Uno y trino

24.12.2021 | 00:31
Convertida en el gran revulsivo de la taquilla, John Watts concluye su trilogía en torno a Spiderman con un tour de force impresionante hecho de metaverso, melodrama, acción y emoción.

SPIDERMAN: NO WAY HOME

Dirección: Jon Watts. Guion: Chris McKenna y Erik Sommers. Intérpretes: Tom Holland, Zendaya, Benedict Cumberbatch, Marisa Tomei, Jacob Batalon, Jon Favreau, Angourie Rice, Alfred Molina y Jamie Foxx. País: EE UU 2021. Duración: 148 minutos.



Todo en esta tercera entrega del Spiderman protagonizado por Tom Holland se mueve en torno al número tres. El tres, el número del reino de los ángeles, el número del tiempo y del destino, establece la clave simbólica de un filme que unos días después de su estreno se presenta como la primera señal de recuperación, la nueva buena del final del divorcio que las salas de cine habían establecido con respecto a un público diezmado por el miedo al covid, por las restricciones forzosas y las plataformas depredadoras. Allí donde Eternals se hundió, Spiderman impone la resurrección de la Marvel. Tal vez no sea el principio del fin de las vacas flacas, pero es el primer brote verde y con él, se han vuelto a llenar las salas de cine como hacía mucho tiempo que no sucedía.

Abundan las crónicas y los relatos en torno a las supuestas maravillas de esta entrega que hace del metaverso su principal seña de identidad. Spiderman: no way home no es la primera pero sí la más significativa puerta abierta a una nueva manera de concebir el relato fílmico. En tiempos de "falsaportes" sanitarios y vacunas sin fin, aparece el nuevo testamento de una religión vieja. Si se acude a términos bíblicos no es sino porque eso es lo que se reclama en Spiderman, la primera gran obra cinematográfica que explota a fondo el concepto acuñado por Neal Stephenson y explotado por Mark Zuckerberg. Estamos ante el caleidoscopio del espacio virtual, el amanecer de la experiencia cuántica. Bienvenido a la intoxicación digital. Es el tiempo del mundo de los avatares; la hora de la fusión entre la ficción y la ficción. Así, en No way home, se escenifica un abrazo demoledor que todo lo une y que todo lo difumina.

Aunque a muchos cineastas y críticos le salen ampollas cuando se les pregunta por el cine de superhéroes, nadie debería obviar que estamos ante el fenómeno cinematográfico más influyente del siglo XXI. De hecho, la profesionalidad de todos los incontables agentes que aportan trabajo y hálito a la última entrega de Spiderman, apabulla. Desde la banda sonora a los efectos especiales, de la animación al montaje, detrás de cada segundo, decenas de ojos vigilan por la eficiencia de todos los componentes. Entre ellos están los mejores.

Hay muchas razones para argumentar que la inacabable saga impulsada por la entente Marvel-Walt Disney produce películas como churros. Pero incluso aunque sea de eso de lo que se trata, tendremos que reconocer que este churro es de los mejores y que algo anida en su interior que resuena después de visto. Ese algo no es sino su valor de espejo deformante pero delatador de la realidad. Esa naturaleza de palimpsesto del presente hace de Spiderman un fenómeno singular. Pero, ¿por qué de toda la galería de superhéroes de la Marvel, siempre se acaba imponiendo Spiderman?

En ese proceso dialéctico tan común en la cultura yanqui y tan aceptado fuera de sus fronteras, la DC y la Marvel sostienen un duelo de insospechado final. En tiempos fluidos, en el siglo de la anemia intelectual y el pensamiento raquítico, los escenarios representados por ese olimpo nacido en el siglo XX, conforman el breviario de la nueva mitología. Ahí descansan los nuevos textos sagrados. Si en la DC reinventada por Nolan, Superman asume la solemnidad de lo inmutable gracias a su naturaleza sobrehumana, o sea, divina; en la Marvel sostenida por la Disney, Spiderman deviene en el principal icono. La gran baza de este filme consiste en sumar todo lo que había. Y le corresponde a John Watts, director de la trilogía de Holland, el prodigio de convocar el misterio de la santísima trinidad: tres Peter Parker diferentes y un solo Spiderman verdadero. Algo que siempre ha sido inexplicable pero que siempre acaba funcionando.

La familia mata

MAMÁ O PAPÁ


Dirección: Dani de la Orden. Guion: Eric Navarro. Intérpretes: Paco León, Miren Ibarguren, Laura Quirós, Sofía Oria, Iván Renedo, Eva Ugarte y Berto Romero. País: España. 2021. Duración: 103 minutos.



