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Aprender a cocinar para tener una vida sana

Un colegio bilbaino enseña a los alumnos a preparar sus platos para que los valoren y conozcan sus bondades

Aprender a cocinar para tener una vida sanaDeia

ES la hora Gozo-Gozo. Cada uno se pone su delantal, con ayuda de andereños y maisus. Y el gorro alto, que no puede faltar: "¡Qué guapo estoy! Parecemos cocineros. Si me vieran ama y aita...". Se miran unos a otros. Es una buena forma de empezar una ocurrente y didáctica actividad que un centro de enseñanza del Bilbao realiza "para que los alumnos aprendan a comer cocinando, para crear hábitos de vida saludable". Un trabajo que empieza "desde que son muy pequeños", explica la responsable de este programa Educación para la Salud, Helena García.

Van a cocinar. En una cocina de verdad, con cuchillos de verdad, tablas de partir, placas de inducción, hornos... Lo hacen para comérselo después, o llevarlo a casa, si sobra algo. Se realiza dos días por semana con una duración de entre una hora y media y dos horas. Y para que la clase sea efectiva y todo esté bajo control, los aprendices de Arguiñano son entre 12 y 15. Empanadillas al horno, lasaña de verdura, espaguetis a la marinera, tortilla, salmón en papillote, tomates rellenos, huevos rellenos con forma de ratón... El menú es variado y atractivo.

Es curioso ver a los pequeños de tres y cuatro años vestidos de esta guisa, moviéndose por el aula de un lado a otro, como gnomos, preguntando impacientes, esperando a ponerse manos a la obra. Es la edad de los más jóvenes, pero pasan por esta formación hasta los de 16 años. "Ellos son los protagonistas en esta aventura. Por eso les gusta tanto, y disfrutan", explica la docente.

Experiencia inédita

Helena imparte Física y Química, y Matemáticas a alumnos de Bachillerato en el Colegio Madre de Dios. Ella ha pasado por la experiencia de tener hijas que no comían cuando eran pequeñas y ya no sabía qué hacer. "Llamaban del comedor del colegio y me decían que la mayor llevaba quince días sin comer", recuerda. Pero, de repente, la niña, cambió de idea y empezó a comer. La madre, intentando que el milagro también ocurriese en casa, visitó el jantoki y empezó a imitar los menús escolares, las formas de cocinar, el aspecto... Aunque de poco le sirvió. "Hoy en día son mayores, y una de ellas sigue alimentándose a base de media docena de cosas", comenta.

Pasada esa etapa, que a muchos aitas puede llevarles a la desesperación, vive ahora la problemática desde el punto de vista de la práctica. Por eso esta docente vio con muy buenos ojos la propuesta que le hicieron en el centro. Gozo-Gozo, un proyecto propio y "del que no tenemos constancia de que se lleve a cabo en otro colegios de Bizkaia, al menos". Es una iniciativa completa, interdisciplinar y trilingüe, ya que se imparte en euskera, inglés y castellano. La guía es un pequeño manual que Helena ha confeccionado y con el que, incluso deben emplear matemáticas, conocimiento del medio, conocen las propiedades de los alimentos...

El objetivo es "lograr que los niños coman enseñándoles a cocinar sus propios platos", concreta la emprendedora. Fue todo un reto para ella. Así que, partiendo de un concepto básico, en principio, y difícil en la práctica, empezó a maquinar materiales que necesitarían, cómo materializarlo, hacerlo atractivo... y aprender a la vez. A comer, y más cosas.

Lo básico fue comprar utensilios de cocina, hornos microondas, placas de inducción, mesas de la altura de los más pequeños, trapos, etc. Y... ¡voilá! Todo listo. "Unos días antes de la actividad enviamos una circular a los aitas para que firmen el consentimiento y que los niños tomen parte en ella, y les decimos qué deben traer. Aconsejamos, por ejemplo, que las niñas de pelo largo, lo traigan recogido ese día. Y que porten un recipiente para llevar a casa lo que cocinan", comenta Helena. Todo está pensado.

Lo primero es lavarse las manos. Los más txikis comienzan haciendo brochetas de frutas bañadas en chocolate. ¿Puede haber algo más divertido en clase? Bajo la atenta supervisión de los responsables, tienen que hacer turnos para remover el chocolate, la bechamel, o aquello a lo que toque dar vueltas. Han llegado al punto de que la andereño cuenta hasta cinco, el tiempo que mueve la cuchara cada uno, para dejar paso al siguiente.

"Están encantados, porque lógicamente, nadie les deja usar un cuchillo, y aquí sí", dice la responsable. "¿Por qué unas aceitunas son verdes y otras negras?", pregunta Ander. Y siempre hay una explicación, y un consejo, como que hay que tomar cuatro piezas de fruta o verdura al día. Es una labor continuada: "Les preguntamos con frecuencia si las comen, intentamos que calen los consejos que les damos".

Una vez cocinado el manjar, "algunos se lo comen en clase; otros lo guardan para el recreo; algunos lo llevan a casa, sobre todo los más pequeños, que quieren que lo prueben sus aitas". Después de la ardua y divertida tarea, llega la hora de recoger. El ciclo del trabajo es completo, y deben recoger y ordenar todo antes de acabar. ¡Ah! También aprenden a reciclar los restos.