Coleccionista de arenas del mundo
Goio Polo ha conseguido reunir en seis años 1.200 muestras procedentes de playas, lagos y desiertos
TODO empezó hace seis años de la forma más tonta en la playa de San Bou (Ibiza). "Estábamos de vacaciones con la cuadrilla y alguien comentó a los críos: ¿por qué no cogemos algo de arena para llevar a casa?". Así es como recuerda Goio Polo la obtención de su primera muestra, o sea, su primer amor en el mundo del coleccionismo de arenas. Ese día vació un envase de aquellos en los que se vendían los rollos de fotografía y lo llenó de la fina arena ibicenca. Con ese pequeño souvenir en la mochila y con el virus del coleccionismo metido en el cuerpo regresó a Derio, donde vive con su mujer y dos hijos. Le debió hacer efecto muy rápido porque al de pocos días comenzó a recorrerse los arenales vizcainos en busca de muestras. "Me pateé las 28 o 29 playas que hay en Bizkaia y descubrí que había algunas que no conocía, como Ogeia o Aritxatxu, que son una gozada", recuerda. Así, poco a poco, fue haciéndose con una colección que hoy en día supera las 1.200 variedades. Tiene arenas de todo el mundo, y no solo de playas. Las ha conseguido gracias a sus viajes, a los amigos y a internet. Su colección incluye arenas de lagos, rías, desiertos y volcanes. Goio admite que su afán por coleccionar arenas es una "chaladura bonita", pero también reconoce que le mantiene "ocupado y feliz".
Para comprender mejor las inquietudes coleccionistas de Goio basta con escarbar un poco en su trayectoria vital. "Siempre he sido una persona muy inquieta", confiesa. Y comienza a detallar su pasado. "Desde que fui monaguillo a los nueve años no he parado", dice sonriendo. "Bailé con el grupo de danzas del pueblo", continúa el repaso, "estuve metido en todas las comisiones de fiestas; a los 24 años fui presidente del Club Deportivo Sondika; también fui masajista del Getxo... Y ahora colecciono arenas y hago tallas de madera". Goio desarrolla su habilidades por la tardes, después de finalizar su jornada laboral como conserje en la escuela de Sondika. "Estoy muy a gusto en mi trabajo", comenta. "Es lo mejor que te puede pasar, trabajar en tu pueblo y con críos", resume.
Exposición Así es Goio, feliz en el trabajo y feliz con sus hobbies. El de coleccionar arenas, aunque lo tiene un poco "parado" desde hace cuatro meses porque no le entran muestras, le llena mucho. Y no sabe exactamente por qué. "Quizá porque me mantiene activo y veo que la exposición está viva", reflexiona. "La contemplo todos los días cuando entro al garaje", prosigue, "porque esto no es como tener una colección de sellos en una caja". Ver los tubos de ensayo donde guarda las muestras le da vida y le recuerda las caminatas por las playas que ha visitado. "Una de las cosas bonitas que tiene esto de coleccionar arenas es que conoces lugares preciosos con una naturaleza salvaje", señala. Por ejemplo, Goio recuerda el día que salió a las seis de la mañana de un hotel del sur de Lanzarote para recorrerse kilómetros de costa y playa. "A esas horas ves de todo: culebras, perdices o conejos algo que no sucede durante el día", dice. Parecidas experiencias ha tenido cuando ha recogido muestras en la costa gaditana o en los arenales cántabros. "La última vez que estuve en Cádiz me pateé todas las playas desde Chiclana hasta Caños de Meca; me vine con 25 botellas de medio litro llenas de arenas", cuenta. Trajo tanta cantidad porque este tipo de coleccionismo se basa fundamentalmente en el intercambio. "Al principio cogía muy poca arena", dice, "porque solo traía para mi colección, pero al entrar en internet vi que había un mundo y comencé a contactar con otros coleccionistas". Tampoco son tantos. Goio cree que serán "unos doce" en todo el Estado. Nombra a Pepe Gomis en Castellón, otro en Tenerife, otro en Galicia, dos en Euskadi... Y para de contar. Pero mantienen entre ellos una intensa relación. Tienen un código del coleccionismo que es sagrado. "No se puede vender ni comprar, y tiene que haber fidelidad; si yo le envío a uno de ellos una muestra de la playa de Azkorri, es que es de Azkorri", sentencia.
Amigos La otra fuente de aprovisionamiento son los amigos y familiares. "Esa es la que más valoro y la que más ilusión me hace", confiesa. "Fíjate qué bonito es que una persona que va de vacaciones por ahí se acuerde de ti y te traiga un trocito de playa; eso no tiene valor". De esa forma ha conseguido reunir 1.200 muestras de una procedencia tan dispar como el desierto de Jordania, una playa de Birmania o el lago Arija, en Burgos. ¿Cuál es su arena preferida o la más bonita?, le preguntamos. "Para mí son todas iguales", contesta sin pensarlo, "aunque las que más valor tienen son las que me trae mi gente; lo de internet es más secundario". Pero no todas son iguales. Las hay marrones, negras, blancas, de colores, de grano más grueso, finas como el pan rallado... Goio no hace un estudio geológico de las arenas porque no es su campo. "Yo me limito a coleccionarlas", dice, "aunque hay gente en Estados Unidos que si le mandas una muestra te reenvía la composición detallada".
El futuro de Goio pasa por seguir coleccionando arenas. Por ello se ha construido una estantería con capacidad para albergar 2.800 tubos de ensayo en los que guarda las muestras. "Me gustaría hacer una escapada y recorrer las playas desde Santander hacia Asturias", dice. Y apunta un dato. "Llanes, por ejemplo, tiene 30 playas, y me gustaría pateármelas". Aun así, Goio no planifica las vacaciones en función de su colección. "Aquí, como en muchas casas, la familia es quien decide", aclara. Ahora bien, si toca costa, lago en montaña o río, ahí estará Goio con sus botellas para regresar a casa con muestras.