Tribuna Abierta

Los búhos de la contradicción

23.02.2020 | 06:17

CUANDO estuve en la biblioteca de Lucca, en Italia, para documentar mi novela La mujer de las nueve lunas, en un tejado que se veía por la ventana, había un búho mirándome. Estuvo quieto (me daba la sensación de que no respiraba) hasta que me marché. Me extrañó, el búho es ave nocturna; después supe que le gustaba tomar el sol y, a veces, hasta se tumba para sentir el calor en su cuerpo. He recordado muchas veces esos ojos rodeados de pelos espantados y me pregunto por qué los búhos son el símbolo de la sabiduría. Cada vez que voy a un viaje le traigo un búho al Padre José Ramón Scheifler. Hace años que colecciona estos seres extraños que miran solo hacía adelante y pueden girar su cabeza hasta 270º. Me imagino que le gustaba ver cómo, en países distintos, tallaban con diversas formas esta ave nocturna que ve donde nadie ve. Ve la sabiduría, un don que almacena mi querido jesuita. No es de extrañar que el Padre Scheifler, que ha llegado a centenario, quiera tener siempre delante a este animal símbolo de la sabiduría y mensajero del más allá.

Creo que en numerosas mesas de los grandes pensadores -y de los que se creen grandes sin serlo- tenía que haber un búho para que les recordara la importancia de la sabiduría y lo efímero de la vida.

El búho es una contradicción al ser símbolo de la luz y también de las tinieblas. Curiosamente, como dice el ilustre abogado malagueño Pedro Mejías, "la contradicción es la grandeza del ejercicio de la abogacía, porque las diferencias quedan ahí, en el campo del juego, no la desbordan, ya que cada uno sabe que, sin duda, más tarde o más temprano, también tendrá que defender el otro punto de vista que ha contradicho, sin que la oposición afecte a la lealtad, la honestidad, la probidad y el respeto al otro compañero".

Las negaciones de la claridad Ver cada día el periódico -una costumbre que no puedo perder por muchas posibilidades que me ofrezca Internet- es aprender continuamente la volubilidad del hombre y el poco sonrojo que le supone cambiar su opinión sin avergonzarse. Si ustedes recuerdan, en los discursos previos a las elecciones (ahora volveremos a vivir la experiencia) los ponentes niegan con juramento colaborar, pactar o simplemente hablar, con los contrarios, los miembros de la oposición. A los pocos días, las contradicciones ni siquiera se mencionan y todo se envuelve en abrazos cálidos, que días antes eran capas de pinchos. La coherencia en política es difícil por la necesidad. Para llegar al poder es preciso cultivar los olvidos y hay que alimentarse de traiciones para crecer.

Pienso felizmente que parte del gobierno actual tiene un búho en su mesa porque la proposición de ley orgánica de la regulación de la eutanasia parece ir adelante y en verano puede ser una realidad. El camino hasta llegar a este momento ha sido durísimo. Un millón de firmas y cientos de situaciones vergonzosas para la sociedad se han tenido que ir almacenándo. El sufrimiento y el dolor sin sentido, la petición acongojada de las víctimas fue, durante años, el silencio.

Quiero pensar que las contradicciones políticas se han superado por el poder de la vida. Un poder que ha sido condenado por los partidos de derechas como una maldición al derecho a vivir. "¡Qué Dios los perdone!", decía Lourdes Méndez en nombre de los 52 parlamentarios de Vox refiriéndose a los que van a sacar adelante la regulación. El derecho a la vida es poderoso, pero más aún el derecho a la muerte, el derecho a terminar esa vida con dignidad.

El ritual del búho Antiguamente, el búho, como ave sagrada, estaba rodeado de rituales mágicos. En algunas casas se ponían sus alas en las puertas para proteger de los malos espíritus a los habitantes de la vivienda. Y dicen que las cenizas del búho podían curar la ceguera. Quizás necesitemos búhos que hagan ver a tantos cegatos intransigentes que nos rodean.

Para los casos más difíciles (por ejemplo, el desprecio a la mujer, también un valor añadido de Vox) había un ritual ceremonial extremo que, según aseguraban los alquimistas, era muy potente para lograr ver el fondo de las almas.

Soy una de las muchas mujeres que piensan que en política se dice lo que hace falta, aunque no se piense lo que se dice. Y creo firmemente que los mandatarios de la ultraderecha no pueden creer las barbaridades que salen de sus bocas, quizás por eso hay que recordar al búho que me miraba en Lucca. En mi novela, la protagonista llegaba a las más altas esferas del Vaticano, pero la mujer sigue sin ocupar el sitio que le corresponde en la Iglesia. El giro de las lunas no llega a Roma. Mentalmente mando a mi búho de Lucca para que vele fijamente desde una ventana el sueño del Papa Francisco. Creo que su sensibilidad irá cambiando si se lo permiten los conservadores que le rodean.

A nuestros políticos intransigentes, que hablan de ancianos asesinados en las residencias para conseguir herencias malditas, les hablaría del sufrimiento -lo he vivido de cerca- de mi amigo de Portugalete, Txema Lorente, al no poder ayudar a su mujer Maribel porque su decisión le podía llevar a la cárcel. Maribel, enferma de Alzhéimer, hizo partícipes a su marido y a sus hijos, Daniel, David y Rut, de sus deseos de morir si perdía la cabeza: "Me tenéis que ayudar a marchar". Se fue con grandes dolores. Para los escépticos, el cortometraje que hizo su hijo, La promesa, sobre un día de la vida de Maribe: no es lo mismo hablar que ver la cotidiana y sufriente realidad. La promesa ha conseguido los premios y galardones de certámenes cinematográficos de todos los países y se ha emitido en numerosos programas de televisión del mundo.

Tengo un último ritual que se utilizaba en la Edad Media. Había que sacar el corazón del búho y ponerlo encima del pecho de una mujer dormida para sacarle los secretos. Pienso que muchos de los que se escandalizan por la ley de la eutanasia, al sentir ese corazón, dirían la verdad de su pensamiento si sintieran cerca los gritos de dolor y desesperación de la persona que aman. Ayudar a morir no es asesinar. Ayudar a morir a un enfermo terminal o incurable es dar el último adiós con un eterno beso de amor. Es la dulce contradicción de la vida.

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