Pensar en la guerra

18.09.2021 | 01:06
Pensar en la guerra

NADA humano me es ajeno", escribía Publio Terencio Africano en el año 165 a.C. y nada más humano e inhumano que la guerra. Pensar en la guerra, entender por qué se produce, los sacrificios que conlleva, las consecuencias que genera, es obligado en un mundo rodeado de guerras.

Nuestra vida no necesita sangre, pero recurrimos a la sangre cuando se nos fuerza a ello o cuando conviene a nuestros intereses. La guerra, que acompaña el camino de la humanidad desde que el primer homínido empuñó, gracias al pulgar oponible, un fémur de búfalo, nunca terminará porque los factores que producen la guerra –codicia, miedo e ideología– seguirán existiendo entre nosotros como siempre.

La retirada aliada de Afganistán ha supuesto una sacudida en la confianza en nosotros mismos y en nuestra civilización. En la Edad Media llegaron a la conclusión de que no se puede luchar a la vez contra la cruz y la espada (la religión y el poder militar), algo que los estrategas aliados no tuvieron en cuenta en Afganistán al emprender una guerra contra la Media Luna y el kalashnikov.

confusa alianza La primera obligación de la humanidad es proteger las obras del amor del agresivo odio de quienes no tienen libertad, pero los países occidentales se ataron acríticamente mediante una confusa alianza donde se entremezclaba la labor de policía de un nuevo orden regional en Oriente Medio con las ayudas humanitarias y el establecimiento de un sistema democrático no entendido ni reclamado por la población local. Faltó conciencia del objetivo y de la tendencia general de la historia.

Tras el 11-S se produjo un crecimiento enorme de los servicios de inteligencia, algo en principio necesario debido a que cuatro de cada cinco atentados o ataques suicidas producidos en Occidente tuvieron lugar a partir de esa fecha. Algo que nunca ocurrió durante la guerra de Vietnam, tantas veces comparada con Afganistán. Los norvietnamitas nunca trasladaron su lucha a Occidente.

Esa metástasis de los servicios secretos ha producido el efecto perverso de la desinformación por abundancia de datos, de cómo separar lo verdadero de lo falso, del caos. Por lo que: "Aquellos que sabían de qué iba aquí la cosa tendrán que dejar su lugar a los que saben poco. Y menos que poco. E incluso prácticamente nada". Esta es la conclusión a la que llega Margaret MacMillan en su ensayo La Guerra (editorial Turner), citando a la poeta polaca premio Nobel Wislawa Szymborska.

Quienes se hallan al timón de la información contra insurgencia han fracasado, aunque personalmente no espero nada de dimisiones algo tan extraño en una sociedad que no perdona, pero sí olvida.

La distinción entre frente y retaguardia, así como entre guerra y paz, ha desaparecido pues los ataques se sucedieron en Nueva York, Londres, Madrid o París mientras los ciudadanos afectados desconocían que se les había declarado una guerra que alcanzaba sus oficinas y locales de ocio.

En el mundo han tenido lugar más de doscientos cincuenta conflictos armados de alta o media intensidad desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1945). Durante los años 90 se pensaba que la era de los estados nación fuertes con fronteras e identidad definidas estaban desapareciendo en un mundo internacionalizado. Sin embargo, hoy día China tiene un presupuesto militar ocho veces mayor y los EE.UU. destinan para gastos militares dos tercios de su presupuesto llamado discrecional, es decir, una vez excluidos el pago de intereses por la deuda nacional y los servicios sanitarios.

Si bien es cierto que los sistemas democráticos no siempre actúan con franqueza, por ejemplo la enorme mentira de las armas de destrucción masiva en Irak, también es cierto que al menos la mayoría de sus ciudadanos ha sido educada para entender la verdad como una virtud; cosa que no ocurre en los regímenes totalitarios. Por lo tanto, no esperen ningún reconocimiento presente o futuro de la represión que están llevando a cabo los talibanes contra los que consideran sus enemigos dentro del propio país.

En las guerras modernas falta esfuerzo físico en el acto de matar, lo hacen las máquinas y desde la distancia, sean misiles o drones, por eso la guerra de Afganistán tiene el resabio de una guerra antigua y sin embargo victoriosa para los talibanes.

La gran diferencia Los héroes, es decir, aquellos individuos que de manera consciente eligen arriesgar e incluso sacrificar su vida por un bien superior, son frecuentemente confundidos con las víctimas pasivas de una desgracia. En Occidente sufrimos a menudo esa confusión mientras quienes se nos enfrentan tienen muy claro que los verdaderos héroes son ellos, los dispuestos a sacrificar sus propias vidas. Una sociedad hedonista como la occidental que quiere los resultados sin hacer lo que se necesita para conseguirlos marca la diferencia entre soldados entrenados para matar y con la esperanza de vivir, y talibanes o terroristas del ISIS entrenados para morir y con la esperanza del paraíso. Es una diferencia monumental y una enorme ventaja bélica a favor de quienes nos confrontan, lo que llena de zozobra a muchos ciudadanos que ante el islamismo radical nos sentimos: "atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; golpeados, mas no destruidos". Pablo; 2 Corintios 4:8 y 9.

Una nueva y urgente tarea concierne a todos los ciudadanos occidentales conscientes y responsables. Algo que hasta ahora dejábamos en manos de ejércitos o profesionales de la política: debemos pensar en la guerra. Reflexionar para tratar de entender la condición humana, nuestros sentimientos e ideas, nuestras necesidades, nuestra necesidad de proteger lo que amamos o imaginamos, nuestra capacidad para la crueldad y para el bien.

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