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Cien generaciones

13.09.2020 | 01:16
Pese al consumo masivo de leche, mucha población es intolerante a la lactosa. Foto: DEIA

Las crías de los mamíferos digieren la leche porque en el borde de las células de su intestino delgado tienen una enzima, la lactasa, que lo hace posible. Es una proteína inserta en la membrana de esas células. Su tarea consiste en romper la molécula de lactosa, un disacárido (azúcar doble), convirtiéndolo en los monosacáridos glucosa y galactosa, que son absorbidos. En casi todos los mamíferos esa capacidad desaparece de forma progresiva tras el destete con el paso de los años.

En los seres humanos, no obstante, se conocen diferentes variantes genéticas que permiten retener la actividad lactasa en la edad adulta. Una se extendió por Europa aunque se desconoce el momento y la zona en que surgió. Sabemos que los primeros pastores llegaron a Europa procedentes de Anatolia hace entre 8.000 y 7.500 años. Y que hace algo más de 7.000 años se empezó a elaborar queso o productos lácteos similares. Los primeros queseros fueron, seguramente, las gentes que desarrollaron la llamada cultura de cerámica de bandas, que surgió en la cuenca del Danubio y se extendió rápidamente por toda Europa central a partir de hace 7.500 años. El queso contiene poca lactosa, por lo que puede ser consumido por adultos que no pueden digerir la leche. Así pues, los ganaderos centroeuropeos de ese periodo, no solo criaban ganado para consumirlo, sino que también explotaban productos lácteos.

Hace 3.200 años se produjo la mayor batalla de que se tiene conocimiento en la antigüedad. Ocurrió en el valle del río Tollense (Alemania) y se calcula que participaron no menos de 4.000 combatientes. Esto lo sabemos porque desde hace casi un cuarto de siglo se han recuperado centenares de objetos –algunos de bronce– y restos óseos –humanos y caballares– en una zona pantanosa en los alrededores del río. Se han recuperado, incluso, huesos con puntas de flecha clavadas y con marcas de apuñalamiento. La batalla debió de ser una carnicería.

Traigo ese episodio bélico a colación porque acabamos de saber que los contendientes en aquella gran batalla no presentan la variante genética (alelo rs4988235-A) que permite retener la actividad lactasa en la edad adulta. Los guerreros del Tollense no podían digerir la leche. Tampoco podían otros pobladores de diferentes zonas de Europa ni de su extremo más oriental. Ese hallazgo ha servido, además, para descartar que el alelo en cuestión llegase a Europa de las estepas asiáticas –como se ha propuesto recientemente– hace unos 7.000 años, por lo que no es probable que fuesen los Yamnaya, vaqueros nómadas procedentes de las estepas ucranianas y rusas, los que lo trajeron.

Los europeos que 3.200 años atrás combatieron en el Tollense no podían consumir leche. Sin embargo, muchos de quienes combatieron y fueron derrotados en Roncesvalles (2.000 años después), sí la podían digerir. Porque al comienzo de la Edad Media (500 e.c.) muchos centroeuropeos ya podían hacerlo, y alrededor del año 1.000 e.c. gran parte de la población del centro de Europa retenía la capacidad para digerirla. El alelo hubo de expandirse a gran ritmo en las cien generaciones que, aproximadamente, median entre las dos batallas, la que se libró en el noreste de Alemania y la derrota de las tropas de Carlomagno al sudoeste de su reino.

La selección que favoreció esa expansión es la más intensa documentada hasta la fecha para el genoma humano. Y sin embargo, no sabemos aún a qué obedeció, porque aunque consumir leche reporta ventajas frente a no hacerlo, las hipótesis que se han barajado hasta ahora, por sí solas, aportan escasos beneficios adicionales a los que se derivan del consumo de sus productos derivados.