Rojo sobre blanco

Alma para diluir el sopor

El Atlético quedó aturdido, noqueado, su gran pecado fue que desde el comienzo no acertó a calibrar la talla del enemigo y este le mandó para casa

14.01.2022 | 00:28
Simeone y Marcelino se saludan al término de la semifinal de Copa

EL Athletic se abrió paso en el sopor para reafirmar su particular idilio con un torneo que merecía su presencia en la cita cumbre del domingo. Al igual que hiciera en la final de la edición anterior tuvo capacidad para reaccionar casi al límite, cuando no se detectaban indicios sólidos de que el marcador pudiese ser volteado, la verdad. Obtuvo así el premio que su oponente nunca mereció, un Atlético de Madrid que ha extraviado sus señas de identidad, las que le convirtieron en un bloque temible imbuido del acusado espíritu combativo de Simeone. El hecho de que los goles de Yeray y Nico Williams, así como un intento previo a cargo de Iñigo Martínez que por centímetros no traspasó la línea, naciesen en el balón parado da una idea de hasta qué punto se ha desnaturalizado el proyecto del argentino. Refleja también el tesón de un Athletic que se benefició de un recurso particularmente válido en un combate donde la poca claridad del juego de ambos contendientes estuvo a punto de ser rentabilizada por parte de quien menos expuso. Así ha escrito muchos episodios gloriosos el cuadro colchonero en la última década: exprimiendo al máximo un único gol. Una filosofía que ayer jueves se reveló caduca porque enfrente anidaba el poderoso argumento del inconformismo.



 

Hasta que se produjo la carga a la desesperada del equipo de Marcelino, el evento tuvo un tono insufrible. Un estadio desangelado, enorme y prácticamente vacío, un fútbol plano y un gol tonto, el que Joao Félix marcó por una falta de coordinación de Yeray y Simón. Se quedaron mirándose el uno al otro, lo que posibilitó que un cabezazo flojito cruzase el área hasta alcanzar la red. A lo largo de una hora, eso fue cuanto el paciente espectador pudo degustar. Más de uno pensó, entre bostezo y bostezo, que no hacían falta estas alforjas para celebrar el torneo, pero alforjas precisamente y bien llenas sustentan esta clase de montajes en la otra punta del mundo. El problema radicó en que unos y otros adoptaron idéntico perfil, ninguno tenía interés en exponer lo más mínimo y la cosa discurrió lenta, monótona, sin que la gente que debe desequilibrar asomase. Lentitud, reiteración de pasecitos de seguridad, propuestas previsibles a más no poder y las estructuras defensivas de ambos sin sufrir un rasguño, salvo en un chut de Iñaki Williams en el arranque que Oblak, el mejor de la noche, repelió apurado.

Semifinal de la Supercopa: Atlético - Athletic. Fotos: EFE y AFP

Muniain y Koke asumían las operaciones. Al paso. Trote cochinero. Imposible progresar, sorprender, intercalar un chispazo, algo que rescatase al personal de la modorra y agitase el choque. Por todo ello, el gol del Atlético pudo interpretarse como la sentencia. Quien se adelantase tenía el billete para la final, cabía elucubrar, y con más razón si la novedad se registraba en el área del Athletic. La réplica fue inmediata, pero como ya se ha apuntado Oblak continuaba en su sitio. Marcelino aguardó diez minutos escasos para realizar una sustitución triple. Algo debía hacer para reactivar aquello. Antes, Simeone había tratado de cambiar el ritmo con dos relevos y replicó al movimiento de su colega con Luis Suárez: buscaba la puntilla a la espalda de un Athletic forzado a avanzar líneas.

La clave llevó el nombre de Nico Williams, el chico que pasa más minutos calentando banquillo que en el verde. En una acción con su hermano volvió a poner a prueba la consistencia de Oblak. Fue el preámbulo de la remontada. Yeray se comió a dos rivales en el salto y le puso emoción al asunto. Ni siquiera hubo margen para temer el castigo de la prórroga, una amenaza que había sobrevolado el King Fahd, que así se llama el ostentoso recinto, durante una hora en que fue inevitable tener un ojo puesto en el reloj. Ayer de arena, espeso, indigesto. Nico Williams entendió que la única manera de superar a Oblak, aparte de con cabezos a quemarropa, era tirando de sutileza, de finura. Puso el exterior de su zurda con estilo para orientar un globo que caía en mitad de una maraña de jugadores y, efectivamente, colocar el disparo allí donde el único remitente posible es la red. Listo. El Atlético quedó aturdido, noqueado, acababa de ser víctima de un correctivo en toda regla. Su gran pecado fue que desde el comienzo no acertó a calibrar la talla del enemigo y este le mandó para casa.

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