Sahara: algo más que un mar de arena

Es difícil defender que un desierto puede llegar a tener su atractivo. Sin embargo, la inmensidad del Sahara permite descubrir el encanto de fantasmagóricas ciudades abandonadas, caprichosos oasis, pueblos trogloditas y dunas que varían de lugar de un día para otro. Descubrimos que en la nada también hay vida y que entre las pocas personas con que te encuentras las hay con corazón de oro.

29.09.2020 | 20:37
El Sahara es esto: la inmensidad de la nada.

El desierto es el jardín de Alá, de donde "el señor de los creyentes expulsó toda vida humana y animal superflua, a fin de tener un lugar donde poder vagar en paz". Así reza un proverbio árabe en referencia a esa vasta región del norte de África comprendida de este a oeste entre el Mar Rojo y el Atlántico, y de norte a sur entre el Mediterráneo y el Sahel, donde empiezan las zonas selváticas. Es el terreno más yermo que imaginarse pueda. De hecho, resulta repetitivo decir desierto del Sahara, porque esta última palabra, en árabe es-sah-ra, significa lugar donde no hay nada. En realidad, es un mar de arena donde la Tierra muestra su esqueleto al desnudo.

"Tenga en cuenta que el desierto es muy traicionero y que de las altas temperaturas se pasa a las bajas en cuestión de minutos, produciendo unas alteraciones que sorprenden desagradablemente". Es el consejo que da Ahmed, el guía que tengo para atravesar la zona del Sahara comprendida entre el sur de Túnez y Argelia. Mi intención es visitar las zonas donde se rodaron planos de La guerra de las galaxias. Para ello partimos a las 5,30 de la mañana, cuando el termómetro ronda ya los 30º. No tengo en cuenta esas palabras en la confianza de que se trata de la clásica broma para turistas. Me preocupo más de proteger las cámaras fotográficas de su gran enemigo, la arena del desierto. Una sola partícula que se cuele en el mecanismo puede inutilizarlas.


Meditación y hospitalidad
El jeep en el que emprendemos viaje va bien surtido de botellas de agua, termos con té y provisiones. Pronto me doy cuenta de que el itinerario va a ser toda una odisea, en cuanto tomamos la pista de piedra que se interna entre la omnipresente arena dejando atrás la civilización. A partir de este momento toda la inmensidad de un sol de justicia y un enorme arenal. Y así kilómetro tras kilómetro.

Descubro que el guía es todo un poeta. Recita en francés algunas de sus obras. De vez en cuando da titulares: "El desierto no es solo esto que vemos, ni son tuaregs embozados, ni siquiera beduinos con el fusil al hombro. Es un lugar de meditación donde las personas nos damos cuenta de lo poco que somos". Le creo. ¿No dicen los evangelios que Jesucristo se fue a meditar al desierto? Cuesta imaginar que este lugar fue un vergel hace millones de años. ¿Qué tuvo que pasar para que ocurriera semejante cambio?

Cita algunas etnias que se dicen de sí mismas que son las habitantes del desierto. Son gentes tremendamente hospitalarias que te ofrecen todo lo que tienen a cambio de un rato de conversación y amistad. Nunca olvidaré la primera parada del trayecto junto a la haima (tienda de campaña) de un bereber. El hombre, de edad indefinida, vive únicamente con dos o tres cabras que intentan obtener raíces rascando entre las rocas de un pequeño oasis. La vivienda no puede ser más elemental: la haima que le protege del sol, una alfombra en el suelo que seguramente pisó Napoleón, un odre conteniendo leche y una jarra de plástico que alguien compró en algún chino.

El hombre se deshace en atenciones y nos ofrece la jarra con leche. Bebemos sin dudar a pesar de la mugre del recipiente que vaya usted a saber cuándo se lavó por última vez y con qué. Pero nos da lo único que tiene y no acepta regalo alguno. Me emociona con su abrazo de despedida. Seguimos el trayecto, pero Ahmed no me hace comentario alguno sobre lo sucedido. Ha bastado una mirada.

Bereberes y euskera


Hay tiempo para tocar ciertos temas que me interesan. Por ejemplo, los citados bereberes, una etnia curiosa en cuyo lenguaje se utilizan algunas palabras que coinciden con el euskera. "Los bereberes son los habitantes originarios del norte de África. Como raza han resistido a la invasión de los árabes gracias a la dispersión de sus tribus. Por cierto, ¿sabe que Zinedine Zidane, el futbolista, es de origen bereber?", me dice Ahmed. Confieso que me ha metido un gol informativo y le sigo atendiendo.

"A lo largo de la Historia los bereberes han sido muy prácticos, ya que asimilaron las culturas más evolucionadas de los conquistadores para desarrollar la suya propia. Por aquí pasaron los cartagineses, romanos, vándalos, bizantinos, omeyas, abasíes, otomanos€ Tuvieron de dónde aprender. Los bereberes han sido siempre grandes jinetes, de forma que Aníbal les dio preferencia en la caballería de su ejército". Le insisto en el idioma. "Hay muchas hipótesis al respecto que lo acercaban al sumerio, griego, caucásico e incluso al vasco". Y de esta forma me entero de que burro en bereber se dice este y en vasco asto, que hermano es aquí aña y en euskera anai, que el macho cabrío aquí es iker y en Euskalerria aker€ En fin, que hay alguna similitud cuyo estudio corresponde a los lingüistas.

