuando el móvil está siempre presente, la conversación, el contacto visual y la atención hacia la otra persona se reducen de forma notable. Esto puede generar distanciamiento en el vínculo, porque una de las partes puede sentirse poco tenida en cuenta, no escuchada o incluso percibir que la otra persona no está emocionalmente disponible.
¿Es útil hacer “dietas digitales” o desconexiones puntuales?
Sí, pueden ser útiles, pero no lo plantearía como un castigo. Una desconexión puntual funciona como un “reinicio” para recuperar perspectiva y notar cuánto dependemos del dispositivo. Sin embargo, si después volvemos al mismo patrón, el efecto dura poco. Lo más eficaz suele ser incorporar hábitos sostenibles: horarios sin móvil, notificaciones desactivadas, momentos de ocio sin pantalla. Por ejemplo, algo alcanzable y realista puede ser: comer y cenar sin pantallas, ver una película y dejarnos el móvil en otra habitación…
Un consejo para lograr un equilibrio saludable con las pantallas
Poner límites claros, pero acompañados de presencia y alternativas. No se trata de demonizar la tecnología, sino de recuperar el control. Las pantallas deberían ocupar un lugar en nuestra vida, pero no el centro. En vacaciones especialmente, conviene recordar que descansar también implica aburrirse, conectar con otras personas, moverse y vivir el momento. El mejor indicador de equilibrio es sencillo: si podemos disfrutar sin móvil, estamos en buen camino.