Tribuna abierta

Ciudad compleja, conocimiento integrado

El crecimiento desenfrenado y las formas instantáneas de comunicación han transformado radicalmente las ciudades, que ya no son espacios acotados sino campos o extensiones urbanos, una colección de actividades en lugar de una estructura material confinada espacialmente

09.02.2020 | 19:43

ESTOS campos urbanos no están definidos por un límite geográfico, político o arquitectónico, sino por la idea de conectividad habilitada por las TICs y también por la proliferación de megaproyectos de todo tipo en áreas propiamente urbanas, exurbanas, periurbanas y suburbanas, en "ciudades-frontera" (edge cities) y en zonas antaño abiertamente rurales. Lo urbano, además, ha devenido en algo esencialmente heterogéneo y definido por puntos de referencia idiosincráticos, prácticas culturales identitarias e incluso narcisistas y redes interactivas translocales.

La globalización ha venido diluyendo la identidad de las ciudades individuales, difuminando sus características únicas en nuevos espacios en multiples escalas espaciales que transitan la dualidad tradicional urbano-rural, un referente cada vez menos útil. El crecimiento urbano no planificado y sin control es casi inevitable, ya sean nuevas ciudades en países en desarrollo o suburbios en países desarrollados.

El comercialismo capitalista neoliberal figura de forma prominente entre las causas de estos fenómenos. El capitalismo da forma al tejido urbano, financia su estructura, sus miserias y su expansion, y ha llevado a las ciudades a evolucionar hasta convertirse en representaciones simbólicas de sí mismas en forma de "marcas urbanas" que se venden globalmente.

Las áreas urbanas consisten hoy en corrientes y flujos continuos, casi idénticos, de imágenes comercializadas. Al igual que la ciudad medieval, las áreas urbanas de hoy en día son simplemente retratos idealizados que estimulan el consumismo y se adaptan a nuestra imaginación.

Ello nos lleva a decir que el urbanismo requiere hoy ser observado y analizado por medio de nuevos enfoques, herramientas conceptuales y procedimientos metodológicos. Y, crucialmente, no un único enfoque, sino una pluralidad de perspectivas integradas en cierta medida: no consensuadas o sistematizadas aunque sí coordinadas.

Desde Berger y Luckmann sabemos que la realidad está construida socialmente. Las personas y los grupos que interactúan en un sistema social crean, a lo largo del tiempo, conceptos o representaciones mentales de las acciones de los demás y estos conceptos finalmente se convierten en habitus por medio de roles recíprocos desempeñados por los actores sociales en relación mutua.

Cuando estos roles se ponen a disposición de otros miembros de la sociedad para que se desarrollen, muchas veces por medio de cadenas de interacción ritual (como las llama Randall Collins) se dice que las interacciones recíprocas están institucionalizadas. En el desarrollo de este proceso, el conocimiento y las concepciones y creencias de las personas sobre la realidad se integran en el tejido institucional de la sociedad. Se dice así que la realidad está socialmente construida.

Sin embargo, las ciencias sociales por sí solas no pueden describir adecuadamente la ontología de la realidad, en particular la realidad urbana. Investigadores urbanos punteros como Manuel Castells, Janet Abu-Lughod y Saskia Sassen han reconocido que la realidad de la ciudad y de lo urbano no puede entenderse desde una sola perspectiva disciplinaria.

Las Asociaciones Sociológicas británica y estadounidense, en dos sesiones conjuntas celebradas hace más de quince años, llegaron a conclusiones que apuntaban a una necesidad de interdisciplinariedad y multidisciplinariedad para enriquecer las perspectivas dentro del estudio del urbanismo.

Parece apropiado prescribir interdisciplinariedad y multidisciplinariedad para los estudios urbanos. Esta estrategia, sin embargo, no resolvería los problemas conceptuales y epistemológicos de un campo de investigación que se enfrenta a las transformaciones masivas provocadas por las condiciones de la urbanización planetaria y el antropoceno. Necesitamos una nueva perspectiva: una perspectiva transdisciplinaria.

