Críticas de cine

10.09.2021 | 10:08
La fisicidad brutal del cuerpo de Julia Fory, culturista en la vida real, preside esta incursión aparentemente sencilla pero llena de interrogantes sobre la condición femenina.

Física y química


Elsa Amiel formaliza esta extraña incursión en el mundo del culturismo profesional apoyada en dos columnas, en dos géneros entre sí antagónicos pero que, a veces, si se perfilan bien, se fusionan con destreza. Solo en esos casos excepcionales, esos opuestos maridan hasta lograr un extraño equilibrio. Esos modelos son los que desde el origen del cinematógrafo han condicionado su existencia: el cine de ficción y el de no ficción. El que reconstruye la vida y el que intenta fotografiarla. Lo real y la simulación de su existencia.

Eso lo representan sus dos principales intérpretes: Peter Mullan, un consumado actor (y director) al que tanto debe el cine británico, y Julia Fory, una culturista sin ninguna experiencia cinematográfica. Mullan encarna a un entrenador, un antiguo profesional cuyas heridas del pasado resultan perceptibles en una evidente cojera y en su sed insaciable de victorias a través de las criaturas que modela. Es un sargento de hierro que forja campeonas a golpe de física y química. Les machaca el cuerpo por fuera con sesiones interminables de entrenamientos extremos. Al mismo tiempo, cincela su piel desde dentro, con alquimia de dudosa legalidad y daños colaterales de difícil mensura. Es un escultor de campeonas y las mujeres que se ponen en sus manos lo saben; y si lo olvidan, él se lo recuerda.

Julia Fory, la culturista que lucha por subir al podio, transmite autenticidad a raudales con un cuerpo que desafía las leyes de la ética y de la estética. Su musculatura la convierte en un monstruo, en un aviso de los dioses si atendemos a su origen romano, ante cuya evidencia, el espectador se sobrecoge enfrentándose a un deseo ambivalente. Atrae y repele, estremece e inquieta. Si su cuerpo muestra verdad, el relato con el que se da identidad a su personaje, su confrontación a un hijo abandonado y un marido para el que no guarda ningún afecto, ensombrece más de la cuenta la verosimilitud de su argumento.

Elsa Amiel, forjada al principio como actriz, posteriormente como asistente de dirección de pesos pesados como Bertrand Bonello, Noémie Lvovsky y Mathieu Amalric, debuta con una temática especial, el cuerpo femenino. Su leit motiv gira en torno a un mundo muy especial donde la exaltación del cuerpo femenino implica por otra parte una cierta negación de los estereotipos. El culturismo femenino es observado con mirada entomológica; la cámara roza la piel, la piel se hace territorio y el sufrimiento y la soledad de Léa Pearl se impregnan de una descomunal indefensión. Pearl ha llevado su cuerpo al borde de lo tolerable. Lucha contra su propio organismo y su organismo se resquebraja.

Amiel configura toda su opera prima en procesos duales. Pearl frente a su entrenador, frente a su hijo, frente a su ex marido, frente a sus competidoras,... pero de manera especial, Pearl frente a sí misma. De un lado, la culturista; del otro, la madre que no quiso ser.

Hay una secuencia de potente fisicidad y enorme fuerza simbólica cuando Pearl, en plena crisis porque su mundo se derrumba, angustiada por la mirada de su hijo hambriento, pide un bistec. Ante la dificultad del niño para lidiar con tan descomunal trozo de carne, desgaja con su boca, jirón a jirón el filete para, como un pájaro, alimentar a su cría. Son destellos de lucidez de una directora que trata de resolver un dilema en el que se ha metido sin medir del todo las consecuencias. Buena conocedora de la realidad que muestra, los campeonatos de culturismo, donde los espacios se cubren de plásticos para evitar que se manchen las paredes, el filme vuela alto cuando el documental impone sus reglas, en ese mostrar lo que pasa.

Escenas como el desplome emocional de un gigante preso del llanto por agotamiento, o los flashes de la banalidad de una práctica brutal que deforma los cuerpos, aportan un excelente material para la reflexión. Cuando fabula con la maternidad y con la ficción, la película se edulcora.

PEARL

Dirección y guion: Elsa Amiel. Intérpretes: Julia Fory, Peter Mullan, Mathieu Amalric, Arieh Worthalter. País: Francia. 2018. Duración: 82 minutos.

La fisicidad brutal del cuerpo de Julia Fory, culturista en la vida real, preside esta incursión aparentemente sencilla pero llena de interrogantes sobre la condición femenina.

