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La importancia de llamarse Tino

El jugador "ché" Tino Costa, que estudió corte y confección, brilla en los disparos de larga distancia

La importancia de llamarse TinoFoto: efp

Bilbao

a Alberto Facundo Costa, le llaman Tino. "Sí, bueno, lo de Tino es cosa de mi abuelo que lo sacó del personaje de una telenovela argentina que se llamaba Faustino. Finalmente fui mi mamá quien lo acortó porque no le gustaba". Con un nombre u otro, Tino Costa (Las Flores, provincia de Buenos Aires, Argentina, 8 de enero de 1985) era alguien desconocido en la Liga, un jugador sin nombre en España. Hasta que el Valencia decidió cazarle el pasado verano del Montpellier francés. La sombra de Rubén Baraja, diez años asentada en Mestalla, está siendo suplida por un jugador fino y elegante que asusta con su disparo de larga distancia, por eso una de las armas que acuña son las jugadas a balón parado. Cuando en el partido de Champions ante el Bursaspor turco, el argentino fabricó un gol espectacular, un zurdazo con un impresionante efecto, desde 35 metros que clavó por la escuadra se empezó a descubrir a Tino Costa.

"Me fijé mucho en Juninho Pernambucano, uno de los mejores lanzadores del mundo. Me fijaba en cómo ponía el pie, la distancia que tomaba", explica. Y lleva cuatro goles anotados en Liga y dos más en Champions con el Valencia. "Eso es posible porque el equipo funciona bien", asegura. La lesión de Banega propició su salto a la titularidad en las primeras jornadas del campeonato y desde entonces ha jugado 16 partidos. A su visión para crear juego se une su cualidad física y táctica para defender. Y las estadísticas dicen que el Valencia saca mejores resultados cuando él está en el campo. Quienes ven entrenar a Tino dicen que no ven su tope. "Le vas poniendo listones y los va saltando todos. No sé dónde parará", apunta el secretario técnico ché, Braulio Vázquez. "Es una realidad con progreso", descubre el entrenador Unai Emery.

Tino Costa explota a las orillas del Turia una carrera que empezó a despegar en el Montpellier francés, a donde le costó llegar.

El argentino se entrenaba en un pequeño club del barrio de Las Flores llamado La Terraza, a las afueras de Buenos Aires, cuando recibió una oferta para jugar en la Isla de Guadalupe, territorio caribeño francés con el Basse-Terre. Antes de irse, se hizo un tatuaje con la firma de Maradona en su brazo izquierdo, "para acordarme de los sacrificios que él hizo para llegar a lo más alto", según recuerda. Una vez allí, con 15 años, solo, sin su familia, lo pasó mal. Confiesa que cada noche preparaba la maleta para marcharse a la mañana siguiente y "al despertar me decía: va, me quedo un día más". "Todos los días a las nueve ya estaba durmiendo. Todas las noches lloraba. Me quería matar", llegó a pensar. Pero fue aguantando. Vivió con una familia de acogida, acudía a clase -empezó a estudiar francés y corte y confección-, trabajaba en un supermercado y cada cierto tiempo viajaba hasta Francia para probar con algunos de los mejores equipos de la Ligue 1. Probó sin éxito en el Auxerre y Lyon -compartió habitación con Benzema- hasta que fue el Racing de París, donde firmó su primer contrato semiprofesional, el que le abrió finalmente las puertas del fútbol francés. Tras una temporada, pasó dos años en el Pau y otro en el Sete, ambos clubes modestos de la Costa Azul, hasta que en 2008 recaló en el Montpellier (67 partidos, 15 goles). Allí se convirtió en el cerebro del equipo y en uno de los hombres clave. El Valencia pagó seis millones y medio por él y ahora presume de un futbolista con mucho tino.