Colaboración

Los Estados Unidos del supremacismo blanco

20.02.2021 | 00:48

Estamos profundamente fracturados (...) ¿Lucharemos por una democracia cada vez más perfecta o sucumbiremos a la visión arcaica de una teocracia cristiana supremacista blanca?

UNA nación indivisible. Estas palabras de la "promesa de lealtad" (Pledge of Allegiance) de Estados Unidos fueron redactadas por Francis Bellamy en 1892, cuando se sentaron las bases para que Estados Unidos se convirtiera en una potencia entre las naciones, y un momento de creciente terror racial y nativismo que persistió a través del siglo XX. Las palabras "una nación indivisible" oscurecieron la realidad de una sociedad profundamente dividida y desigual.

Para hacer cumplir el objetivo del supremacismo blanco, los blancos lincharon sistemáticamente a miles de negros desde finales de la década de 1880 hasta mediados del siglo XX. Estos asesinatos ocurrieron a la luz del día, a veces como parte de eventos sociales y comunitarios. Los estadounidenses blancos se reunían para comer, beber, socializar y ver cómo las víctimas negras eran mutiladas y torturadas antes de ser colgadas.

El linchamiento le podía ocurrir a una persona negra como resultado de una aparente transgresión social, por ejemplo mirar a los ojos a una persona blanca, o como resultado de los intentos de ejercer derechos mediante la compra de una propiedad o rellenar la solicitud de voto. Los linchamientos fueron un acto público de tortura, una manifestación genocida del poder blanco, tácitamente permitido o simplemente ignorado por los funcionarios estatales y federales.

La promesa de libertad y justicia para todos los pueblos indígenas excluidos nunca se cumplió. Hacia finales del siglo XIX, Ios indígenas se enfrentaban a la guerra y a las continuas ocupaciones de tierras en el oeste. Los niños indígenas eran llevados a internados y separados de sus hogares y sus familias con la intención de borrar esa cultura y, de alguna manera, transformar a esos niños en niños "blancos" obedientes. Aislados así del cuidado y de la educación que recibían de su gente y sus familias en el hogar, algunos niños indígenas enfermaron o murieron, o sufrieron daños emocionales y abusos físicos en manos de sus supuestos educadores.

Durante las dos últimas décadas del siglo XIX, Estados Unidos acogió a los refugiados y a los pobres de Europa, pero no a los de Asia. Por primera vez, el gobierno de Estados Unidos comenzó a imponer restricciones legales a la inmigración. La Ley de Exclusión China de 1882 intentó efectivamente prohibir la entrada de trabajadores chinos al país y obligó a los trabajadores chinos que ya estaban presentes a obtener certificados que demostraran su derecho a vivir y trabajar en los Estados Unidos. En 1887, la Ley Scott prohibió el regreso de los chinos que abandonaran el país, incluso a los que fueran ciudadanos estadounidenses o residentes legales. Otras restricciones a la inmigración asiática se promulgaron durante las tres décadas siguientes.

Estas historias de desposesión, exclusión y violencia se forjaron en el fuego del mito fundamental de esta nación: que los cristianos blancos eran innatamente superiores y sancionados por Dios para gobernar a todas las demás personas. Ese fundamentalismo, el supremacismo blanco, está anclado y enredado en las raíces de la nación y perpetúa el mito de que un Estados Unidos profundamente dividido es indivisible.

Cada vez que este sistema de creencias ha sido desafiado, sobrevino la violencia. La violencia a menudo se toleraba o ignoraba y rara vez se castigaba. Los linchamientos transmitían sistemáticamente el mensaje que la igualdad nunca fue una opción para los negros, a pesar de la decimotercera enmienda constitucional (que abolió la esclavitud en 1865). La ocupación de tierras estaba destinada a negar la existencia y la historia de los indígenas, y a desacreditar sus reivindicaciones sobre sus tierras ancestrales.

Las fuertes restricciones (casi prohibiciones) a la inmigración china y los intentos de invalidar la ciudadanía china tenían la intención de impedir que los chinos tuvieran acceso a oportunidades económicas y pudieran competir a la par con los trabajadores blancos. El supremacismo blanco funcionaba para garantizar que los cristianos blancos recibieran privilegios sociales continuos, poder político y beneficios públicos.

