Rincones perdidos en la memoria

El Campo Volantín, protagonista de la película Bilbao

Si uno se sentase frente al Campo Volantín al paso de la Historia vería duelos a muerte, barcos, huertas, el esplendor de la burguesía y sus 'cottages' y hotelitos, apellidos de gran fortuna y el 'Tuercehierros' entre esculturas de artistas vascos

22.11.2020 | 01:05
Al nombre de Campo Volantín (ahora un paseo de esculturas de artistas vascos) se le atribuyen al menos tres orígenes distintos procedentes del siglo XVII.

EN el año 1656 los vecinos de la Anteiglesia de Begoña arrendaron las heredades del Campo Volantín a la villa de Bilbao por un plazo de cuatro años. Eran heredades de "pan sembrar", como se decía en el argot de aquella época. ¡Cómo han cambiado las cosas! A partir del siglo XVII Bilbao empezó a ganar terreno al mar. Poco a poco fueron levantándose muelles nuevos en el convento de San Agustín y en el Arenal, afianzando todo el suelo arenoso de la ría. Con estas condiciones, en 1701 Felipe V concedió permiso al corregidor de Bizkaia, don Francisco Riomol y Quiroga para que vendiese el monte y robledal del Campo Volantín y, por apoyarnos en una anécdota que decore este arranque, diremos que el 13 de agosto de ese mismo año se celebró un duelo en el Campo Volantín entre Manuel de la Quintana y José Guzmán. La Justicia tomó cartas en el asunto y actuó de oficio contra los dos individuos, dicho sea todo esto para comprobar la atmósfera que se vivía a comienzos del siglo XVIII en aquel Bilbao pujante.

Cuentan las crónicas que los astilleros del Campo Volantín funcionaron desde el siglo XVIII hasta finales del siglo XIX, pero con poca actividad. Los historiadores también recuerdan que el nombre más antiguo por el que se reconoce la zona era Las Ibarras, o más exactamente El Robledal de las Ibarras. También se le conoció como Camino de Bustinzaurreta, por su proximidad al yacimiento de arcilla (bustina), allá hacía el siglo XIV. Lejos nos queda.

Llama la atención a la ciudadanía de hoy el origen del nombre de ese elegante paseo. No en vano, en los manantiales de donde viene no hay una fuente clara sobre su bautismo. Es más, se barajan tres versiones sobre el origen de este nombre. Pongámoslos sobre la mesa.

El nombre parece proceder del siglo XVII cuando se construyó en él un muelle, y más tarde los terrenos consolidados en la margen fluvial fueron cedidos a José Antonio Ugalde para instalar una cordelería, donde se fabricarían los chicotes empleados en el amarre y remolque de los barcos. Para retorcer y estirar dichas cuerdas, jarcias de marina que llegaron a tener 450 varas de largo, se instaló una gran rueda o volante, al que los bilbaínos dieron el nombre de volantín. Sin embargo, Emiliano de Arriaga en su libro Lexicón bilbaino afirma que volantín es cierto aparejo de pescar instalado en un campo al que se va de pesca. Y una tercera teoría habla de que a su entrada existió, a principios del siglo XIX, un cuartel en el que se alojaban las tropas volantes, llamadas así porque no se detenían más que una noche en el cuartel, el cual, por esa razón se llamó de volantín. El edificio estaba sobre el mismo muelle, casi enfrente de la actual calle Tiboli. Expuestas quedan las teorías.

Avanzan las páginas de la historia. En 1810 se enajenó por la Villa una extensión de esta vega del Campo Volantín. Eran los suelos correspondientes a lo destinado para "enterrorio de los cadáveres de la tropa" (franceses) cuyos restos se trasladaron. Estos suelos eran anualmente arrendados desde el siglo XVI para la utilización de su prado y huertas, de donde derivó el nombre que hoy se conoce, el de Huertas de la Villa.

Veámoslo a saltos en el calendario de la historia. El Consulado de Bilbao intervino en el cauce de la Ría para paliar los efectos de las crecidas y a finales del siglo XIX y principios del siglo XX se modificó el cauce fluvial reduciendo la superficie del paseo e incorporando arbolado. En esa época adquirió especial relevancia urbana como zona de expansión residencial del recinto histórico del Casco Viejo siguiendo el curso de la Ría.

Tuvo el efecto de una piedra imán. La burguesía fue instalando sus residencias (cottages, chalets, villas y hotelitos) en ese entorno privilegiado, aunque de manera temporal antes de elegir ubicaciones como Indautxu y más alejadas de Bilbao en Las Arenas y Neguri. Fue lugar de esparcimiento y de elite a finales del siglo XIX coincidiendo en el tiempo y de manera aproximada con el Proyecto del Ensanche. Durante un cuarto de siglo se fue poblando de palacios, palacetes, villas, casas de campo y casas burguesas, en algunos casos como viviendas unifamiliares de los propietarios y en otros colectivas de vecinos. Entre las familias acomodadas que se instalaron allí estaban los Ybarra, Bergé, Aguirre, Zubiría, Gurtubay, Olábarri, Adán de Yarza, Delmas, Iraragorri, Castejón, Orueta y Errazquín. Además de Casilda Iturrizar y Luis Briñas, que tenían terrenos de su propiedad. Más tarde irían marchándose y hoy queda el Palacio Olabarri como santo y seña de una época que se fue.

Como curiosidad actual, hay que recordar que la calle Guardia Municipal Bernardino Alonso, punto de arranque del Campo Volantín, es la que dispone, desde 1940, del nombre más largo en el nomenclátor de la Villa de Bilbao y tan sólo dispone de un portal, el de la comisaría del Ayuntamiento. Bernardino Alonso Pérez (1892-1936) era miembro de la Policía Municipal de Bilbao, conocido por estar siempre en su puesto en la esquina del puente del Arenal (entre la Plaza de Arriaga y el palomar del Arenal) regulando el tráfico con su silbato. Está condecorado con la medalla al Mérito de la Villa de Bilbao.

En los últimos tiempos ha llegado su penúltimo inquilino (en Bilbao está prohibida la palabra último...), el Tuercebarras, como socialmente se conoce a la escultura que Jesús Lizaso bautizó con el nombre de Hombre vence al hierro. Se trata de una obra de grandes dimensiones que alcanza los dos metros de altura y 700 kilogramos de peso y que destaca por su marcada expresividad y el tratamiento de la anatomía humana. Su ubicación propulsa uno de los proyectos más vanguardistas de Bilbao en lo que a decoración urbana se refiere. Hoy, en este entorno se encuentran las esculturas Variante Ovoide, de Jorge Oteiza; Mascarón de Proa, de Nestor Basterretxea, y Marinos del Consulado de Bilbao, de Agustín de la Herrán, a las que se suma la de Lizaso.

Al igual que Abandoibarra es un paseo en el que confluyen esculturas de artistas extranjeros, el Campo Volantín tiene trazas de convertirse en el museo al aire libre de escultores locales. No por nada, a esa avenida ya comienzan a llamarle el Paseo de Esculturas de Artistas Vascos. Como han visto, desde sus comienzos es tierra donde germina el protagonismo.