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40 años del accidente de Chernóbil: una cadena de fallos

Una prueba de seguridad mal ejecutada que transformó para siempre la industria nuclear

40 años del accidente de Chernóbil: una cadena de fallosEP

Habían pasado la una de la madrugada de un 26 de abril de 1986, es decir, hace hoy 40 años, cuando un reactor nuclear en el norte de Ucrania se salió de control. En cuestión de segundos, una prueba de seguridad se convirtió en una explosión que cambiaría para siempre la historia de la energía nuclear. Cuatro décadas después, el accidente de Chernóbil sigue siendo el peor desastre nuclear civil jamás ocurrido.

La prueba que debía realizarse en el reactor 4 de la Central Nuclear de Chernóbil no empezó, en realidad, aquella madrugada. Había comenzado a torcerse muchas horas antes.

Durante el turno diurno del 25 de abril, los operarios ya habían iniciado los preparativos. El objetivo de la prueba era comprobar si, en caso de pérdida de suministro eléctrico, la inercia de las turbinas podía mantener en funcionamiento los sistemas de seguridad durante unos segundos. Para ello, era necesario reducir progresivamente la potencia del reactor.

La operación comenzó de madrugada y, a primera hora, la potencia ya había descendido aproximadamente a la mitad. Pero entonces surgió el primer imprevisto: otra central eléctrica de la región dejó de funcionar y desde Kiev se solicitó mantener la producción de Chernóbil para cubrir la demanda. Por lo que la prueba se aplazó. Los equipos que habían preparado el experimento abandonaron la central al finalizar su turno, y la responsabilidad recayó en el equipo nocturno, operadores y supervisores con menos tiempo y menor formación.

Cuando finalmente, ya entrada la noche, se autorizó retomar la reducción de potencia, el reactor empezó a comportarse de forma inestable. El programa establecía trabajar en un rango de entre 700 y 1000 MW, nivel que se alcanzó pasada la medianoche. Sin embargo, la potencia continuó descendiendo de forma inesperada debido al llamado “envenenamiento por xenón”, un fenómeno que dificulta la reacción nuclear.

Con la potencia en descenso, los operadores intervinieron manualmente. En ese proceso, se produjo un error al introducir demasiado rápido las barras de control, y por la combinación con otros factores, se provocó una caída brusca hasta unos 30 MW, muy por debajo del nivel seguro para el experimento.

Para revertir la situación, el equipo desactivó sistemas automáticos y extrajo manualmente gran parte de las barras de control, intentando recuperar la potencia. Tras varios minutos, lograron estabilizar el reactor en torno a los 160–200 MW, pero en condiciones cada vez más inestables.

A medida que avanzaban los minutos, las señales de alerta se acumulaban en la sala de control. Indicaban problemas en el flujo de agua, en la presión y en la estabilidad del reactor. Sin embargo, muchas de esas advertencias fueron ignoradas con aparentemente un objetivo claro: mantener el nivel de potencia.

Poco antes de la una de la madrugada del 26 de abril, el reactor operaba ya muy lejos de los márgenes de seguridad establecidos. La potencia era baja, la estabilidad frágil y varios sistemas de protección habían sido desconectados, en lo que posteriormente se consideraría una grave vulneración de las normas de seguridad.

El accidente

A la 01:23 de la madrugada comenzó el experimento. El procedimiento consistía en cortar el suministro de vapor a las turbinas para comprobar cuánto tiempo podían seguir generando electricidad por inercia.

En ese momento, cuatro de las ocho bombas de circulación principales estaban activas —cuando lo habitual era operar con seis—. Al cortarse el vapor, las turbinas continuaron girando por inercia, pero la energía disponible empezó a disminuir. A medida que este perdía potencia, también lo hacía el flujo de agua de refrigeración. El caudal disminuyó y comenzó a formarse vapor en el núcleo, lo que alteró el equilibrio del reactor.

La reducción del agua aumentó la formación de vapor y, con ello, la potencia del reactor. Este fenómeno, característico del diseño RBMK, generó un bucle de retroalimentación: más vapor implicaba más potencia, y más potencia generaba aún más vapor.

En condiciones normales, el sistema automático habría compensado ese efecto introduciendo barras de control. Sin embargo, muchas de ellas habían sido retiradas manualmente y varios sistemas de seguridad estaban desconectados. Cuando la potencia empezó a aumentar de forma brusca, ya no había suficientes mecanismos activos para estabilizarla.

A las 01:23:40, en medio de esa inestabilidad, se activó el botón de parada de emergencia, el conocido AZ-5. Su función era detener la reacción nuclear introduciendo todas las barras de control en el núcleo. Según los registros del sistema SKALA, la señal fue manual, aunque nunca se ha aclarado del todo si se trató de una reacción de emergencia o de un procedimiento rutinario. Pero ocurrió lo contrario.

Debido al diseño del reactor, las barras de control provocaron en un primer momento un aumento de la reactividad. La potencia se disparó de forma incontrolable y en apenas unos segundos el reactor alcanzó niveles muy por encima de su capacidad. Las estimaciones sitúan la potencia en torno a los 30.000 MW, más de diez veces su nivel normal.

