Rojo sobre blanco

La suerte y las rachas

Es un problema viejo que aboca a una existencia anodina porque no se ha abordado como merecía y así sigue

13.12.2021 | 00:15
Nico Williams grita de rabia ante el Sevilla.

SE hace cuesta arriba escribir cada semana de una realidad que se manifiesta tan tercamente desde hace años. El déficit goleador lleva varias temporadas condicionando las posibilidades del Athletic de un modo evidente y no se vislumbran indicios fiables que apunten a una solución. Las estadísticas están al alcance de cualquiera y hablan de que la última vez que el equipo estuvo entre los diez primeros en goles marcados fue en la 2016-17, lo que le valió para obtener plaza continental. En las cuatro campañas siguientes, se ubicó entre los diez menos realizadores y quedó fuera de Europa. Así de claro. Bajando al detalle, en tres de esos cursos sin premio repitió marca realizadora en liga con solo 41 goles a favor y en el más reciente elevó la cifra hasta los 46. En el vigente va camino de superar negativamente todos los registros comentados, pues suma 13 goles al cabo de diecisiete jornadas, casi la mitad del campeonato.

Se trata pues de un problema viejo que aboca al equipo a una existencia anodina en el plano deportivo porque no se ha abordado como merecía y sigue sin hacerse, según se deduce de los crudos datos que escupe la actualidad. Analizar el asunto apelando a términos como racha e infortunio puede ser aceptable en partidos sueltos, pero no si se pretende sustentar una tesis aplicable a una trayectoria tan dilatada en el tiempo. A estas alturas de la película, dicha postura, que es la que con ardor defiende Marcelino, carece de sentido.

Desde luego que el Athletic hizo un trabajo más que suficiente para vencer a Espanyol, Real Madrid y Sevilla, tres compromisos que permanecen en la memoria colectiva por motivos obvios, están muy frescos. Generó situaciones de sobra para aspirar a una diferencia holgada en estos duelos, pero no ocurrió porque se juntaron todos los males señalados: la impericia de los futbolistas, el infortunio y, si se apura, hasta el influjo de una racha, dado que son jornadas disputadas en el plazo de un mes y medio. Esto quiere decir que últimamente el equipo ha mejorado su producción en ataque: más llegadas y sobre todo de mayor calidad, o sea objetivamente más propicias para alojar la pelota en las redes rivales. Si solo nos quedamos con estas tres citas y se pasan por alto los cruces con Real Sociedad, Cádiz, Levante, Granada o Getafe, celebrados asimismo en este mes y medio, el balance ofensivo de los rojiblancos justifica la expresión de que "el balón no quiere entrar". En cambio, si se computan los ochos encuentros ya no resulta tan procedente manifestarse así.

Ahora bien, si el Athletic es capaz de emularse y en los siguientes partidos demuestra que en efecto pisa área y dirige entre los tres palos un número significativo de intentos, entonces sí que la postura del entrenador merecerá ser suscrita sin la más mínima reticencia. Muy probablemente, de suceder tal cosa, vendrán los resultados que por el momento se resisten porque, parafraseando a Marcelino, ninguna inercia puede ser eterna.

Lograr continuidad, regularidad si se prefiere, fue el objetivo que estableció Marcelino para la temporada. Es la asignatura pendiente y por supuesto no se entendería ni conduce a ninguna parte si no incluye una rentabilización de las oportunidades superior a la conocida. Correr más que el resto, figurar entre los equipos más llegadores, que más centros al área meten o que mayor posesión ostentan en terreno rival, de poco sirve si todo ese caudal, que es exponente de esfuerzo e implicación, deriva en trece goles en diecisiete jornadas. Esa clase de datos están muy bien para resaltar lo que interesa, pero en absoluto ocultan las dificultades que el Athletic arrastra en la faceta creativa y en la culminación. Al revés, vienen a reflejar que hay un margen de mejora por afrontar y se refiere a la faceta más compleja del juego, aquella que requiere adoptar decisiones más difíciles.

El notable balance defensivo que luce el equipo es un logro en sí mismo y avala una concienzuda labor grupal. Las directrices de Marcelino han cuajado y contribuyen a elevar un rendimiento defensivo que ya era seña de identidad del Athletic en la etapa precedente. Es en lo otro donde la evolución todavía no se ha percibido, no al menos en la medida que sería preciso para subirse al carro de los aspirantes a pelear por terminar en mayo en la zona noble de la clasificación. Seguimos a la espera.

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