Síguenos en redes sociales:

Utrecht, Gibraltar y Catalunya

SE consumó el guion. Como en un cine de verano, la película proyectada era ya conocida. Acción-reacción. El delegado del Gobierno prendía el txupinazo y la Izquierda patriótica rentabilizaba el cohete con su habitual victimismo parasitario. Nada que, por desgracia, no hayamos visto antes. Lo que ocurre ahora es que, de una forma diáfana, puede percibirse sin duda ni complejo que medie, que en Euskadi, los extremos se necesitan para alimentar sus estrategias. Se necesitan, se buscan y se complementan. Que no hay lío a la vista, interviene Urquijo y allí están los de siempre para organizar el taco. Y digo los de siempre porque en este caso, las fotos de los jubilados txapeldunes junto a la comparsera de Txori Barrote nos retrotrae a los tiempos del picor. Vamos, a la borrokada de toda la vida.

Unos y otros organizando su fiesta una vez más. ¡Qué le vamos a hacer! El problema es que, al calor de la gresca, se enciendan nuevos fuegos que arriesguen la convivencia de todos.

¿Será cosa del verano? Lo cierto es que la temporada estival propicia hilarantes acontecimientos. La falta de actualidad hace que se convierta en categoría cualquier anécdota Y, como me decía un compañero de profesión, "periódicos hay todos los días" por lo que hasta lo más nimio puede ser, durante estos días, noticia de portada.

Pero, ya se sabe, como no hay nada que llevarse a la cabecera, cualquier bobada es digna de ocupar un titular a cinco columnas. Bobadas, sí. Como la que leí el otro día con aire solemne. "España busca una alianza con Argentina para enfrentarse al Reino Unido en las Naciones Unidas".

A saber, los conflictos territoriales de Gibraltar y las Malvinas posibilitaban una entente entre los gobiernos de Rajoy y Cristina Fernández de Kirchner contra la pérfida Albión. Y David Cameron no duerme desde entonces.

Nadie se acuerda ya de los enfrentamientos entre España y Argentina con motivo de la expropiación de Repsol-Ypf. España y Argentina juntas contra el Reino Unido. Parece de traca futbolera aunque lo revistan de defensa de los intereses territoriales propios contra el colonialismo del imperio británico.

Es como para echarse a temblar. De risa, por supuesto.

Que España haga causa de Estado por la situación de Gibraltar es como de chiste. Es como si se olvidara de sus enclaves norteafricanos, o cerrara los ojos y oídos, con las reivindicaciones nacionales que vascos y catalanes manifestamos, cada vez, con más fuerza y respaldo social.

Que un territorio cercano a los 7 kilómetros cuadrados y que alberga a cerca de 30.000 habitantes, vuelva a las primeras planas por la ampliación de un dique, y se transforme en una "cuestión de Estado" y en un "problema diplomático de primer nivel" debe, cuando menos, hacernos sonreír. ¿Cuestión de Estado en un país con cerca de seis millones de parados? ¿Conflicto diplomático por un peñón cuando, de hecho, la economía de todo el país se encuentra intervenida de facto por la Unión Europea?

La soberanía hispánica

Todo se entiende cuando el calentón gibraltareño estalla en paralelo a las comparecencias de altos cargos del partido en el gobierno ante la Audiencia Nacional por una supuesta financiación irregular. Entonces es cuando alguien idea sacar a la palestra el señuelo gibraltareño y exhibir el nervio de la soberanía hispánica. Un cebo que algunos han seguido ciegamente en un patrioterismo exacerbado y fuera de lugar (para que luego se acuse a los nacionalistas vascos o catalanes de planteamientos esencialistas identitarios). Juego de distracción que pretende esconder, o mitigar, el desgaste que el caso Bárcenas sigue haciendo a las estructuras del Partido Popular.

No seré yo quien diga al Gobierno español si está en su derecho o no de reclamar la soberanía de Gibraltar. Lo que creo es que el gabinete de Rajoy tiene en sus manos problemas más perentorios, urgentes e importantes que una reivindicación territorial como la que alimentan en estos momentos.

