Tribuna abierta

Un barquillero junto al Palacio de Invierno

09.01.2022 | 00:16
Un barquillero junto al Palacio de Invierno

DICEN que, a veces, uno puede intuir que se cruza con un personaje destinado a ser punto de arranque de acontecimientos del tipo de los que Stefan Zweig llamaba momentos estelares de la humanidad. "Cada uno de estos momentos, marca un rumbo durante décadas y siglos". Algo así como si hubiéramos conocido en la Extremadura del final del siglo XV al padre o abuelo de alguno de los futuros conquistadores poco antes de convencer a Hernán Cortés o Gonzalo Pizarro de dejar de ser un pobre porquerizo y probar fortuna en las Indias donde su audacia haría más tarde caer Imperios y cambiaría el curso de la historia humana.

Por lo que sé, algo parecido sintió mi abuelo materno Don Primitivo Ruiz Martínez, capitán mercante en la primavera de 1914 cuando hizo por última vez en su vida la ruta del Báltico de Bilbao a San Petersburgo.

Don Primi, como le llamaban, un portugalujo serio y de fuerte carácter era entonces la mano derecha del Conde Abásolo en la Naviera Vascongada, y navegaba mucho por las costas europeas del Atlántico, Mar del Norte y Báltico. Pero como estaba casado y tenía varios hijos, intuía que sus días de Capitán tocaban a su fin. Además, sus ausencias causaban un fuerte enfado a su mujer, mi abuela, la bilbaina con raíces en Berriz, Primitiva Bravo Zarragoicoechea, que no le iba a la zaga en cuanto a genio vivo y que le había exigido dedicarse definitivamente y en exclusiva a su trabajo en Bilbao en la dirección de la naviera y abandonar los viajes mercantes, pues suponían reiteradas ausencias del hogar.

A Don Primi le encantaba navegar y visitar otros países de aquella Europa feliz y despreocupada de la Belle Époque, que nos cuesta imaginar en estos tiempos de zozobras, crisis, Brexit y pandemia. Un mundo lleno de confianza en el futuro que desaparecería en breve plazo.

Pero el abuelo de ello nada podía saber. Y logró aquella primavera de 1914 un último permiso de mi abuela de para hacer una escapadita.

El caso es que había atracado el buque en los muelles de San Petersburgo, en el río Neva, marco de la esplendorosa capital imperial de los Zares de todas las Rusias, llamada con motivo "la Venecia del norte". Una ciudad que le maravillaba.

Tras desembarcar, desmbuló por su grandioso centro monumental en medio de lujosos de los palacios. Don Primi se encontró de repente junto a una verja del Palacio de Invierno, con una figura que le resultó familiar por su aspecto, ademanes y vestimenta, además de por el cilindro lleno de barquillos adornado con un texto en español que lo decoraba. Estaba claro que aquel personaje no era ruso, aunque la lengua local sí que la hablaba pues en ella vendía su dulce género a niños y mayores.

Tras entablar conversación con él, mi abuelo averiguó que se trataba de un barquillero gallego, que vendía habitualmente sus dulces apostado en aquel punto, muy concurrido por los paseantes, emplazado junto a la que hasta pocos años antes había sido la residencia de la familia imperial.

Hablaron un rato y Don Primi le preguntó qué hacia allí, tan lejos de su tierra gallega. El barquillero le contestó: "Carallo, es la vida, la que nos trae y nos lleva a donde quiere. Y hay que aceptarlo. He llegado hasta aquí recorriendo Europa, de país en país y de ciudad en ciudad".

Don Primi sintió preocupación por aquel hombre, al verlo allí solo y tan lejos de su hogar. Y le ofreció enrolarse como pinche en su buque y llevarle de vuelta a la península, pero el gallego no quiso. No quería volver a su pequeña aldea, de la que había salido en su juventud. "Si el destino me ha traído hasta aquí, será con algún propósito".

