Tribuna abierta

Gorriones

09.02.2020 | 12:02

HOY puede resultar un tanto insólito, pero cuando era chaval, cualquier mozo del lugar aspiraba a tener una bicicleta y una chimbera. Sí, una carabina de aire comprimido que cargada de balines de plomo se utilizaba, bien para afinar la puntería o para abatir pajaritos. Pajaritos que luego nos comíamos.

Algún pureta de hoy me considerará un "bárbaro". Tanto por lo de la chimbera como por lo de comer las aves sacrificadas. Y no, en mi juventud no tuve una educación de adoración a las armas (no éramos ni "escopeteros"), ni en mi entorno se pasaba hambre. Eran otros tiempos e intentar juzgarlos con las gafas de hoy en día desenfoca las circunstancias y malinterpreta las conductas.

Se llamaba chimbera porque, según decían, servían para disparar a los chimbos, pero en mi vida pude diferenciar un pájaro así. Mis objetivos eran tordos y, fundamentalmente, gorriones. El número de presas siempre era limitada. Los pájaros no eran tontos y a la mínima huían. Y mi destreza tampoco ayudaba. En las casetas de feria podía dejar toda la paga sin atinar un disparo aunque yo achacaba aquella falta de puntería a que las escopetas estaban trucadas.

La chimbera era una especie de excusa para vagar por el campo, para pasar el rato entretenidos. Y si el azar se cruzaba en forma de pájaro? Luego tocaba desplumarlos para que Mari Tere los pasara por la sartén con unos ajitos y un poco de vino blanco. Bien turraditos era -ese recuerdo tengo- un apetitoso bocado. El tiempo de la carabina se acabó un día en el que una vieja me acusó de haberle matado unas gallinas, hecho que siempre negué por incierto. Pero la bronca y el infundio acabaron por jubilar mis inquietudes depredadoras. Ya por entonces existían las fakenews aunque las denomináramos trolas (como la de las gallinas muertas). Incluso había quienes, alimentados por rumores, afirmaban que con las escopetas de perdigones se había "esquilmado" la población de gorriones. La ignorancia siempre genera atrevimiento.

Donde de verdad hicieron desaparecer a estos pájaros fue en la China comunista del timonel Mao. En 1958, el gobierno de Mao Zedong declaró a ratones, moscas, mosquitos y gorriones enemigos del país. La revolución, dentro de la planificación denominada "el gran salto adelante" se propuso transformar la sociedad tradicional china en una potencia mundial superproductiva.

El "salto" diseñado por los burócratas del Partido Comunista chino estableció que si eliminaban a los animales que se alimentaban de grano, el nivel de las cosechas de cereal se incrementaría notablemente.

Dicho y hecho. Allí no les temblaba el pulso a la hora de acometer los dictados revolucionarios. Los roedores, los bichos más resistentes del planeta, sobrevivieron. Pero los pájaros pagaron la factura de una política ciega. Se envenenaron comederos, se destrozaron nidos, se rompieron huevos y se perseguía a los gorriones haciendo ruidos con ollas y sartenes hasta que, aterrorizadas, las aves morían de puro cansancio.

La campaña, seguida rigurosamente por mayores y niños, fue un éxito total. Los gorriones chinos fueron prácticamente extinguidos y, casualmente, las cosechas se incrementaron de una manera considerable en un primer momento. Pero lo que no contemplaron los comunistas maoístas es que los gorriones comían, en la práctica, más insectos que grano. Científicos occidentales les habían advertido de las posibles consecuencias que su política de aniquilamiento podría tener pero el dogmatismo maoísta no tuvo en cuenta las advertencias, que fueron tenidas como "propaganda imperialista". Ante esta, el régimen contestó que "el hombre debe derrotar a la naturaleza" y los gorriones, esos "enemigos de la revolución", fueron borrados del vasto territorio maoísta.

Pero, sin gorriones, llegaron las langostas. Las plagas de insectos que siguieron al exterminio de las aves acabaron con las plantaciones y la ausencia de grano, en una sociedad todavía eminentemente agrícola, provocó una gran hambruna como consecuencia de la cual entre los años 1959 y 1961 murieron en China cerca de treinta millones de personas.

