Síguenos en redes sociales:

Lo que hay que tener

Hay quien se tira a la piscina sin comprobar si tiene agua y quien no se atreve ni a acercarse al borde. Son dos actitudes extremas y contrapuestas, pero con algo en común: ambas son opciones erróneas. Como en tantas cuestiones, la virtud está en saber combinar el atrevimiento con la precaución... y viceversa

Lo que hay que tenerDEIA

J. V.: Lo ideal sería encontrar un término medio, es decir, no pasarse ni de osadía ni de prudencia. Pero, ¿cómo se consigue?

I. Q.: Esto es como el punto de sal, que cada uno lo tiene distinto. Cada persona es diferente y cada situación también. Opino que esta es una búsqueda incesante, la de tratar de quedar en el sitio justo, pero es prácticamente imposible. Unas veces seremos demasiado osados o demasiado precavidos y otras, todo lo contrario. También diría que uno es demasiado osado cuando cree que ya lo ha terminado todo y demasiado prudente cuando no ha empezado nada.

J. V.: ¿Qué hace que seamos muy echados para adelante o muy 'segurolas'? ¿Venimos así de fábrica? ¿Lo aprendemos?

I. Q.: Como en casi todos los rasgos de una persona, hay una unión entre lo que traemos de fábrica y lo que van haciendo en nosotros la educación y el entorno. Una educación que induce a la temeridad enseña a ser audaz y a asumir riesgos importantes; por el contrario, una educación excesivamente protectora o autoritaria induce una sumisión y un temor que facilitan el exceso de prudencia y el miedo, a veces injustificado a cualquier cosa, toma de decisiones, expresión de opiniones, etcétera, llevando a un bloqueo que resulta doloroso y esterilizante.

J. V.: ¿Nos hacemos más precavidos con los años, o sea, con la experiencia?

I. Q.:Sí, pero aquí también las combinaciones son variadas. Precaución no quiere decir miedo. Nos podemos hacer más precavidos pero menos miedosos, lo que quiere decir que medimos mejor el riesgo pero no lo rehuimos una vez mirado a la cara y hechos los cálculos. El miedo suele ir ligado a la integridad física y con los años, esa nos preocupa un poquito menos.

J. V.: Tal vez deberíamos haber empezado aclarando cada concepto. Hagámoslo ahora: audacia no debería querer decir temeridad y prudencia no debería ser sinónimo de pánico a la novedad.

I. Q.: Efectivamente la audacia es el valor, que no consiste en no tener miedo, sino en vencerlo. Un buen planificador o un buen estratega deben ser audaces, pero no insensatos. La audacia te da un punto de ventaja en la toma de decisiones. Y la prudencia es simplemente todo aquello que nos lleva a tomar precauciones. Si son excesivas, nos van a retrasar. No debe confundirse con el pánico, que es el miedo sin control que nos impide pensar y que nos suele abocar a una sola forma de conducta que es la huida. Cuando el miedo deja de protegernos es altamente desaconsejable por peligroso.

J. V.: Se tenga una tendencia más acusada a lo uno o a lo otro, es importante ser capaz de asumir las consecuencias. Me temo que no es lo más habitual.

I. Q.: Así es. Lo malo que tiene esto es que en esos casos la tendencia suele consistir en buscar responsables de esas consecuencias y perder una ocasión fantástica para aprender. El aprendizaje conlleva una convivencia mejor entre nuestra tendencia dominante y nuestra tendencia alternativa.

J. V.: ¿Cuándo merece la pena arriesgarse?

I. Q.: Siempre que no haya riesgo para la integridad física y si lo hay, cuando lo que queremos preservar vale más que ese riesgo. Creo que quien más o quien menos ha protegido a alguien o ha defendido a alguien a quien quiere o una causa justa poniendo en riesgo su integridad o su seguridad. Esas son las situaciones que nos ponen cara a cara con las personas que van con nosotros por la vida.

J. V.: ¿Y cuándo procede pararse a pensárselo cuatro, cinco, seis o más veces?

I. Q.: Pues cuando el riesgo no vale la pena, cuando nos lo exigen porque sí, o cuando lo hacemos por temor a no quedar bien con los demás; en fin, cuando no estemos convencidos de la bondad, o si se prefiere, el beneficio de lo que vamos a afrontar. Hemos dicho muchas veces que hay que saber decir que no, y esta es una de esas ocasiones.

J. V.: ¿Cómo atemperar (o frenar) a una persona de nuestro entorno demasiado arriesgada?

I. Q.:Pues es difícil porque esas personas, en general, suelen ser impulsivas y competidoras, con lo que intentar ponerles freno puede resultar el mayor estímulo para que se arriesguen. La obstinación es una buena cualidad porque gracias a ella se persevera, pero la contumacia es un grave defecto porque con ella en lo que se persevera es en el error.

J. V.: A la contra, ¿cómo estimular a alguien demasiado melindroso?

I. Q.: No compadeciéndolo demasiado y no dándole importancia. Se le puede dar una opinión y hacerlo una vez. Insistir a las personas con miedo a arriesgarse les lleva a llenar sus cabezas con más temores de los iniciales y a que se bloqueen. Estos bloqueos condicionan nuevas respuestas de evitación al acercarse a una situación que entraña algún riesgo facilitando los miedos sin objeto real que son las fobias.