No todos los festivales son iguales

El investigador Jordi Oliva ha analizado cómo afectan las emociones a la identidad cultural de las ciudades a partir de eventos como la Quincena Musical, el Jazzaldia y el BBK Live

07.08.2021 | 00:13
Público en el concierto de "Sir the Baptist" antes de la pandemia.

Hay festivales que generan emociones positivas y otros negativas, por lo que no todos son buenos". Esta es la principal conclusión a la que ha llegado el investigador y profesor catalán Jordi Oliva, quien ha analizado en su tesis doctoral varios eventos musicales de todo el Estado, entre los que figuran la Quincena Musical, el Jazzaldia y el BBK Live. Tres modelos "muy diferentes" que afectan de distinta manera a las personas y tienen un impacto social y medioambiental en las ciudades que no siempre es el acertado.

Hoy en día es muy extraño dar con una localidad que no tenga su festival de música correspondiente. En la actualidad, el Estado cuenta con más de 900 eventos de este tipo que normalmente solo son analizados por su importancia económica y material. El profesor en la Universidad de Leipzig y en la Universitat Oberta de Catalunya Jordi Oliva, ha decidido centrarse en su aspecto cultural para determinar qué festivales generan más emociones positivas y cuáles tiene un mayor impacto negativo.

"La piratería y el streaming lo han cambiado todo y los ingresos por grabaciones ya no son los de antes, por lo que los artistas están obligados a salir. A raíz de ello se fue incrementando el número de festivales pero muchos, sobre todo los más mainstream, son iguales. Intentan emular un Woodstock cuando es una empresa privada la que está detrás dirigiéndose a un público con cierto poder adquisitivo", explica, asegurando que ello ha llevado a que muchos acaben por generar más emociones negativas que positivas entre los asistentes.

Los dos principales festivales de música de Donostia, el Jazzaldia y, sobre todo, la Quincena, son, según el análisis de Oliva, una excepción a esa regla. El festival de música clásica de la capital donostiarra se encuentra en el top de los certámenes estatales en lo referente a generar beneficios para la comunidad. "Se dan muchos aspectos positivos como un orgullo de ciudad. Se genera un festival centralizado en la música en el que la gente va a eso, a escuchar música", apunta.

Para Oliva la principal riqueza de la Quincena radica en que su público es mayoritariamente local. "Saben que es Quincena, por lo que es calidad", añade. Algo que también se aprecia en la programación, en la que es habitual ver a nombres locales al mismo nivel que otros internacionales, lo que permite al espectador "contar con una capacidad por descubrir nuevos talentos en cada edición".

A ello se le suma el uso de espacios ya existentes, que hacen que el impacto medioambiental sea escaso. "No necesita de la construcción de escenarios y aprovecha lugares como museos e iglesias que no generan ningún desgaste en la ciudad", apunta, algo que beneficia al público fiel: "Los programadores deberían tener más en cuenta la fidelidad y darle el protagonismo a la música.".

Oliva es consciente, eso sí, de que la edad media de los asistentes a este festival –"a partir de los 50 años, cuando se establece la madurez musical"– juega a favor del evento. "Se genera una atmósfera diferente que no siempre es fácil de conseguir. Estamos hablando de un público culto que tiene unos conocimientos determinados de lo que va a escuchar", aclara.

Espectadores de este tipo también se dan cita cada año en el Jazzaldia, pero "su carácter híbrido, entre la Quincena y un festival al uso" hace que las emociones sean diferentes. "Me sorprendió mucho porque se combinan los conciertos de pago con los gratuitos y con un entorno marcado por el mar. A nivel emocional la mayoría de las sensaciones son positivas ya que, aunque también se dan aglomeraciones como pueden producirse en el BBK Live, se ha organizado de tal modo de que hay una sensación abierta a toda la ciudad", explica.

Esta particularidad lleva a que se congregue "un buen número de personas que solo quieren ir de fiesta en la ciudad" y otros "que no saben de jazz hasta que es el Jazzaldia". "Pero ahí poco pueden hacer el Jazzaldia o la Quincena. Para ello es necesario un esfuerzo institucional que genere un interés entre los jóvenes", añade el investigador, que pone como ejemplo a Alemania, donde es habitual que la asistencia a conciertos de música clásica sea similar a la de los grandes estadios.

 

Grandes formatos

"Con el covid, muchos festivales se lo van a pensar dos veces"

A la hora de elegir festival, los jóvenes en Euskadi tienen en mente otro tipo de certámenes: eventos que parten de un patrón que se repite entre ellos y que en su mayoría generan más puntos negativos que positivos. Una liga de festivales en la que está el BBK Live.

"Muchas de las emociones que se generan lleva a un análisis negativo. La tensión y el nerviosismo que se genera allí es mucho mayor que en la Quincena o el Jazzaldia, a lo que se añaden otros aspectos como las colas, el consumo de sustancias, las aglomeraciones o la limpieza", explica, asegurando que la única diferencia del festival bilbaino con otros homólogos suyos radica en su programación local: "Una justificación para decir que se apoya a los artistas locales pero que no tiene una continuidad necesaria en el tiempo".

La tesis de Oliva pone también sobre la mesa la necesidad urgente de estos festivales de cambiar su modelo de sostenibilidad medioambiental. "En el BBK el consumo es constante, es raro ver a alguien sin bebida en la mano. Ello obliga a una labor de limpieza y de gasto material que repercute en la huella de carbono", explica, asegurando que los organizadores de estos eventos poco a poco van dándose cuenta de la importancia de ir adaptando los modelos, aunque por el momento todavía "hace falta darle una mayor velocidad".

Los festivales que generan más emociones negativas que positivas son los que peor lo están pasando con la llegada de la pandemia, lo que, no obstante, no quiere decir que determine su final. "Con el covid, muchos festivales se lo van a pensar dos veces antes de programar. No creo que en 2022 tengamos los 900 festivales, solo los muy grandes y los que tienen una carga pública detrás. El resto preferirán esperar", augura.

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