Mi abuelo quedó impresionado por su peripecia humana y confianza en el destino. A los pocos meses el hombre debió quedar atrapado en San Petersburgo con el estallido de la Gran Guerra y, luego, con la Revolución de Octubre de 1917, y la posterior guerra civil, aislado a un mundo de distancia de su tierra.

Don Primi siempre se preguntó qué habría sido de aquel barquillero gallego que para él tenía algo de especial, "una total confianza en el destino", lo llamaba. ¿Habría muerto? ¿Habría participado en la I Guerra Mundial? ¿Se habría unido luego a la Revolución bolchevique o al ejército blanco? Si había logrado sobrevivir a todos aquellos desastres, ¿se habría casado en Rusia y tenido hijos? Don Primi siempre sintió una gran curiosidad por aquel personaje y su destino.

Los años fueron pasando, naturalmente sin noticias del gallego perdido en la inmensidad de Rusia. Mientras Don Primi se convirtió en primer Presidente de la Asociación de Navieros Vascos, y hombre de cierta relevancia en su entorno, pero muy a menudo pensaba en el encuentro con aquel barquillero, lo sentía de alguna manera como importante.

En la última conversación que tuvo mi abuelo con mi madre en 1946, Don Primi aun se preguntaba de nuevo qué habría sido de aquel hombre, y qué le habría deparado la vida. Intuía que nunca conocería la respuesta.

Pasaron casi otras tres décadas, y la familia, de tanto haberla oído, nunca olvidó la historia del barquillero gallego que encontró Don Primi en San Petersburgo, entonces rebautizada como Leningrado, como una bella anécdota de su último viaje.

Hasta que en 1985 algunas noticias sugirieron un posible desenlace de la historia. Aquel año asumió el cargo de Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética un hombre de raíces poco conocidas y carácter muy diferente del ruso habitual, Mijaíl Gorbachov. Y con una forma de ser totalmente distinta de la de los anteriores jerarcas soviéticos. Casi no parecía un eslavo.

En unos años, Gorbachov puso en marcha sus necesarias reformas y acabó con la guerra fría y el telón de acero. Finalmente el intento de contragolpe de sus oponentes internos comunistas de la vieja guardia, causó el desmoronamiento del imperio soviético, el cual, en pocas semanas, se fue literalmente "al Carallo"...

Contaban algunas fuentes (y jaleaban los que se oponían a las reformas de Gorbachov para intentar desacreditarle ante el pueblo soviético) que sus raíces en realidad no eran rusas, que el abuelo de Gorbachov había llegado a Rusia desde occidente antes de la caída de los Zares y que había modificado su apellido extranjero cuando se sumó a la Revolución para hacer olvidar su origen foráneo algo negativo para la mentalidad local. Se afirmaba incluso que su apellido original era Corbacho. Un apellido gallego.

¿Se trataba solo de campañas de intoxicación basadas en casualidades y simples apariencias? Es difícil saberlo, pues las sucesivas guerras (dos mundiales y una civil) y la propia revolución habían arrasado muchos registros y pruebas documentales que pudieran haber aclarado el asunto.

En todo caso, si fuera cierto el nexo de Gorbachov con el gallego de 1914 en San Petersburgo, a Don Primi le habría encantado saber que su barquillero quizás sí cumplió un papel marcado por el Destino: que sí sobrevivió a la Gran Guerra y a la Revolución, que sí se casó y tuvo descendencia en tierras rusas y que un nieto suyo encontró finalmente su momento estelar en aquel país.Y que cambió su historia.

Como pensaba Stefan Zweig, a veces la trama de la historia pasa junto a nosotros y un acontecimiento estelar comienza su andadura ante nuestros ojos. Como quizás le sucedió a Don Primi en aquella última primavera de la Belle Époque, creándose un nexo entre el momento del derrumbe del imperio de los zares y el desmoronamiento del imperio soviético a través de un simple barquillero gallego al que mi abuelo conoció junto al Palacio de Invierno una mañana de la primavera de 1914, poco antes de que todo su mundo estallara. ¿Quién puede saberlo?* Apoderado de las Juntas Generales de Bizkaia 1999-2019

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