El desastre fue tal que Mao, lejos de hacer autocrítica, ordenó "olvidarse" de los pájaros. Simultáneamente, el gobierno soviético de Nikita Kruschov, aliado de China, salió en ayuda de su camarada del sur, enviando a Pekín, a modo de exportación comercial, un cargamento de miles de aves que llegaron en secreto para evitar el descrédito del régimen y de su estatus dirigente.

Al día de hoy, y a pesar de las protecciones oficiales hacia esta especie de pájaros, la colonia de gorriones no se ha terminado de recuperar en el país asiático.

La experiencia demuestra que los dogmas, por muy oficiales que sean, siempre chocan con la realidad y las ideas supuestamente simples, si no tienen en cuenta la naturaleza de las cosas, fracasarán con resultados imprevisibles.

Pedro Sánchez debió pensar, viendo la situación de debilidad en la que se encontraba Unidas Podemos, aquello de "ave que vuela, a la cazuela". Su primer intento de "investidura" fue eso, un pretexto indisimulado por medrar a costa de la delicada situación y del panorama al que se enfrentaba Pablo Iglesias.

En algún momento, he hablado de la necesidad de aplicar el mutualismo a la política; la simbiosis y la reciprocidad de compromisos compartidos. Sin embargo tales conceptos no parecen prosperar en la política española. La evidencia demuestra que impera más la colaboración a "garrotazos", el canibalismo o el parasitismo. Y ni los sonoros fracasos obtenidos en el pasado inmediato parecen hacer recapacitar a quienes tienen la responsabilidad de enderezar el rumbo de la gobernabilidad del Estado. Sánchez, como Mao con el fiasco de los gorriones, parece haber optado por "olvidarse" de su apuesta. Y lejos de trabajar por recomponer los puentes dinamitados, se ha lanzado a una nueva campaña de imagen que, perdonen el atrevimiento, no va a conducir a acuerdo alguno, salvo la disolución de las Cortes y la celebración de elecciones anticipadas.

Sánchez y sus asesores no trabajan por la gobernabilidad. Trabajan por ganar el relato. Por presentarse ante la opinión pública como víctimas de un bloqueo y de una coyuntura en la que nadie, salvo ellos, pone el interés general por encima de las estrategias partidistas particulares. De ahí el diseño de una agenda repleta de encuentros con asociaciones, organismos sociales, colectivos, etc. Tal mensaje, intuyen los socialistas, puede rentarle en una vuelta a las urnas, en detrimento de los morados de Pablo Iglesias, a quienes, sí o sí, pretenden ahora retorcer el brazo.

Esta pretensión puede llegar a ser efectiva en una primera derivada -como el incremento de cosechas en China- con un trasvase de voto de izquierdas, pero, que se sepa, ni los colectivos sociales ni los sindicatos ni las asociaciones progresistas votan en la Carrera de San Jerónimo. Además, si los vasos comunicantes electorales se prodigaran a su favor no lo harían con un resultado tan contundente a favor como para posibilitar un gobierno por sí mismos y en sentido contrario, la derecha de Casado habría tenido tiempo para reorganizarse y asimilar en una única propuesta electoral la representación de la extrema derecha. En resumen, un horizonte similar al actual, un mapa necesitado de acuerdos plurales y con solvencia programática que garantice la estabilidad de un ejecutivo sólido.

Mientras eso no les entre en la cabeza a quienes mayor responsabilidad tienen para liderar un ejecutivo, la política española no tendrá solución, y con ella las reformas urgentes de todo tipo que aguardan gobierno se enquistarán, como lo ha hecho el caso catalán. Llegan fechas complicadas al respecto que volverán a tensar una cuerda que en cualquier momento puede romperse.

Es hora de pisar suelo. De caminar para avanzar y vencer el bloqueo. Primero un pie y luego otro. Quien, como los gorriones, prefiera saltar, que lo haga. Pero cuidado con los saltos, que detrás de uno puede llegar la catástrofe.