Colaboración

Ecosistemas del radicalismo

26.06.2020 | 00:24

PARA un gobernante no hay sensación peor que la de notar cómo la tierra se mueve bajo sus pies. En teoría, todo debía ir bien, nuestros tecnócratas tienen los cuellos de botella bajo control, la economía funciona y las encuestas dicen que ganaremos las elecciones por goleada; pero siempre sucede algo que nos recuerda lo ilusorio de nuestra noción de control. La realidad es como un animal salvaje que se resiste a ser domesticado. Desde hace tiempo nos propina sus coletazos de manera imprevisible y violenta. Extraños virus hacen tambalearse a los mercados financieros. Los vertederos de basura se hunden. El sistema educativo fracasa. Hay motines en centros de acogida de menores y la inseguridad se apodera de las calles. Euskadi no es la única que se ve afectada. En Alemania, un perturbado atropella a los pacíficos ciudadanos que tomaban parte en un desfile de carnaval, mientras radicales islamistas declaran el triunfo de la Sharia en los barrios de París y otras grandes ciudades.

Hemos vivido en un limbo de inercias burocráticas e ilustrada autosuficiencia. Cuando nos quisimos dar cuenta, el mundo había cambiado tanto que las herramientas para manejarlo ya no sirven y hay que desarrollar otras nuevas. Los sistemas educativos de la era industrial, universidades, Altas Escuelas Francesas de Administración y Estudios Politécnicos Superiores y otras organizaciones destinadas a la formación de élites, preparaban a sus promociones para gestionar una maquinaria bien engrasada, no para reparar sus averías, ni para luchar contra el cambio climático o en conflictos asimétricos. En los nuevos entornos, lo que hay que aprender con respecto al futuro es tanto como lo que conviene desaprender con respecto a planteamientos obsoletos del pasado. Ante todo, es necesario salir del estrecho marco de los procedimientos burocráticos de costumbre y cartografiar los nuevos ecosistemas.

¿Qué significa eso de ecosistema? Se supone que vivimos en modelos estructurados, no en la jungla. ¿Por qué de pronto nos obligan a cambiar nuestra forma de ver el mundo? ¿Cuál es el "protocolo" a seguir? ¿Quién dirige el proceso? Preguntas esperables, que tienen su lógica dentro de la perspectiva de una sociedad industrial hiperespecializada y articulada mediante estructuras jerárquicas. Lo malo es que ya no estamos en ese tipo de sociedad. El mundo del siglo XXI se parece más a un ecosistema natural, con sus predadores y predados, su implacable lucha por la vida y su selección natural.

Echemos un vistazo al hábitat, por ejemplo, en aquella parte del mismo que afecta a la seguridad interior y a los procesos de integración de minorías inmigrantes dentro de las sociedades occidentales de acogida. Veamos qué pasa sobre el terreno. En Oriente Medio y otros países continúa la guerra. Algunas mujeres de Teherán se quitan el velo en claro gesto de desafío a la República Islámica de Irán. En Melilla, la escritora Zoubida Boughaba es víctima de una campaña de acoso por parte de colectivos integristas que la acusan de islamofobia por sus críticas contra el velo. Como consecuencia de ello, la política de la región se convierte en la típica riña de gatos entre partidos políticos. Algo más allá, en Egipto, la abogada Hoda Nasrala pone un recurso a los tribunales islámicos que, aplicando indebidamente la Sharia, pretendieron reducir a la mitad su parte en la herencia paterna a favor de sus hermanos varones. Todo muy complicado y de difícil interpretación, como los temblores de aviso que preceden al gran terremoto.

Por el momento, lo único que podemos hacer es ir poniendo en el tablón recortes sobre acontecimientos aparentemente inconexos. Poco a poco va surgiendo una pauta.

Se intuye que es preciso hacer algo. No podemos dejar abandonadas a esas valerosas ciudadanas que en sus respectivos países lidian en solitario por causas que deberíamos acostumbrarnos a ver como si fueran nuestras. Francia, por ejemplo. La segregación de los barrios marginales en las grandes ciudades (banlieus) no es algo nuevo. Contra ella no han podido hacer nada las sucesivas administraciones desde los tiempos de Mitterrand. Lo impiden factores diversos, entre ellos la corrección política y el multiculturalismo banal de la clase política.

La misma conformación aconfesional de la república Francesa –por Ley de 1905 sobre separación entre Iglesia y Estado– obstaculiza la iniciativa gubernamental: ¿Cómo pueden el poder político y la administración meter en cintura a los clérigos islámicos cuando desde la propia constitución se les impide involucrarse en cuestiones religiosas? De modo que hace años se decidió que la mejor política era no hacer nada y dejar que las cosas pasaran. Ya se vería después el mejor modo de gestionarlas de manera que los problemas fuesen manejables. ¿Les suena? Es la misma doctrina que ahora se aplica en nuestro lado de los Pirineos.

Finalmente, un hombre dijo que ya bastaba. Emmanuel Macron ha declarado su firme propósito de reconquistar para la República Francesa los barrios independizados por la Sharia y el radicalismo islámico. Al hacerlo, va más allá que sus predecesores en el sentido de que no se limita a dejar el problema en manos de funcionarios de élite formados en la Ècole Nationale d'Administration. El presidente de la República, sin intermediarios ni chivos expiatorios, exterioriza personalmente su firme voluntad de actuar. Y está dispuesto a cumplir lo que pregona. Este intrépido explorador de los ecosistemas radicales que se extienden más allá de su olímpico Palacio del Eliseo y la esfera de comodidad funcionarial y normativa de nuestras modernas pero decadentes sociedades del bienestar es un ejemplo en que el resto de Europa está obligada a mirarse.

La lucha contra los ecosistemas radicales –mediante el compromiso de los mandatarios, la educación, políticas sociales y actividades de inteligencia militar y policial– no debería ser atribución exclusiva de jefes de Estado. Toda la sociedad es parte de la solución y no hay que esperar a que otros den el primer paso. La realidad del mundo actual, este ecosistema generado por las fuerzas de la historia y la incompetencia humana, es compleja, caótica, indomable. Toda actuación que aspire a ser eficaz en términos políticos comienza calzándose las botas con visible ademán de liderazgo que inspire confianza a la ciudadanía.

* Analista