Igorre. Corría el año 1963 cuando a un grupo de amigos de Igorre, Dima, Zeanuri, Basauri y Bilbao se les ocurrió una idea: dinamizar el valle de Arratia creando una de sus primeras industrias. Juntos montaron un taller al que llamaron Arraba, y que se convertiría a la postre en la semilla de Batz. 50 años después, el pasado fin de semana han vuelto a reunirse los fundadores de la que a día de hoy es toda una multinacional con catorce plantas de producción repartidas por todo el mundo. Recordando a algunos de ellos que ya no están, Julián Bengoetxea, Pedro Zuazo, Andoni Iza Badiola, Javier Petralanda o Vitoriano Goioaga, rememoran la bilbainada que supuso entonces poner en marcha el negocio, que consistía en fabricar utillajes especializándose en troqueles para estampación.

Y es que, Arratia no era hace medio siglo lo que es a día de hoy. "Aquí no había nada", aseguran. Poco a poco y tras un año sin cobrar, el negocio fue tirando para adelante. Llegó el momento en el que pudieron tener una fresadora y un cepillo que mecanizaban el proceso. Con la creciente mecanización del negocio fueron aumentando los pedidos y las horas de trabajo crecieron a la misma velocidad. "Empezamos a trabajar siete días a la semana", narran los primeros trabajadores de la empresa, muchos de ellos fundadores de la misma. Tal y como recuerdan, de lunes a sábado acudían a la fábrica de 7.10 a 13.00 horas. Paraban una hora para comer y volvían a ponerse en marcha de 14.00 a 22.00 horas. Los domingos, daban el callo también por las mañanas hasta las 14.00 horas. Tales eran las prisas diarias que, incluso, llegaron a convertir un piso de las inmediaciones en restaurante para comer. "Antes esta era una zona de bares de txikiteo y no nos daba tiempo a pedir comida, que nos la sirvieran y volver a tiempo. Con el nuevo restaurante empezamos a comer más tranquilos". "Algunos de Zeanuri se quedaban a dormir en casas de los trabajadores de aquí porque ni les daba tiempo a volver a casa", rememoran.

Y es que, no todo fueron facilidades. "Los primeros años de Batz, Franco seguía muy vivo" y sus tentáculos espiaban lo qué hacían aquellos, hasta la fecha aldeanos, que se habían aposentado allí para fabricar cosas. "En los primeros años hasta vino un domingo el alcalde de Dima a ver porqué trabajábamos también el domingo. Tampoco teníamos vacaciones", añaden.

Este desarrollo se agudizó a principios de los años ochenta. Fue entonces cuando la empresa firmó un acuerdo con General Motors tras conocerse que esta firma iba a asentarse en Zaragoza.

A día de hoy tiene catorce plantas de fabricación propias. Cinco en Euskadi y otras nueve en Portugal, Alemania, República Checa, China, México y Brasil. Además de los acuerdos de fabricación para sus productos en Turquía, Eslovenia, Sudáfrica, India, Corea y Japón.

Después de todos aquellos esfuerzos, hoy recogen el agradecimiento de los que han podido trabajar en la empresa durante estos cincuenta años. Dos de los fundadores, Felipe Barrenetxea y Zeles Iriondo, recibieron el viernes descubrieron en la planta de Igorre un monolito en agradecimiento a su labor que permitió el desarrollo de Batz.