Con acento europeo

Relaciones UE-EE.UU., nada volverá a ser igual

12.06.2021 | 01:14

EL lunes se celebra la primera cumbre UE-EE.UU. desde la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca. Su primera gira internacional es en Europa, con una primera parada en el Reino Unido para celebrar la cumbre del G7 y después, Bruselas con las Instituciones Europeas en un encuentro sobre el futuro digital y una cita clave posterior con los jefes de Gobierno de la OTAN. Todas las expectativas puestas en el cambio de máximo mandatario estadounidense se citan en estos encuentros donde veremos en qué quedan las enormes expectativas puestas en Biden respecto a los cuatro años anteriores de Trump. Seguridad y defensa, política comercial, digitalización, cambio climático... una agenda que incluye todos los grandes desafíos de la Humanidad en esta década, en un diálogo que debería ser más cercano que el de besugos que se produjo en la anterior presidencia norteamericana. Pero, lo cierto es que resulta imposible pensar que con la situación geopolítica que vive el mundo, las relaciones UE-EE.UU. volverán a ser las tradicionales de socios preferentes donde uno pagaba y el otro aceptaba las reglas del juego sin rechistar.

Lo cierto es que el deterioro de las relaciones entre ambos gigantes internacionales se fraguó entorno a la seguridad y defensa continental. Estados Unidos lleva décadas –para ser exactos desde que nos rescataron en la II Guerra Mundial de la invasión nazi– siendo los gendarmes del Continente. Algo que tiene un alto coste para el aliado americano y que no le reporta ya los réditos que tenía cuando la Unión Europea no era una realidad. A medida que nuestro ejercicio de cesión de soberanía nacional ha ido constituyendo una potencia supranacional, para EE.UU. ha perdido rentabilidad defendernos de los riesgos externos e internos que tenemos. Así, la OTAN se ha convertido en un armatoste caro y de difícil gestión, donde casi nadie está cómodo. No tenemos debidamente identificados nuestros enemigos, el mantenimiento de la estructura de funcionamiento es muy caro y su propio concepto defensivo se ha quedado obsoleto ante las nuevas formas de ataques ciberespaciales.

La suma de los intercambios trasatlánticos UE-EE.UU. lideran la cifra de comercio internacional. Es decir, lo que entre ambas zonas se transacciona es incomparable con cualquier otra área de negocio mundial. Parecería lógico que entre las dos entidades se establezca una relación estable y duradera, como así había sucedido hasta el mandato de Trump. La Unión Europea apuesta descaradamente por el libre comercio y la multilateralidad en los acuerdos internacionales, apoyando mediante cooperación a los países en vías de desarrollo. Estados Unidos, hasta hace unos años adalid de esa política librecambista, ahora trabaja con los aranceles proteccionistas como arma negociadora en sus contenciosos comerciales. De fondo, el intento de proteger a las industrias nacionales de la globalización que hace imposible competir por los costes laborales, mucho más bajos en los centros de producción asiáticos. Si Europa se protege a base de normas medioambientales, sanitarias, técnicas o de igualdad, Estados Unidos lo hace a base de barreras fiscales a la importación.

Es evidente que los cuatro años de Trump en la Casa Blanca han marcado un punto de inflexión en las relaciones UE-EE.UU. De ser un aliado cierto y seguro, hemos pasado a contemplar a Estados Unidos como un adversario incierto. Ahora Biden trata de recobrar la vieja relación desde nuevos parámetros. Algo ha cambiado para siempre: Ni Europa está ya esperando el apoyo misericordioso de Estados Unidos, ni los norteamericanos ya nos ven como un escenario de actuación dependiente de Washington. Pensar que la firme de decisión de la UE de convertirse en un actor determinante en el tablero mundial o que EE.UU. no va a batallar a muerte contra China por la hegemonía mundial, es un ejercicio de vana inocencia. Seguro que en todos los grandes retos a los que el mundo se enfrenta, a Europa y Estados Unidos nos acercan más cuestiones que nos separan. Pero una cosa es cierta: ya nada volverá a ser igual entre ambos, sea cual sea el inquilino de la Casa Blanca.

 
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