En lo político, monárquico como el primero, y fundamentalista y conservador en lo religioso, difícilmente podría sospecharse con esas referencias que Mateo Mugica Urrestarazu pudiera chocar con los militares alzados el 18 de julio de 1936. Sin embargo, así fue y la Junta de Burgos ordenó la expulsión del prelado gasteiztarra, sospechoso de connivencia con el enemigo.

Mateo Mugica nació en Idiazabal en 1870. Tras lograr una canonjía en la catedral de Vitoria y ejercer de profesor en el seminario de la misma ciudad, llegó a ser obispo de Osma con 48 años. Cinco años más tarde fue nombrado para ocupar la sede de Pamplona, ciudad en la que permaneció hasta 1929. Ese año fue nombrado para ocupar el obispado de Vitoria como el noveno ordinario desde el establecimiento de la sede en 1861. En los casi setenta años transcurridos desde la creación de la sede desgajándola de la de Calahorra era el tercer vasco en ocupar el cargo -los dos anteriores fueron obispos naturales de Navarra- y el primero que podía expresarse en las dos lenguas de sus administrados.

Obispo de Vitoria

No eran estos elementos temas de importancia menor. La solicitud de pastores de la propia diócesis parecía una exigencia de lo más natural que Roma, por presión del Gobierno español de turno, se negó a satisfacer. Por otra parte, el asunto lingüístico había producido más de un quebradero de cabeza a la jerarquía católica cuando el nacionalismo vasco, cada vez más pujante, empezó a reivindicar los derechos que asistían a los feligreses a ser atendidos en su lengua. El conflicto suscitado por la negativa del obispo Cadena y Eleta de admitir nombres vascos en los bautismos o la orden dada por el obispo Zacarías Martínez (1922-1928) al padre Teodoro Labiduria de traducir al castellano los sermones que predicaba en euskera en Lekeitio y el poco apoyo que prestó a éste después de que fuera reprendido por el gobernador civil por pedir perdón a los feligreses por los errores que pudiera cometer en la traducción "puesto que tenía que hablar en una lengua que no era la suya", son sólo unos ejemplos de los muchos que sobre persecución lingüística pueden presentarse. Para los sectores más vasquistas y nacionalistas de la feligresía no podía ser otra que buena la noticia del nombramiento de Mugica y, en consecuencia, fue acogida con satisfacción.

Esto no quería decir que don Mateo fuera, ni mucho menos, favorable a los postulados propugnados por el nacionalismo vasco. El prelado de Vitoria fue monárquico tanto durante el reinado de Alfonso XIII como durante los años republicanos. Nunca admitió que se pusiera en duda este punto, negando una y otra vez acusaciones como la que afirmaba que el seminario de Vitoria era un vivero de sacerdotes seguidores de las doctrinas de Sabino Arana. En este sentido, pocos meses antes del advenimiento de la República, Mugica invitó al rey al seminario e hizo declarar ante el monarca a los profesores del mismo si en la institución académica eclesial se hacía política de algún tipo, entendiendo, claro está, que hacer españolismo y votos a favor de la monarquía no era hacer política. La respuesta de los profesores del seminario, como no podía ser de otra manera, fue negativa. Lo que sí era cierto es que cada vez se ordenaban más sacerdotes de ideología política cercana o propiamente nacionalista y con inquietudes sociales alejadas de lo que había sido norma hasta hacía pocos años. Pero esto era debido a los cambios que vivía la sociedad misma.

Pero, pese a sus esfuerzos por demostrar su inequívoco alineamiento con las tesis más conservadoras, el obispo Mugica no logró que los sectores católicos carlista y monárquico alfonsino confiaran en él. Ni siquiera después de que, a poco de la proclamación de la República, el ministro de la Gobernación, el también católico pero obviamente republicano Miguel Maura, le expulsara, acusado de "excitar los ánimos contra la República".

La derecha española no toleró que don Mateo no pudiera poner orden en su rebaño dejando hacer al nacionalismo vasco. En este sentido, que el obispo no obligara a los jeltzales a formar parte de listas electorales únicas formando coalición con las derechas católicas y que una vez que el PNV rechazara formar esta coalición, el ordinario admitiera como perfectamente lícita esta posibilidad, nunca fue entendida por el españolismo que en julio de 1936 se sublevó contra la República.

La guerra

La sublevación militar se inició como un golpe de Estado, un pronunciamiento más de los muchos que registraba la historia contemporánea española. Sin embargo, el golpe fracasó e inmediatamente comenzó la guerra. La guerra, que en principio no debía tener color religioso, rápidamente adquirió aires de cruzada. El auxilio religioso a los generales sublevados se convirtió en un elemento fundamental para aportar una base ideológica común a los golpistas y para legitimar en el extranjero un régimen de fuerza. En pocos días, el golpe pasó de ser una asonada militar a una cruzada por Dios y por España para salvar la religión perseguida por la revolución bolchevique.