Desclasamiento


El cartel que sirve de reclamo a la película de las hermanas Rodríguez Colás lo muestra sin subrayarlo. Vemos a cuatro jóvenes mujeres encarnadas por Vicky Luengo, Carolina Yuste, Elisabet Casanovas y Ángela Cervantes formando un grupo homogéneo. Cuatro amigas de barrio obrero, cuatro chavalas en ese momento en el que la juventud se despide para dar comienzo a una nueva etapa. Si se mira con detenimiento la imagen, lo igual muestra leves diferencias. Por ejemplo la fisonomía de la actriz que brilló con Antidisturbios ofrece algunas disonancias. Se diría que es como las otras pero se diría mal porque esa amiga, siendo la de siempre, no es la misma.

El tema que domina en Chavalas se llama desclasamiento, algo que acontece a quienes por distintas circunstancias acceden a otra capa social diferente de la que provienen. Son desterrados condenados a moverse en un espacio imposible: no pueden vivir como antes, están fuera de lugar, se estremecen entre dos aguas.

Carol Rodríguez Colás presenta un filme muy estimable; cine popular que no populista. En algún lado se le define como comedia cuando en realidad lo que muestra supura desamparo y tristeza. Frente a esas comedias descerebradas de sal gorda y cerebro seco, Chavalas regala frescura, espontaneidad y conflicto que sabe a realidad, relatos de esos que duelen con aromas de verdad. Comienza en zona de alto riesgo, en el mundo del arte contemporáneo, algo que el cine rara vez acierta a dibujar con ecos fiables. Aquí también cruje la impostura de un panorama artístico sobrecargado por los arquetipos y la mirada prejuiciosa. Pero cuando el filme se centra en el barrio, en la relación de amistad, la directora filma bien y obtiene de las actrices lo mejor de cada una. Y ellas, sus personajes, hablan desde dentro, desde quien sabe lo que cuenta, porque lo ha vivido de cerca. Eso hay que cargarlo en el haber de la realizadora. Ella ha hecho una película de mujeres que debería ver todo el mundo. Porque aunque es cierto que las circunstancias que conforman la cotidianidad de las chavalas de ahora se centra en su problemática como mujer, no lo es menos que lo que subyace en su interior es tan universal como las cosas de toda la vida.

CHAVALAS

Dirección: Carol Rodríguez Colás. Guion: Marina Rodríguez Colás. Intérpretes: Vicky Luengo, Carolina Yuste, Elisabet Casanovas, Ángela Cervantes. País: España. 2021. Duración: 91 minutos.

Retorno al ayer

Cuando se escuchan los últimos compases de la banda sonora y se cierra este álbum de recuerdos familiares, una inevitable sensación de melancolía serena se impone. La metamorfosis de los pájaros late con pulso portugués. Por sus recovecos transita la saudade del maestro Pessoa. En los intersticios de ese montaje, lleno de ecos emocionales, fluye la historia reciente de Portugal y con ella, la mirada de una cineasta de sensibilidad extrema y de alto rigor lírico: Catarina Vasconcelos.

Estos pájaros de triste trinar han significado seis años de exquisita preparación. Primero a partir de los restos vitales de su propia familia, después con los deseos de trascender la anécdota de lo personal para adentrarse en el interior. Dicho de otro modo, Vasconcelos, cuya formación cinematográfica ha sido fagocitada por su mirada de espectadora, liberada de lo canónico se adentra en lo ensayístico y camina por donde no hay huellas. En su deambular propone un cine diferente, personal, más propio del procesar del arte contemporáneo que del vender del cine comercial. Por eso la muerte está tan presente y tan desprovista de masajeos emocionales. Por eso la poesía asalta a cada instante, incluso para formalizar imágenes que harían ruborizarse a cineastas de piel curtida.

A Catarina no le importa abismarse en lo ridículo si con ello palpa aquello que rara vez se muestra en una pantalla. Su película se escucha y podría cuartearse para ser degustada en pequeños sorbos, como haikus íntimos que desgranan historias cuya verdad nada tiene que ver con que hayan sido alguna vez ciertas.

En ella prevalece un trenzado hecho de sensibilidades y de ideas; de imágenes y de palabras. La naturaleza está presente, como la historia oficial y la privada, como la pintura y su biografía. Pero sobre todo, lo que atraviesa de principio a final esta bella colección de aforismos, de recuerdos y de juegos visuales, es la mujer y su lugar en el último siglo. La madre y la esposa, la artista y sus circunstancias. Catarina Vasconcelos ratifica una convicción, la de que a pocos kilómetros de aquí, en la misma península, un pueblo sepa asumir el paso del tiempo sin envenenarse de decadencia. Su pasado no es viejo, tan solo antiguo y lo antiguo nunca pasa.

LA METAMORFOSIS DE LOS PÁJAROS (A METAMORFOSE DOS PÁSSAROS)

Dirección y guion: Catarina Vasconcelos.

Intérpretes: Documental. Intervenciones: Manuel Rosa, João Móra, Ana Vasconcelos. País: Portugal. 2020 Duración: 101 minutos.

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