SOMOS lo que comemos” afirmó Ludwig Feuerbach, uno de los padres del materialismo. Así es en lo que se refiere a nuestro cuerpo físico. Pero somos también aquello que incorporamos a nuestro mundo interior en lo personal y en lo colectivo: el conjunto de ideas y principios que nos inspiran, el modo en que nos relacionamos, los propósitos que nos comprometen, los significados de todo aquello que creamos o destruimos. Así lo expresaba Antón P. Chejov: “Somos lo que creemos que somos”. En este sentido, Jacques Maritain (1882-1973) ha sido fuente de inspiración.

La obtención en 1963 por aquél del Premio Nacional de las Letras motiva a Don Manuel de Irujo, que se encuentra entre las dificultades del exilio, y le envía una cariñosa nota: “Quiero que reciba con este motivo el eco de nuestra emoción por usted y su obra. Usted es un vasco honorario. Lo queremos mucho. Le recordamos constantemente”. El Padre Onaindia, hombre de confianza e interlocutor infatigable del lehendakari Aguirre en sus relaciones con líderes religiosos, políticos y de opinión en la escena internacional le califica también como “gran amigo”, “admirable”, “tiene entera simpatía por el País Vasco”, “totalmente con nosotros”. Hombre leal y sin prejuicios, con libertad de criterio y sin vinculación con partido político alguno. Comprometido en el apoyo y protección -ciertamente no fácil- de los vascos durante la guerra y en plena dictadura franquista. Su pensamiento tuvo un impacto notable en el ideario político del nacionalismo vasco.

Jacques Maritain fue un filósofo cristiano, representante del llamado “personalismo comunitario”, con una influencia decisiva en la evolución de una Iglesia Católica que se siente amenazada por la modernidad tras el impacto de la ilustración: el racionalismo pretende superar la escolástica medieval, el liberalismo político disuelve el absolutismo y las revoluciones científicas de los siglos XVIII y XIX dibujan una nueva forma de entender la realidad. La jerarquía se muestra en rígida resistencia, generando temor y condena. Con otros pensadores y teólogos Maritain promueve la aceptación natural del pensamiento democrático, expresión cultural e histórica que se entiende ajustada al mensaje de liberación del cristianismo. Embajador de Francia ante la Santa Sede durante tres años, su pensamiento acompaña a dos cardenales, Roncalli -al que frecuenta como nuncio apostólico en París- y Montini, que se convertirán sucesivamente en Papas tan relevantes, Juan XXIII y Pablo VI, abriendo e impulsando el Concilio Vaticano II.

Maritain mantiene una posición decidida contra los totalitarismos y el fascismo. Presidente del Comité Francés por la paz civil y religiosa en España, participa en la Comisión Internacional de Investigación sobre los bombardeos de ciudades abiertas en Euskadi, la Liga Internacional de Amigos de los Vascos y el Comité de Ayuda, valiosos instrumentos de la política exterior del Gobierno vasco en el exilio. Presta interlocución con la Santa Sede en apoyo a perseguidos, ante el acoso y traslado de sacerdotes vascos. Colabora con distintos artículos en la prensa internacional, la publicación del libro El clero vasco, prologa Orígenes de una tragedia de Mendizabal, así como una obra sobre la figura de Aitzol. Facilita la toma de posiciones ante el Congreso Eucarístico Internacional a celebrar en Budapest en 1938 y la relación con redactores de revistas católicas. El Padre Onaindia resaltó su compromiso con “la propaganda de la Causa Vasca, y sus resultados fueron admirables (?) Una intervención suya hizo cambiar la opinión de los católicos y de los obispos de Eslovenia”. Asesora en la preparación de documentos a presentar ante el Congreso de la Internacional Demócrata Cristiana. Suministra el acceso a intelectuales seguidores y admiradores suyos en distintos países, nutriendo la construcción de una red internacional de apoyo. Su compromiso recibe una dura respuesta del franquismo que pone en marcha una campaña de difamación, cargada de insultos: Serrano Suñer declara en la radio que es “el principal enemigo de España”.