Remake de un filme francés inédito entre nosotros, Mamá o papá se sabe producto de amplios públicos y olvidos rápidos. La batuta la esgrime Dani de la Orden, un realizador especializado en seguir la rancia herencia del cine costumbrista español de regüeldo insulso y risa floja. Habitual en la serie Élite, director de "El mejor verano de mi vida", Hasta que la boda nos separe y Loco por ella, como se ve, De la Orden ha curtido la piel con oficio graso y textos toscos, del tipo de los que en la caspa escénica se denominaba, en los 90, teatro de "tresillo". O sea, deseo de sexo y enredos de infidelidades... la perversión soez y ramplona de lo que hace casi cinco siglos bordaba en oro Lope de Vega. En el cine actual no debería generar ningún interés, resulta inconcebible que alguien tenga necesidad de relatar cosas así, pero a eso se dedican los ejecutivos de las cadenas de televisión privadas, a cultivar lo evidente, a repetir el éxito aunque sea a costa forjar el mismo subproducto.

En tiempo de alta contaminación informativa y de nulas voces discordantes, Mamá o papá ha sido recibida con indisimulados apoyos. No será por su gracia, más insípida que un trozo de mármol, ni por la calidad de sus intérpretes a los que se les ha encorsetado en una visión light de La guerra de los Rose, con final de mazapán y ningún rasgo identificable.

Su única originalidad estriba en dar la vuelta a un tema de litigio bastante común en los casos de divorcio: la custodia de los hijos. En Mamá o papá, como se lleva desvelando desde hace semanas en los trailers promocionales, ni el papá, arquitecto, ni la mamá, doctora, parecen interesados en quedarse con los niños. Ambiciones profesionales, cansancios afectivos y una espiral para conseguir que los hijos prefieran al otro, alimentan una comedia en la que, sin que nadie desentone, nadie posee luz.

Entre otras cosas porque el guión carece de anclajes. Más cerca del cine garbancero de Ozores que de las ácidas crónicas de Azcona, Mamá o papá juega con un dilema tradicional; la vieja guerra de sexos en la que no faltan alusiones a ellas, ellos y elles. Pero por más vocales que se pongan, es cine viejo.

Ver para renacer

LA VIDA ERA ESO


Dirección y guion: David Martín de los Santos. Intérpretes: Petra Martínez, Anna Castillo, Ramón Barea, Florin Piersic Jr., Daniel Morilla y Pilar Gómez. País: España. 2020. Duración: 109 minutos.



María (Petra Martínez) y Verónica (Anna Castillo) son dos extrañas a las que su mala salud une en la misma habitación de un hospital en Bélgica. Les separa casi todo. Una es abuela, la otra sigue disfrutando del rol de hija. María encara la recta final con un marido que parece salido de la canción de Cecilia, el hombre apático del ramito de violetas; Verónica apenas comienza su aventura fuera de su tierra natal. María con los 77 años de Petra Martínez, carga con la amargura, la soledad y la represión de la posguerra. Verónica despierta a un tiempo nuevo. La (mala) salud las une por un instante y ese instante establece ese punto de inflexión tejido con ecos discretamente autobiográficos.

En diversas entrevistas, el director y guionista relató que en la figura de María hay luces y sombras del recuerdo crepuscular que conserva de su propia madre. De modo que, con un cine de gestos congelados y silencios ensordecedores, La vida era eso forja un proceso iniciático, un viaje surgido por una cuestión de deber y pagado con una experiencia reveladora. Su protagonista busca en ese periplo las huellas de quien durante unos breves días fue su compañera. Al recorrer esas raíces ajenas, en cierto modo se libera de sus cadenas propias.

Con un arranque magnético, la complicidad que empiezan a desarrollar Petra Martínez y Anna Castillo resulta prometedora. Sin embargo el guión había decidido cortar por lo sano y cuando una de las dos se ausenta, la otra se queda excesivamente sola, de hecho un enorme vacío denota un cierto desequilibrio temporal entre ambas partes.

Pero con desequilibrios o sin ellos, La vida era eso impone su voluntad de relatar la reconstrucción de una existencia. En ese viaje, con mirada contemplativa y personajes mínimos, Martín de los Santos ensaya un filme ambicioso sobre la transformación de quien se sube en el último tren de su vida. A conseguir dicho objetivo le ayuda una actriz serena de maneras inmaculadas. Petra Martínez asume el peso del filme y lo sobrelleva con ligereza. Su rostro se ilumina gradualmente, su cuerpo se libera sin estridencias, a veces con pinceladas de Kiarostami, otras, en la línea de Sorín. Son las orillas que contienen la mirada personal de un director nuevo y clásico al mismo tiempo.

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