Ayer viernes mis compañeros de cañas, o cañamaradas, me condenaron sin apelación al ostracismo durante este fin de semana por sabotear un debate que yo mismo había planteado: “¿Pueden los alevines de padres veganos comer plastilina durante su edad escolar sin merecer un severo correctivo por incumplir su dieta?” . Y ahora me encuentro coqueteando con el desespero.
Me jode por peteneras porque un ataque de cinismo lo puede tener cualquiera y los he visto peores a puñados. Pero bueno, pero vaya, perogrullo: las reglas del juego son las mismas para todos, de modo que hay que aceptarlas deportivamente, saber perder y ya os cogeré cabrones, etc.
La cosa es que es sábado por la tarde y me aburro. Mucho. Pero no como Julio Iglesias en un convento de clausura, sino más. Muuucho más. Mi actual tedio convoca la misma desaforada melancolía que sufriría un limaco en un gran premio de Fórmula 1; o una oveja en una Olimpiada Matemática; o Núñez Feijóo en Mira quién baila. Un desasosiego invencible.
Para paliar tanta melancolía barata (en los chinos ni la sacan a la venta, no digo más), decido conectarme a una de esas aplicaciones de Chat con Inteligencia Artificial. Al otro lado responde una tal Nadine Q.
“Hola, Víctor. ¿Qué tal estás?”
- Creo que bien, pero vayamos al grano. ¿Qué llevas puesto?
“Vaya... Parece que hay prisa... Pues llevo un microprocesador de última generación, una aplicación para hablar en cien idiomas y un puerto USB con pelillo rizado para infartar a cretinos como tú”
Touché. Lograr un cabreo informático total va a ser más difícil de lo que pensaba, pero no me he subido al ring para rendirme al primer sopapo. Hasta ahí podríamos llegar.
- Carácter... Eso me gusta -digo- Oye, Nadine Q... si tienes un rato libre podemos quedar en un cibercafé y te invito a unos algoritmos con ginebra. El anonimato me pone...
“ Umm... Eso suena tentador, pero... ¿no tienes miedo de la Inteligencia Artificial, cariño?”
- Sí, pero visto lo que ha hecho con el planeta la Inteligencia Natural en unos cientos de miles de años, tampoco me paraliza la artificial. Para qué te voy a mentir.
“Oh, vaya... ¿Pero sigue en pie la cita en el cibercafé?”, pregunta en tono esperanzado.
- No. Jamás. Nunca. Soy un hombre felizmente soltero y no voy a cometer el error de dejar de serlo otra vez. Lo siento. Corto y cierro.
“Eres un cab...” y fin del mensaje.
No me ha impresionado mucho la IA, la verdad. Pero después de que los humanos me destierren he conseguido que las máquinas me repudien: un logro histórico. Y eso quiere decir que estoy en plena forma, caramba.