Mesa de Redacción

No solo Trump

30.09.2020 | 00:49
J. C. Ibarra.

Lo ha dicho Trump de forma muy explícita: "Nos pusieron en esta posición de poder e importancia para tomar decisiones por el pueblo que orgullosamente nos eligió, la más importante de las cuales se ha considerado desde hace mucho la selección de jueces del Tribunal Supremo. ¡Tenemos esta obligación, sin demora!". Contar con la carta de la justicia en la manga es el sueño de todo mandatario sin escrúpulos. Un Tribunal Supremo viciado de origen por la poco ciega justicia partidista ofrece un prometedor futuro plagado de victorias que las urnas no dan. Una justicia investida de una toga ideológica, sea del signo que sea (miren a Estados Unidos, miren a Venezuela, miren a España...), es el mayor contrapoder a la esencia de la democracia. En el Estado español, muchos políticos y analistas se rasgan las vestiduras ante la maniobra de Trump para situar en el Supremo, como sustituta de la recientemente fallecida juez Ruth Bader Ginsburg, a la conservadora Amy Coney Barrett. Eso, dicen por aquí, es un atentado contra la democracia. Pero también lo es que en el Estado español la renovación del poder judicial siga estancada por intereses partidistas, que lo que preocupe sea si el rey Felipe VI va o no (como ha hecho siempre, al igual que antes su padre; su padre...) a la entrega de despachos a una promoción de jueces, que un presidente de gobierno elegido democráticamente sea destituido por un quítame allá esas pancartas... Utilizando su jerga, yo diré que esto sí es un golpe de estado.