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Mi primera mascarilla

02.04.2020 | 00:12
Mi primera mascarilla

EL martes, al contrario que en las semanas anteriores, fue mi mujer la que salió a hacer la compra de toda la semana. No fue una buena idea y entró en casa dejando claro que ella no vuelve a hacer la compra hasta que todo esto pase. Se vio muy afectada por el ambiente de las calles desiertas y, sobre todo, por cómo vio los supermercados. Tras más de dos semanas encerrada en casa, le agobió la desesperanza en las tiendas, ese silencio posapocalíptico que uno tiene que gestionar entre que mete las manzanas en la bolsa y las pone en la báscula. Me decía que le resultaba estresante ver que otra persona se asomaba a la misma cámara frigorífica de yogures que ella. "¿De verdad no puede esperar tres segundos a que yo me mueva a otro sitio?". Y después esa ansiedad por agolparse en las filas de las cajas registradoras y las miradas de odio a esa señora que está ahí para pagar únicamente la barra de pan.

Cuando todo esto acabe no será de extrañar que todos tengamos que hacer una pequeña labor para readaptarnos a la socialización. Creo que quedarán vigentes algunas nuevas costumbres. Las distancias entre personas creo que han venido para quedarse, por ejemplo. Lo agradeceremos cada año en la temporada de gripe. O quizás ahora le llamemos la temporada del covid-19.

En casa todo sigue igual. Mismo estrés, misma falta de descanso y cada vez menos paciencia. El paquete es como el de Movistar o Netflix: para toda la familia. Lur ya no mide. Hace una semana se disfrazaba de Cazafantasmas, de futbolista o de Gatuno, de los PJMask. Ahora ya todo le da igual y mezcla los disfraces a lo loco. Ayer por la mañana, por ejemplo, pidió el vestido y las botas de Elsa, de Frozen, para tener sus poderes heladores en las manos, pero también exigió que se le pintase la cara como a Gatuno, para ser más veloz. Todo esto mientras pide que le llamemos Profesor Venkman, en honor al líder de los Cazafantasmas. Ya le da lo mismo carne que pescado. Su imaginación está mucho más lejos que estas cuatro paredes y no hay manera de controlarla. Eso sí, el look resultante, o se lo explicas al que lo ve, o no entiende nada.

Hasta ayer yo llevaba 16 días de teletrabajo, pero el actual contexto me obligó a acudir a una reunión en la redacción. He de confesar que daba yuyu. No por volver físicamente a la redacción, que también, sino por tener que salir de tu burbuja y sentirse vulnerable. ¿He estado 18 días encerrado para exponerme ahora a un contagio? Al salir por la puerta de casa me puse por primera vez una mascarilla. Me sentía como un forajido. Y mientras conducía no dejaba de buscar patrullas de la Ertzaintza. Me van a parar, me van a parar. Por dentro estaba deseando estrenar mi salvoconducto para circular. Pero no, nadie me paró y eso incluso me indignó. ¿Estamos encerrados y aquí nadie controla a los descerebrados que salen? Una vez de vuelta a casa tenía la sensación de que llegaba con una mochila muy pesada. ¿Lo traeré ahora? ¿No me enteraré hasta que aparezcan los síntomas, si lo hacen, dentro de varias semanas? ¿Y si se lo estoy pasando a la familia? Esa debe ser la aterradora realidad con la que están conviviendo todos esos currelas que no han tenido la oportunidad de teletrabajar como yo. No todos tendríamos tripas para vivir con esa angustia.

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