La existencia de una multiplicidad de perspectivas, a veces mutuamente opuestas, puede transformarse en una oportunidad para la creatividad, si aceptamos la posibilidad de múltiples formas de conocimiento mutuamente inclusivas. Ninguna perspectiva puede erigirse en privilegiada; más bien hemos de aceptar la posibilidad de que las perspectivas puedan coexistir y también unirse para desarrollar, siguiendo a Bateson, integraciones creativas. Como quizá resulte evidente, esta postura implica la superación del conocimiento disciplinario tradicional.

En la investigación transdisciplinaria comenzamos con una forma de pensar que enfatiza la pasión, la creatividad, el contexto y la conexión. La subjetividad del investigador es una parte inseparable del contexto de la investigación: no solo está profundamente relacionada con ese contexto, sino que lo constituye y también influye decisivamente, aunque no exclusivamente, en su interpretación. Los propios supuestos paradigmáticos del investigador se ponen de manifiesto y entran en diálogo con una pluralidad de suposiciones desde otras perspectivas, desde los otros ángulos que hayan servido para abordar el problema de investigación. El marco de análisis viene definido por el problema de investigación, no por la disciplina académica. Por ello, las motivaciones del investigador son importantes: se exploran, evalúan y contextualizan.

La transdisciplinariedad es un nuevo modo de investigación, de práctica y de aprendizaje que coloca la ética, la estética y la creatividad dentro, no fuera, del trabajo profesional. Trae nuevos objetos, cosas y materias a la vista, ubica las prácticas en nuevas configuraciones, contextualiza, vuelve a situar la teoría y el aprendizaje, e incorpora cuestiones sociales, políticas y éticas que alguna vez se consideraron externas a la esfera propia de la investigación y la educación.

El urbanismo transdisciplinario debe ser impulsado por la investigación en lugar de estar exclusivamente dirigido por la disciplina; debe ser meta-paradigmático en lugar de intra-paradigmático; debe estar guiado por un pensamiento complejo, creativo, contextualizador y conectivo (siguiendo a Edgar Morin). Ha de estar fortalecido por la indagación como un proceso creativo que combina rigor e imaginación y que desafía la organización subyacente del conocimiento.

La transdisciplinariedad es una propuesta epistemológica en cuyos principios se vislumbra el advenimiento de un ser humano capaz de habérselas con aquello que está en los intersticios de lo que tradicionalmente se ha considerado como realidad empírica.

La introspección necesaria para mantener un equilibrio entre el objeto transdisciplinario y el sujeto transdisciplinario no es un asunto que suceda en forma inercial con el formato de la epistemología vigente y la lógica dual. Es necesario tener presente la trayectoria que ha seguido la relación sujeto-objeto en la historia del pensamiento.

En la premodernidad se caracterizó por la integración del sujeto en el objeto; en la modernidad, por la separación completa entre ambos; y en la llamada posmodernidad se da el predominio del sujeto. La visión transdisciplinaria, en cambio, otorga la misma importancia al sujeto y al objeto, a la materialidad y a la conciencia.

Esta estructura tiene consecuencias considerables para la teoría de conocimiento porque implica la imposibilidad de una teoría completa y cerrada. Y coloca en un primer plano los conceptos de incertidumbre, indeterminación, incompletud e indecidibilidad.

La transdisciplinariedad integradora respeta la primacía del proceso de indagación y aprendizaje sobre las concepciones previas, las visiones, los planes, las opiniones o las críticas. En cierto modo, se trata de una actitud similar a la que ha sugerido François Jullien, el sinólogo francés, quien afirma que "un sabio no tiene ideas". Es decir, no se trata de conocer definiendo los objetos sino de ser receptivos al fondo de inmanencia que dispensa lo evidente.

Eduardo Chillida estaba de acuerdo. En sus escritos sobre la naturaleza del trabajo creativo afirmaba que "la obra concebida a priori nace muerta (?) creo que he de atreverme a hacer lo que no sé y aspiro a reconocer lo que no entiendo; valoro conocer más que el conocimiento". Se trata, pues, no de saber, sino de aprender, una disposición hacia la humildad muy necesaria hoy.

* US Fulbright Award Recipient in Urban Planning, Doctor de New School for Social Research Nueva York