El núcleo se sobrecalentó y la presión interna aumentó hasta el límite. Entonces llegó la explosión física. La acumulación de gases en el interior levantó la tapa de 2.000 toneladas del reactor. Poco después, se liberaron grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera. Fragmentos de grafito incandescente y combustible fueron expulsados al exterior, provocando incendios en distintos puntos de la planta. Así, el reactor 4 había quedado destruido.

Primeros minutos

Minutos después de la explosión, los primeros bomberos militares asignados ya estaban en camino hacia la central sin saber a lo que realmente se enfrentaban. Las llamas se extendían por el reactor 4 y amenazaban con alcanzar el edificio contiguo, donde se encontraba el reactor 3 aún en funcionamiento. La situación era especialmente peligrosa: el material expulsado había provocado varios incendios en el techo, construido en parte con 'bitumen', un material altamente combustible.

Dada la magnitud del desastre se vieron obligados a solicitar refuerzos desde Kiev. La intervención de los bomberos durante las primeras horas fue decisiva, ya que lograron contener las llamas y evitar que el incendio alcanzara otros reactores. Trabajaron sin protección adecuada, prácticamente a ciegas. A algunos se les proporcionaron máscaras de gas y tabletas de yoduro de potasio, pero eran insuficientes frente a los niveles de radiación a los que estaban expuestos.

Trabajadores y voluntarios en Chernóbil.

Aunque en el interior, la situación era aún más grave. La radiación alcanzaba niveles letales en cuestión de minutos, pero los instrumentos disponibles no podían medirla correctamente. Muchos dosímetros se habían destruido o no superaban su escala máxima, lo que llevó a los operadores a subestimar el peligro. En algunas zonas, los niveles superaban con creces los 20.000 röntgens por hora, muy por encima de la dosis letal en cuestión de segundos.

Esto llevó a muchos a creer que el reactor seguía intacto. Entre ellos estaba el jefe de turno, Aleksandr Akímov, que permaneció en el edificio durante horas intentando bombear agua al núcleo. Ninguno de los trabajadores contaba con protección adecuada.

Mientras tanto hay que tener en cuenta que el reactor permanecía abierto al exterior. En su interior, el grafito ardía a temperaturas extremas —en torno a los 2.500 grados—, liberando una nube radiactiva que se elevaba a gran altura y comenzaba a desplazarse por el aire. El primer reconocimiento desde el aire confirmó la magnitud del desastre: el núcleo estaba expuesto y parte del material nuclear se había fundido, formando una masa incandescente.

A pocos kilómetros, la ciudad de Prípiat seguía con su vida normal. No fue hasta horas después cuando se detectaron niveles de radiación muy por encima de lo habitual. La evacuación no comenzó hasta 36 horas después del accidente. Miles de personas abandonaron sus hogares con la promesa de que regresarían en pocos días. No volverían. Para entonces ya había más de mil afectados por la radiación.

En los días siguientes, el Ejército soviético puso en marcha una operación a gran escala para contener el reactor. Helicópteros sobrevolaron el núcleo arrojando miles de toneladas de materiales —arena, plomo, arcilla o boro— con el objetivo de sofocar el incendio y reducir la liberación de radiación.

En paralelo, cientos de trabajadores excavaron un túnel bajo el reactor para evitar que el combustible fundido alcanzara las aguas subterráneas. Comenzaba así una operación sin precedentes para contener un desastre que, durante horas, nadie había logrado comprender del todo.

Un helicóptero sobrevuela la zona.

Las consecuencias

La explosión desencadenó la mayor catástrofe en la historia de la explotación civil de la energía nuclear. En los primeros momentos, 31 personas murieron como consecuencia directa del accidente, la mayoría bomberos y trabajadores que participaron en las tareas de emergencia.

La evacuación afectó a decenas de miles de personas. Solo la ciudad de Prípiat, con unos 50.000 habitantes, fue desalojada horas después. En total, más de 100.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares en los meses posteriores, mientras amplias zonas quedaron deshabitadas durante años.

En 1990, niños de zonas afectadas por radiación viajaron al extranjero para recibir tratamiento médico.

La radiación no se limitó a Ucrania. La nube radiactiva se extendió por buena parte de Europa, obligando a adoptar medidas de control en distintos países y generando alarma internacional. La contaminación, además, no se distribuyó de forma uniforme, sino en “manchas” irregulares condicionadas por el viento y la lluvia.

En los días y meses siguientes, según estimaciones entre 300.000 y 600.000 'liquidadores' participaron en las tareas de limpieza y contención. Muchos de ellos estuvieron expuestos a niveles elevados de radiación.

Las consecuencias sobre la salud, sin embargo, siguen siendo objeto de debate décadas después. En los casos más inmediatos, la exposición provocó síndrome de irradiación aguda y la muerte en cuestión de semanas. A largo plazo, se ha detectado un aumento de determinados tipos de cáncer, especialmente de tiroides, aunque no existe consenso absoluto sobre el impacto total del accidente en la mortalidad.

Más allá de las cifras, la radiación dejó una huella persistente en el territorio. Algunos de los elementos liberados permanecen activos durante décadas e incluso siglos.