El 6 de enero de 2021, los descendientes literales e intelectuales de los supremacistas blancos estadounidenses del siglo XIX atacaron el Capitolio. Vandalizaron la "Casa del Pueblo", exigieron la cabeza del vicepresidente Mike Pence y gritaron: "¿Dónde está Nancy?" (Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes). Llevaron una bandera confederada al Capitolio y vistieron camisetas adornadas con consignas antisemitas "Camp Auschwitz" y 6MWE, que significa "6 millones no fue suficiente", una referencia antisemita a los judíos que perecieron en el Holocausto.

Los alborotadores entraron por la fuerza al Capitolio con la intención de detener la certificación de los votos de los colegios electorales. Querían invalidar mi voto y los votos de los otros 81 millones de estadounidenses que eligieron a Joe Biden como presidente y Kamala Harris como vicepresidenta en unas elecciones libres y justas.

A juzgar por las armas Taser y las pistolas, el artefacto explosivo improvisado encontrado en el Capitolio y las bombas caseras encontradas fuera de las oficinas del Comité Nacional Demócrata y el Comité Nacional Republicano, los insurrectos tenían la intención de causar un daño grave. Pisotearon a uno de los suyos, aporrearon a un oficial de Policía hasta la muerte e hirieron a otros 140 oficiales de Policía del Capitolio, mientras cargaban hacia el edificio.

Extrañamente, este acto de supremacismo blanco fue también performativo. Los asaltantes hicieron rappel dramáticamente por las paredes del Capitolio a pesar de que los escalones cercanos no estaban obstruidos. Hicieron vídeos y se sacaron fotos con oficiales de Policía del Capitolio. Celebraban su privilegio histórico de cometer violencia de forma impune. Confiaban en que solo contaran sus votos.

Ofendidos por los agravios a sus privilegios, se sintieron impulsados a actuar. La presidencia de Barack Obama interrumpió su narrativa de supremacismo blanco. Querían a Trump en el cargo de por vida. Trump calmaba sus temores de cambio demográfico hacia un país menos blanco y su rechazo a la profundización popular del compromiso con los derechos civiles, los derechos humanos, la justicia y la igualdad real, principios que también son fundamentales en la identidad de nuestra nación.

Sentí un tremendo alivio cuando Biden y Harris fueron declarados ganadores de las elecciones presidenciales. Pero 74 millones de estadounidenses votaron por Trump, el segundo mayor número de votos populares en la historia nacional. Los votantes querían reelegir a un hombre acusado de violación o agresión sexual por decenas de mujeres, que utilizó su cargo de presidente y de candidato para enriquecerse a sí mismo y a su familia, que ha elogiado y alentado a supremacistas blancos, fascistas y neonazis, que ha menospreciado y brutalizado a inmigrantes que buscaban refugio, separando cruelmente a los niños de los padres.

Un hombre cuya arrogancia y negligencia provocó la muerte de más de 400.000 personas por el coronavirus, que ejecutó arbitrariamente a 13 personas condenadas a muerte en cárceles federales solo para ganar puntos políticos en los últimos días de su presidencia, que utilizó sus poderes ejecutivos para hacer aún más daño, cuyo liderazgo no hay forma de justificar y que, a la luz de la evidencia disponible, es posiblemente un criminal.

Miembros republicanos del Congreso han llamado a "la unidad", un llamamiento que parece dar sentido o justificación a la impunidad de los alborotadores del 6 de enero, la impunidad de Trump y de todos los miembros del Congreso que exhortaron, provocaron, y facilitaron este ataque. Se trata de otra manifestación del supremacismo blanco. Pero esta vez, las fuerzas del supremacismo blanco quizá carezcan de la complicidad que necesitan para simplemente seguir adelante y olvidar los crímenes del 6 de enero.

Realmente nunca hemos sido una nación indivisible, pero ahora las divisiones son visibles y públicas como nunca antes. Estamos profundamente fracturados, todavía en medio de esa misma batalla fundamental por la unidad. ¿Lucharemos por una democracia cada vez más perfecta o sucumbiremos a la visión arcaica de una teocracia cristiana supremacista blanca?

Biden y Harris no pueden inspirar mágicamente la unidad por sí solos. Unir al país es un proyecto cultural y político doloroso a largo plazo que avanzará lentamente, si es que lo hace. Abordar los agravios históricos podría llevar décadas. Pero podríamos empezar con un nuevo compromiso de lealtad a la nación: a la diversidad, la igualdad, la inclusión y al sentimiento de pertenencia de todos.

* Socióloga estadounidense

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