Tú eres Izaskun, ¿no?

La mascarilla cambia nuestra forma de interactuar y genera nuevas rutinas

Dudas para reconocer a amigos, gafas empañadas, maquillaje a medias en las chicas, conversaciones con más gritos... La mascarilla cambia nuestra forma de interactuar y genera nuevas rutinas

25.05.2020 | 00:14
La mascarilla como barrera ante el covid-19 ha venido para quedarse y está provocando nuevos escenarios y costumbres.

La mascarilla está marcando nuestra convivencia y empieza a generar usos y costumbres a los que no estamos habituados. La obligatoriedad de portarla provoca problemas que no podíamos imaginar antes de la pandemia. Uno básico es, con medio rostro tapado, el reconocimiento de amigos y familiares que se acercan por la calle o te saludan en el ascensor. "Tú eres Izaskun ¿no?", le preguntaba con cara cariacontecida Maialen a otra joven antes de confirmarlo descubriéndose.

Amaia, vecina de Basauri, plantea como antes "cuando te encontrabas con algún conocido, a veces, el saludo era un simple mirarse a los ojos y un cabeceo con sonrisa. Ahora eso ya no vale". A Ana, su hermana, "le fastidia bastante no percibir la expresión de la cara".

Para Tito, un cirujano ya jubilado con muchos años en quirófano esta situación le pilla aprendido. Asegura que "a todo te acostumbras. Es como el recuento de cosas que se hace antes de cada intervención quirúrgica que incluye también la pregunta ¿nos conocemos todos? y entonces se empieza". Roberto aporta una posible solución entre risas. "Mascarillas con una foto impresa de cada uno, para que no haya dudas".

Su carácter de barrera a la hora de usar la boca genera problemas. Desde quienes olvidan que la portan, y la manchan al intentar comer, a los fumadores que han visto añadido otro obstáculo a su vicio. "Si de esta, con quita y pon mascarilla, no dejo de fumar, no sé cuándo lo haré", admite Iban, en una terraza de Barakaldo.

¿Y los besos? Esther, una empresaria bilbaina, despistada por naturaleza, reconoce que "un día, al volver de la calle con la mascarilla, entré en casa, fui derecha donde Txema y le planté un beso sin darme cuenta".

Porque las relaciones personales están cambiando. Laura una joven, de poco menos de 25 años afirma, ya con alguna base práctica, que "se está poniendo difícil lo de ligar. Si antes había temor a contagios ahora ya ni ves lo guapo que puede ser el chico". Ane, su amiga, sonríe a dos metros y sin mascarilla, al decirle, desde el otro lado de la barrera, que "ahora habrá que aprender a sonreír con los ojos".

Problemas con los txikis Y luego están las afecciones con los peques. Sonia, Noelia y Karmele son hermanas y madres de varios infantes de diferentes edades. Mario, el txiki de Noelia, ha cumplido 4 años y su ama cuenta que, por edad, "no lleva mascarilla, aunque quiere llevarla pero sin taparse la nariz con lo que se está tocando todo el rato... así que no le dejo que se la ponga". A Sonia, la hermana mayor, Ekain y Aroa, de 13 y 11 años, respectivamente, no le dan problemas. "Tienen unas súper cómodas que les permiten respirar y están encantados". La que tiene algún problemilla más es Noelia con Teo. Con año y medio cumplido "siempre me quiere quitar la que tengo puesta y la toca todo el rato si le tengo en brazos", relata. Además ha observado una circunstancia muy curiosa. "No me obedece igual –asegura–. No sé si lee los labios o no, pero le digo vamos o ahí no hasta cinco veces con la mascarilla y hasta que no me la bajo y me ve la boca, no me hace caso".

Sobre el complemento facial también hay filias y fobias. Izaskun, vecina de Galdakao, confiesa con un halo de timidez que "me hace el mismo efecto que las gafas de sol, me da seguridad, y no me preguntéis el porqué". Nati, una bilbaina del barrio de Begoña, reconoce que "es incómoda, pero me ayuda a salir con menos miedo". Todo lo contrario piensa su amiga Nekane. "A mi me da claustrofobia y me trae muy malos recuerdos... Me deprime", declara sin rubor. Concha la tercera interlocutora aporta otra característica negativa, "la sensación de agobio que da en estos días de calor, parece que tienes un calefactor en la boca". Eso sí, las tres amigas coinciden en que "te ahorras mucho en maquillaje y barras de labios". Para Marisol, empleada de una residencia de mayores en Getxo, es todo lo contrario. "Soy muy presumida, así que mi mascarilla también está maquillada por dentro, con lo cual es un desastre" reconoce. Su prima Montse, de Barakaldo, aclara que "solo me pinto la raya del ojo, aunque, lo que no puedo es llevar las gafas de sol, porque se empañan", un problema muy habitual entre los que portan anteojos. Su uso también genera problemas en la piel, como a Yolanda, que "ya he tenido que ir al dermatólogo para tratar unos granitos en la nariz y en la comisura de los labios". La otra derivada son los hombres con barba que deben usar más protectores porque se deterioran con el roce continuo.

Otros casos singulares se dan entre quienes tienen que llevarla obligada por su profesión. Ana trabaja en el servicio de ambulancias de Emergencias de Osakidetza y explica que "ya es una parte de mí, tanto que muchas veces se me olvida a veces que la llevo puesta". Los conductores de Bizkaibus también lo pasan mal. Josu, chófer en varias líneas, desvela que "no tenemos obligación de llevarla pero muchos compañeros la tienen para evitar conflictos con usuarios que les tachan de irresponsables e insolidarios".

Para los que tratan cara a cara a sus clientes, la nueva normalidad es complicada. Mamer, desde la ventanilla de una entidad bancaria en Santutxu, especifica cómo le "cuesta identificar a los clientes que no conozco, incluso aunque me enseñen el DNI, y ayer vino una chica sorda, y me tuve que quitar la mascarilla porque me tenía que leer los labios".

Sin duda es un handicap crucial para las personas con poca capacidad auditiva y por ello se están diseñando mascarillas con una parte transparente que permita leer los labios. "Mientras tanto tendré que gritar más a mi aitite", indica Nerea con una sonrisa.

La mascarilla ha venido para quedarse mientras no se produzca una vacuna que erradique el virus. Yo ya tengo armado el ritual cada vez que salgo de casa. A las llaves, cartera y móvil, que antes llevaba, ahora sumo la mascarilla. A este paso necesitaré una bandolera para llevar todo.

"Al volver de la calle fui derecha donde Txema y le planté un beso sin darme cuenta"

Esther

Empresaria y vecina de Bilbao

"Ya es una parte de mí, tanto que muchas veces se me olvida a veces que la llevo puesta"

Ana

Empleada de Ambulancias de Osakidetza

"Me cuesta identificar a los clientes que no conozco, incluso aunque me enseñen el DNI"

Mamer

Empleada de banca en ventanilla