El impacto troglodita


Muchos poblados bereberes de origen antiquísimo han sido abandonados y su presencia en pleno desierto resulta fantasmagórica. Chenini es uno de ellos. Su número de habitantes se cuenta con los dedos de las manos. Son berberófonos y viven en casas escalonadas en una montaña que forma un colosal circo. Se conserva el ksar o granero colectivo que data del siglo XII. Tiene una disposición tan curiosa que a los cineastas se les antoja como si de viviendas de otro planeta se tratara. Así nos lo han vendido en varias ocasiones, sobre todo en la serie La guerra de las galaxias.

Posiblemente el ksar más espectacular lo tenga Douiret, y ocupa la cima de un montículo que siglos atrás sirvió no solo para guardar grano, sino también para proteger a los habitantes, cuando los tuvo. Posee el aspecto de una fortaleza, donde ocasionalmente hoy se refugian algunas tribus nómadas formadas por gentes que van por el desierto a lomos de dromedarios cargados de útiles que pondrán a la venta en los poblados de su recorrido.
Antiguamente Douiret llegó a tener 3.500 habitantes, sedentarios en su mayoría. Cuesta creerlo, pero así debió ser al confluir en este punto las caravanas que, saliendo del puerto mediterráneo de Gabes iban hacia Libia y viceversa, muchas veces con un indeterminado número de esclavos.

Sin embargo, la gran sorpresa es Matmata, un pueblo excavado bajo la arena del desierto, muy difícil de localizar hasta que te sitúas en él. Esa era la intención cuando lo construyeron, para evitar ataques de tribus rivales. En las paredes de enormes agujeros cilíndricos practicados en el suelo del desierto de unos siete metros de altura y de 10 a 15 de diámetro se abren las viviendas que ocupan dos pisos, todas ellas limpias y frescas en el interior. Una incluso está acondicionada como hotel. Son habitáculos trogloditas en pleno siglo XXI.

En un momento del recorrido Ahmed para el vehículo. "Mira a lo lejos. ¿Ves aquel fondo? Es un espejismo, una ilusión óptica. En realidad, lo que ves no está allí". Lo que veo es una especie de reverberación que se produce dependiendo de las condiciones atmosféricas. La reflexión total de la luz hace que los objetos alejados ofrezcan una imagen invertida. Se nos acerca un grupo de niños que, no lejos del lugar donde nos encontramos, exponen sobre una vieja caja de frutas varias piedras de curioso aspecto.

"Se forman en algunos puntos de los desiertos donde confluyen arena, yeso y agua. Los descensos bruscos de las temperaturas solidifican la masa adquiriendo unas formas muy caprichosas". Compruebo tanteando algunas que se me ofrecen. En realidad, se les llama rosas porque tienen zonas laminadas en forma de pétalos. Compro algunas para regalar y dejar contentos a unos vendedores que no esperan mucha clientela.

Los tuaregs


A pesar de la supremacía de la cultura árabe, en algunas regiones aún se resisten otras más primitivas como las de los bereberes y los tuaregs. Los primeros llegaron a desarrollar una destacada hegemonía en lo que hoy conocemos como Magreb, hasta el punto de que antaño este territorio era conocido como Berbería y sus habitantes berberiscos. En realidad, su verdadero nombre es Imazighen, es decir, hombres libres y nobles.

Los tuaregs pertenecen al mismo grupo racial y su lengua, el tamachek, es la única del grupo bereber que puede escribirse. Son tipos curiosos que no se dejan atraer por el progreso. Difícilmente dejarán el sedentarismo porque entienden que su reino tiene suelo de arena.

Unos y otros forman parte de una geografía que, por singular, tiene su magia. Antoine de Saint-Exupéry, autor de El principito, dijo que en el Sahara, "el ser humano se nutre ante todo de estímulos invisibles, pues la vida interior, lejos de adormecerse, redobla sus fuerzas. El ser humano se deja guiar por el espíritu. En el desierto valgo tanto como valgan mis dioses"


Dromedarios y camellos

El dromedario, indispensable como medio de carga, es el mejor amigo del hombre en el Sahara. Para los no iniciados, dromedario es el rumiante que tiene una joroba y camello el de dos, pese a lo que indique cierta marca de cigarrillos. Hay más detalles que los diferencian, pero a simple vista éste es el mejor. Su capacidad para almacenar agua en el cuerpo los hace ideales para viajar por el desierto. Nada de extraño que en los mercados se coticen por todo lo alto.
 
Tanto los dromedarios como los camellos son animales que tienen tendencia a ir en rebaño. Son reacios a aislarse, les gusta vivir juntos y se sienten bien cuando están en manada. "Largo cuello y pequeño cráneo, te compadezco porque sufres, pero yo también conozco ese dolor". Así es como cantan los tuaregs a estos animales de carga. Ahmed cuenta leyendas y chistes árabes en torno a este mamífero que diariamente trata de encontrar pasto donde parece que no hay. "Cuando forma parte de una caravana respeta siempre el orden en la fila, bien sea en la parte delantera o trasera. Sabe cuál es su puesto y si se le cambia se inquietará y demostrará el dolor que siente tumbándose en la arena y resistiendo a enderezarse. Su dueño le tendrá que azuzar entonces quemando un puñado de ramas secas debajo de él".