En esta situación, convertido el golpe en movimiento católico, el alineamiento con la legalidad republicana de un partido confesional como era el PNV, y junto a él el de numerosos sacerdotes y religiosos, no dejaba de ser una importante interrogante que ponía en duda los fines religiosos que se decían perseguir. Así las cosas, los militares solicitaron al cardenal Gomá, arzobispo de Toledo y principal eclesiástico español que cumplía la función de cabeza de la Iglesia española oficial, que pusiera orden en la Iglesia vasca. Isidro Gomá no dudó un momento y redactó él mismo una carta pastoral conjunta que impuso para su firma a los obispos de Vitoria y Pamplona, esta última sede ocupada por el baracaldés Marcelino Olaechea. En esta carta se decía que, además de no ser lícito "fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo", era "absolutamente ilícito, después de dividir, sumarse al enemigo para combatir al hermano", llegando esta ilicitud a la "monstruosidad cuando el enemigo es ese monstruo moderno, el marxismo o comunismo, hidra de siete cabezas síntesis de toda herejía".

El objetivo del documento era decantar a los jeltzales a favor de los militares, pero, más allá de algunas dudas, para cuando se hizo pública la carta -lleva fecha del 6 de agosto de 1936- el PNV estaba ya decididamente del lado republicano. Ello implicaba que Mateo Mugica había fracasado de nuevo, igual que meses antes cuando se trató de imponer listas electorales católicas unidas y permitió que el PNV pudiera optar por presentarse en solitario.

Desde esta fecha hasta su salida al extranjero el 14 de octubre de 1936, la vida de don Mateo fue una carrera de obstáculos. Por mucho que se esforzó en contentar a los militares y a sus aliados civiles no hubo manera y, finalmente, los militares exigieron su salida de la diócesis. Como pretexto se adujo que viajaría a Roma para asistir al Congreso de la Unión Misional del Clero.

El exilio

Ni siquiera esta expulsión cambió la actitud de don Mateo de no criticar la actuación de los militares. El deseo de volver a su sede una vez de que acabara la tormenta de la guerra causando el mínimo perjuicio a los militares hizo que las manifestaciones públicas de Mugica casi desaparecieran y, cuando se produjeron, como en el congreso citado, fueran favorables a los sublevados. No varió esta actitud ni después de las muchas humillaciones a las que fue sometido. Una, la más dolorosa, la prohibición por parte de la Junta de Burgos de asistir en Roma a la consagración episcopal de Antonio Pildain, antiguo alumno suyo en el seminario y de quien era teóricamente obispo. Otra, el nombramiento de administrador apostólico para su diócesis nada más caer Bilbao en manos del ejército rebelde. De este hecho Mugica se enteró a través de la lectura de L"Osservatore Romano y fue la causa de que dimitiera de su cargo, renuncia aceptada por la Santa Sede.

Sin embargo, esta sumisión no fue total. Don Mateo, aunque no aceptó denunciar públicamente las atrocidades de los militares ni que él ni Olaechea fueran los autores de la carta pastoral del 6 de agosto, sí logró clavar una espina en el entramado justificativo religioso franquista al rechazar la firma del, tal vez, más importante documento religioso redactado durante la guerra: la denominada Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España. La ausencia de su firma, así como la del arzobispo de Tarragona, cardenal Vidal i Barraguer, tuvo el mismo efecto que el apoyo de los jeltzales a la República: demostrar al mundo entero que catolicismo no era igual a franquismo.

El que don Mateo no se prodigara en público no quiere decir que en privado se mantuviera callado. Mugica elevó a la Santa Sede informes detallados sobre la situación de la Iglesia en Euskadi, así como sobre la represión franquista ejercida contra amplios sectores del clero vasco. Todo esto no hizo que la actitud de Roma cambiara mucho con respecto a la guerra civil, pero sirvió para evitar la condena papal a los católicos vascos que se mostraron fieles a la República.

Ocupación alemana y regreso

Privado de su sede desde julio de 1937, Mugica abandonó Roma para trasladarse primero a Bélgica y fijar, más tarde, su residencia en Kanbo. Su retirada a la localidad balnearia no fue sinónimo de tranquilidad. En 1940 pudo evitar su internamiento en el campo de concentración de Gurs aduciendo problemas de salud. Pero no ocurrió lo mismo el 2 de noviembre de 1943, cuando la policía alemana le detuvo y condujo a la Citadelle de Donibane Garazi, donde permaneció varios días arrestado junto a 64 detenidos más. Según escribió José Miguel de Barandiaran en su diario, Mugica, en el interrogatorio al que fue sometido, interpelado sobre sus actividades políticas y sobre su "amor a Franco", declaró que "no he hecho política: cuando regentaba la diócesis de Vitoria, iba mensualmente al Seminario, e inculcaba a los seminaristas que nunca se mezclasen en la política o en los debates políticos. No amo a Franco, que no me ha querido permitir que regrese a mi país y a mi familia".

Con la finalización de la guerra mundial y el inicio de la guerra fría y el consiguiente afianzamiento del régimen español se borraron todas las esperanzas de Mugica de recuperar su sede. Este hecho le liberó de toda atadura y pudo así redactar Imperativos de mi conciencia, un descargo público y en conciencia de su actividad.

En 1947, la dictadura española autorizó al antiguo obispo de Vitoria a regresar a su diócesis fijando éste su residencia en Zarautz. En aquella época, don Mateo era un anciano casi ciego que se permitió esporádicas salidas públicas que sus antiguos diocesanos agradecían con muestras de cariño. Falleció, casi centenario, en 1968, en Zarautz.

Mateo Mugica fue un obispo molesto para las autoridades civiles porque antepuso sus convicciones religiosas a sus postulados políticos y permitió discrepar en asuntos públicos todo lo que impidió en temas religiosos. Según don Mateo, era la política la que debía estar sometida a la religión, y no al revés.