Algunos medios de comunicación, que en ocasiones funcionan como puntas de lanza de las estrategias comunicativas diseñadas en los despachos gubernamentales, han pretendido profundizar en la "herida histórica" provocada por Gibraltar. Y en su fundamentación han llegado a manifestar que Gran Bretaña ha roto con las condiciones pactadas en el Tratado de Utrecht, puesto que ha "franquiciado" el territorio de la colonia adjudicada en dicho pacto a la población gibraltareña. Vamos que aquello ya no es una colonia británica sino que, al conceder el derecho de autodeterminación a los llanitos -pobladores del peñón-, se ha roto con las condiciones de cesión originaria al Reino Unido en 1713.

Vayamos un poco a la historia. Los tratados de Utrecht y Rastatt son una serie de acuerdos multilaterales firmados por las monarquías y los Estados beligerantes en la Guerra de Sucesión Española y que paccionaron la paz modificando el mapa político de Europa. Para hacer el cuento corto, la paz de Utrecht tuvo varias consecuencias directas. Gracias a ella, Felipe de Anjou fue reconocido como monarca español con el nombre de Felipe V, renunciando a sus derechos dinásticos en la corona francesa. Territorialmente, las consecuencias de aquel tratado fueron las siguientes: El Reino de Gran Bretaña obtenía Menorca y Gibraltar (cedidas por la monarquía española), Nueva Escocia, la Bahía de Hudson y Terranova (cedidas por Francia). La Casa de Saboya recupera Saboya y Niza (ocupadas por Francia) y se anexiona Sicilia (cedida por España). La casa de Saboya se denominará reyes de Sicilia primero, de Cerdeña después y finalmente reyes de Italia.

Las denominadas Provincias Unidas reciben la barrera flamenca, una serie de fortalezas españolas en los Países Bajos. Brandeburgo recuperó de España Güeldres Norte y Neuchâtel de Francia, transformándose en el reino de Prusia. Y Portugal obtuvo la devolución de la colonia de Sacramento ocupada por España.

Por su parte, Carlos VI de Austria, el pretendiente derrotado en la guerra de sucesión, obtenía, renunciando al trono, los Países Bajos españoles, el milanesado, y los reinos de Nápoles, Flandes y Cerdeña.

Tras diez años de guerra dinástica, el primer Borbón llegaba a la monarquía española. Había perdido gran parte de su poder territorial en Europa y además cedía Menorca y Gibraltar a los ingleses. Pero aquel acuerdo quedó inconcluso. Pese a los intentos de los ingleses, y posteriormente del Imperio Austriaco para que se respetaran las constituciones del Principado de Cataluña y del Reino de Mallorca, el nuevo soberano español se opuso a su incorporación a los acuerdos de Utrecht y Rastatt. Cataluña y Mallorca debían, a su juicio, ser tratados como reinos rebeldes (así lo había hecho ya con Valencia y Aragón) y sus ciudadanos incorporarse a la nueva planta del reinado como súbditos. Abandonados por los aliados europeos, los catalanes continuaron su lucha contra el nuevo monarca pero pronto se vieron obligados a capitular. Fue el 11 de septiembre de 1714. Dicha fecha marca desde entonces la Diada Nacional de Catalunya.

Quienes apelan a Utrecht para demandar Gibraltar, debieran darse cuenta de que también aquel Convenio generó uno de los mayores desajustes políticos que hoy pervive en la actual monarquía borbónica; la reivindicación nacional de Catalunya. Y eso no es ninguna bobada veraniega. Más allá de crónicas fidedignas del pasado, de derechos históricos, o de tratados políticos que modificaron el devenir de los pueblos, la voluntad ciudadana resolverá aquella incorporación dictada a sangre y fuego. Y lo hará bajo el auspicio democrático de la voluntad popular.

Si hablan de Utrecht, no se fijen solo en Gibraltar sino en Catalunya. No hacerlo sería de necios.

* Miembro del EBB de EAJ/PNV