Tribuna abierta

Oclocracia: de Trump, Johnson o Abascal y Franco

09.02.2020 | 21:01
Columnista José Luis Úriz Iglesias

RECORDABA hace ya unos días Iñaki Gabilondo un artículo publicado el pasado 6 de octubre en The Financial Times por el historiador Simon Schama, en el que se interrogaba sobre quién hablaba hoy en nombre de la gente. Schama hacía alusión a un mal de nuestro tiempo, esos líderes carismáticos que venden la idea tóxica de que ellos y solo ellos hablan en nombre de la gente, de manera genérica como si la gente fuera algo uniforme y no plural. E introducía un antiguo concepto que muy pocos conocíamos, el de oclocracia, que utilizó Ovidio allá por el siglo II a.C., al que Schama considera el mayor peligro para nuestra moderna democracia.

Oclocracia es sinónimo del gobierno de las muchedumbres, de la masa, del gentío, en contraposición de democracia que es el gobierno del pueblo. Tiene que ver también con la demagogia y el populismo que impregna la política actual, la nacional y la internacional.

Con la aparición de las redes sociales se observan también aprendices de oclócratas que a imagen de los respectivos líderes y parece ser que por delegación de los mismos se encargan de convertirse en representantes de un todo cuando apenas lo son de una minoría dirigente, en especial entre los partidos políticos. La oclocracia es tremendamente destructiva para la democracia, porque o eres un seguidor incondicional de la mayoría o si se te ocurre discrepar te conviertes en un peligroso traidor.

Así, en la escena internacional se vislumbran numerosos seguidores, partidarios y defensores de esta perversión de la democracia, especialmente entre dirigentes políticos poderosos. Quien primero enseñó su patita fue Donald Trump. Desde su campaña a la presidencia de EE.UU. se ha encargado, con éxito a la vista de sus resultados electorales, de implantarla en un país que parecía idóneo. A pesar de creerse dueño del mundo, el pueblo americano es profundamente inculto, lo que supone un caldo de cultivo ideal para un peligroso patán como Trump. De no ser por esa cualidad, resultaría impensable que alguien que cada vez que abre la boca, o escribe un tuit suelta un exabrupto, o lo que es peor una sandez de consecuencias imprevisibles, siguiera teniendo su nivel de popularidad y se resistiera a lo que debería ser evidente, el triunfo del impeachment que los demócratas y una parte de los republicanos han puesto en marcha. Aunque todo parezca indicar que, quizás por esa oclocracia que ha logrado imponer durante sus años de mandato, puede salir indemne del mismo e incluso que pueda ser reelegido sin apenas despeinarse.

Hoy en día Donald Trump es uno de los mayores peligros para la humanidad... si excluimos al propio ser humano. Él solito ha puesto en peligro desde el equilibrio geopolítico con sus tensiones reciente con Irán, o su apoyo ambiguo a las locuras de Erdogan contra los kurdos por mucho que lo quiera edulcorar con amenazas de sanciones, hasta la situación económica mundial con una irresponsable guerra comercial que podría ser causante de la próxima crisis que ya llama a nuestra puerta.

Pero el oclócrata Trump tiene también discípulos aventajados en Europa. La figura de Boris Johnson no solo se le parece en lo físico, también en el efecto devastador que puede suponer para su país y la Unión Europea en su conjunto. Sus últimas locuras que van desde el inicial avance suicida hacia el Brexit, hasta el despropósito de cerrar el Parlamento británico, parecen no tener límite.

El problema para el mundo es que lamentablemente sus técnicas funcionan, ayudadas por una falta preocupante de alternativa. Ni en EE.UU. ni en Gran Bretaña se vislumbran figuras que les puedan poner freno.

Ni Joe Biden, hasta hace nada el demócrata mejor situado, ni la eterna promesa de la izquierda inglesa, Jeremy Corbyn, parecen capacitados para poderles ganar las próximas elecciones. Quizá porque para competir con gente tan falta de principios no se puede ir con los métodos clásicos, sino que hay que enfangarse un poco. Así que parece que el futuro de la oclocracia al menos en ambos países es muy prometedor.

