Ese mundo nuestro

Las tres gracias de Minsk

17.08.2020 | 00:15
Las tres gracias de Minsk

QUE Alexander Lukashenko no fuera reelegido presidente de Bielorrusia por sexta vez consecutiva en los comicios de la semana pasada se lo ha creído esta vez más gente que nunca; ante todo a causa de tres mujeres: las sustitutas. A la hora de la verdad, Lukashenko volvió a ganar abrumadoramente, como todos los autócratas.

Estas tres mujeres eran Svetlana Tihanovskaja, como candidata principal de la oposición, y sus colaboradoras Maria Kolsnikova y Verónica Zepkalo que se presentaban a las presidenciales en sustitución de sus maridos/parejas que habían sido apartados de la carrera electoral por el Gobierno con acusaciones insustanciales, pero suficientes para que un rigorismo jurídico los lleve provisionalmente a la cárcel.

A Lukashenko, quien gobierna el país con métodos neo estalinistas, se le han enfrentado desde siempre movimientos democráticos, pero su auténtico y más temible rival es Putin, el presidente ruso, quien tiene como meta prioritaria de la política exterior rusa una confederación con Kazakstán y Bielorrusia (y Ucrania, antes de la crisis del Maidan). Y Lukashenko ha tratado de marear la perdiz en este tema; ya que no podía decirle claramente que no a Moscú (de cuya benevolencia económica y política depende la supervivencia de su país y de su Gobierno), ha ido dando largas al proyecto e inventándose impedimentos domésticos para alargar el compás de espera.

Pero el descontento público ha ido creciendo en Bielorrusia a medida que empeoraba la economía y la libertad política, situación que le llevó a Lukashenko a declarar en plena secesión ucraniana que "€ solo él podía impedir en Minsk un segundo Maidan€". Si los bielorrusos se lo creyeron o no, no se sabrá nunca, pero en el Kremlin la afirmación se entendió como una negativa definitiva a las aspiraciones confederalistas de Putin. Y desde entonces la oposición parlamentaria y la callejera –sobre todo esta– a Lukashenko comenzaron a rebrotar con fuerza; con fuerza, pero sobre todo con imaginación.

Con tanta imaginación que en la campaña de electoral de este año la oposición movilizaba a sus simpatizantes con una canción celebre en las postrimerías del comunismo soviético : la canción de los seguidores polacos de Solidarnosc que comenzaba: "€ derribemos estos muros, derribemos estas cárceles€".

Claro que la Bielorrusia de hoy no es la Polonia comunista de los 80 y que Putin no es Brézhnev. Pero para inquietud de Minsk, el Kremlin sigue siendo el Kremlin, y los sueños de grandeza rusos siguen presentes con los zares, con el soviet supremo o con Putin...