La búsqueda de una tercera vía La dictadura y el exilio, la conformación del nuevo mundo tras la segunda gran guerra mundial y los primeros pasos decisivos en la construcción europea exigen actualizar y fortalecer el marco doctrinal del nacionalismo vasco. Desde sus profundas raíces cristianas explora naturalmente en los ámbitos de los pensadores cristianos. Es la búsqueda de una tercera vía, entre el liberalismo capitalista y el estatismo comunista. El primero carece de alma, abandona finalmente a la persona a su suerte: la exigencia de una ausencia de límites de la acción del estado incentiva ciertamente la creatividad personal y la generación de más riqueza para los más activos y con mayores recursos, algo que se entiende que puede producir un entorno de prosperidad a favor de otros miembros de la sociedad; pero el resultado es claro: los débiles y desheredados quedan marginados. El estatismo, comunista o de otras formas totalitarias, olvidan definitivamente la dignidad de las personas, frena o elimina todo incentivo a su creatividad personal, bloquea su desarrollo. Frente a ambos, el respeto y protección de la dignidad de las personas son la prueba y el límite de todo proyecto político que pretenda ser liberador. El nacionalismo vasco encuentra en el “humanismo integral” de Maritain, como enuncia en el título de una de sus principales obras, un referente decisivo: la dignidad del ser humano en su doble dimensión individual y comunitaria como referente de actuación política.

Son constantes los claros enunciados humanistas del PNV: la persona en el centro de la acción política y una apuesta decidida por políticas sociales avanzadas. Así el lehendakari José Antonio de Aguirre: “Otro punto del programa del Gobierno vasco es el desarrollo de una política de progreso social acusada, política fundada sobre el principio de que todo ciudadano tiene la obligación de contribuir a través de su trabajo, su capital y su actividad intelectual, al bien general del país y que, recíprocamente, tiene derecho a participar de las ventajas sociales provocadas por el progreso social. El gobierno, dice nuestro programa, facilitará al trabajador el acceso al capital, a los beneficios y a la coadministración de las empresas”. Javier de Landaburu: “Pero el Partido debe tener y tiene -falta actualizarlo- principios generales de una doctrina de progreso social, fundamento de una futura patria vasca que, por definición, ha de abarcar a todos en un clima ideal de paz social (?) Inspirada en los principios de la moral cristiana -perfectamente habilitada hoy para ir tal adelante como cualquiera en la realización de los avances sociales-, la vieja doctrina nacionalista vasca de los hombre de JEL no debe ser inferior ni más retrasada en sus consecuencias prácticas que la de los cristianos que en otros países exigen en nombre de Cristo que las riquezas sean mejor distribuidas, que el acceso a la cultura se abra a ricos y pobres, que el derecho al voto esté acompañado del derecho a no pasar hambre, que el capital esté al servicio de la nación”. De igual modo, Don Manuel de Irujo: “Somos primero católicos (porque Dios es lo primero), segundo personas y tercero nacionalistas”, reiterando que “no hay liberación nacional sin liberación de las personas”. Otro referente emblemático, Juan de Ajuriaguerra, insistía: “Siempre las personas por encima de todo, de la política, de los partidos, de las ideologías. El ser humano por encima de todo”.

De este humus ideológico surge el aparato programático del PNV para la reconstrucción del país tras el fin de la dictadura, el que alimenta sin duda las ponencias política y socioeconómica de Iruñea en 1975. Una “concepción trascendente de la existencia”. La “afirmación de la nación vasca”. Su autodefinición como organización “humanista, abierta al progreso”. Así se entiende la decisión firme y constante que, junto al desarrollo de un proyecto nacional, encarna en los inicios de los noventa por los gobiernos del lehendakari Ardanza un Nacionalismo del Bienestar (de las personas): junto a políticas para una convergencia con Europa en infraestructuras de comunicación y de reindustrialización se afirman con fuerza las políticas hacia una convergencia social europea: plan lucha contra la pobreza, servicios sociales de base, renta de garantía de ingresos? en términos que ninguna formación de izquierdas española construye en esos años ni posteriormente. El lehendakari Ibarretxe y sus gobiernos recogen y continúan esta orientación que reformula en términos de Desarrollo Humano Sostenible. El Gobierno Urkullu, en una coyuntura tan delicada como la actual, continúa la cadena histórica con un enfoque claro de sus políticas desde un Gobierno para las personas.

En este recorrido histórico se encuentra la huella, entre otros, de Jacques Maritain. Al que podemos reconocer de nuevo como un vasco honorario. Su pensamiento puede ser, de nuevo, inspirador para responder a los viejos-nuevos desafíos que hoy, entre el desconcierto y la falta de una perspectiva clara, aparecen sorpresivamente con los cambios radicales que se están produciendo en las relaciones de todo orden en nuestra sociedad y a escala planetaria. Una nueva plataforma tecnológica en la historia transforma radicalmente el sistema de comunicación e interacción a todos los niveles, nos adentra en un nuevo sistema económico, con sistemas de organización social y política que apenas han empezado a entreverse. En definitiva, estamos asistiendo al nacimiento de una nueva civilización. El desafío último: si construimos esa nueva civilización en base a un humanismo integral.