Pero tampoco España se libra de la epidemia, en este caso con una mezcla de puro fascismo que creíamos muerto y enterrado, pero que gracias a los errores de unos y otros ha resurgido con fuerza, quizás no tanto electoral como de capacidad para introducirse en la sociedad. La aparición de Vox y su líder Santiago Abascal ha permitido mostrar su verdadero rostro. Pero, sobre todo, la influencia que en los pocos meses de vida ha sido capaz de trasladar al resto de partidos de la derecha extrema, PP y Ciudadanos. El punto de inflexión se dio en las elecciones andaluzas y el pacto de gobierno a tres bandas para desbancar al PSOE. Después vinieron Murcia, Castilla y León y especialmente Madrid capital y comunidad.

Los dirigentes de Vox han sido capaces de impregnar con velocidad vertiginosa, como si de un peligroso filovirus se tratara, no solo su ideología, también su retórica e incluso sus tics públicos.

Escuchar a la nueva presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, intervenir en un debate en su parlamento con una alusión a la quema de iglesias de 1936, o a su alcalde, José Luis Martínez-Almeida, hablar sobre los derechos de la mujer no tiene nada que envidiar a lo que aseguran los más ultras de Vox como Iván Espinosa de los Monteros o Javier Ortega Smith, este último autor de las barbaridades sobre las Trece rosas que ya han tenido respuesta en sendas denuncias.

Pero esa retórica no nos debe distraer sobre su influencia social y política. Debería ser de obligada visión para su estudio la entrevista que dedicó Pablo Motos a Abascal en El Hormiguero, con récord de audiencia, permitiendo al líder de Vox exponer su cara más amable y cercana. Debemos mantener las alertas elevadas al máximo porque ¿renace el franquismo de sus cenizas o quizás siempre ha estado latente de manera silenciosa en nuestra sociedad? A pesar de la tranquilidad irresponsable durante demasiados años de la izquierda, que teorizaba sobre la primera hipótesis, se ha demostrado lo acertado de la segunda.

Se ha perdido una oportunidad histórica de realizar una profunda labor pedagógica durante los años que se ha estado en el poder, quizás por esa mala conciencia que tiene esa izquierda de pensar que ese poder pertenece de manera natural a la derecha y que cuando lo alcanzan se está solo de paso.

En 40 años de democracia se ha sido incapaz de desactivar esa bomba de relojería que ahora nos puede estallar en la cara. Observar las largas colas de gentes en peregrinación al panteón estaba enterrado el dictador resultaba vergonzoso, la resistencia numantina que han puesto en práctica al cumplimiento de una decisión tomada en el Congreso de los Diputados indica que algo no va bien. Y seremos unos irresponsables si esta vez no nos tomamos muy en serio el peligro. Conviene recordar, por ejemplo, que el gobierno del PSOE, a pesar de lo que aseguró en un principio, todavía no ha sido capaz de quitar las humillantes (especialmente para sus víctimas) medallas que un torturador como Billy el niño sigue luciendo. Porque el problema no es la extrema derecha, el peligro real es la derecha extrema. No solo es Vox, son Ciudadanos y Partido Popular impregnados de sus tesis reaccionarias.

La izquierda ha desaprovechado años en el poder, alguna etapa de mayoría absoluta incluida, y ha vuelto a ser incapaz de poner en marcha un gobierno de progreso. No sabemos si las últimas encuestas que van apareciendo se van a concretar el próximo 10-N, pero lo que parece previsible es que el equilibrio derecha-izquierda no va a mejorar y, lo que es peor, todo indica que estas elecciones solo van a servir para un resurgimiento del PP, al que se le dan subidas de entre 28 y 34 escaños. Si eso se confirmara, algunos gurús de la nada debieran engrosar con rapidez las lista del paro, porque van a crear el caldo de cultivo ideal para que se concrete la opción con la que sueñan los poderes fácticos de este país y los de fuera, la grosse koalition PSOE-PP.

Hablábamos del filovirus inoculado desde Vox al PP y los virus no se detienen fácilmente. Podría pasar incluso al PSOE y suponer la muerte de la izquierda... después de que la sentencia del procés haya azuzado de nuevo el avisero de Catalunya.* Exparlamentario y concejal del PSN-PSOE

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