El fin de la normalidad

10.12.2020 | 01:13
El fin de la normalidad

Hoy, 10 de diciembre, se celebra el Día de los Derechos Humanos, y este año más que nunca hay que hacer especialmente hincapié en los derechos de la infancia, ya que son uno de los colectivos que más vulnerados ha visto sus derechos desde que comenzó la pandemia

HACE un año, en la celebración del trigésimo aniversario de la aprobación por la Asamblea General de la Convención sobre los derechos del Niño (CDN) de 1989, la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta H. Fore, escribió una carta abierta a los niños y niñas de todo el mundo centrada en ocho razones por las que estaba preocupada y, sin embargo, a su vez esperanzada por la próxima generación.

Le preocupaba la necesidad de millones de niños y niñas de tener agua limpia, aire limpio y un clima seguro. Que uno de cada cuatro niños y niñas se educara en zonas de conflicto y de desastre. Que la salud mental no fuera todavía una cuestión aceptada. Que más de 30 millones de jóvenes tuvieran que emigrar de su lugar de nacimiento. Que miles de niños y niñas nunca existirán oficialmente, a menos que actuemos y sean registrados. Que miles de ellos necesitan las destrezas del siglo XXI para una economía del siglo XXI y que es preciso proteger su huella digital si no queremos que pertenezcan a la generación de ciudadanos y ciudadanas con menos confianza de la historia.

Aun así, el balance que hacemos desde la ratificación de la CDN por parte de todos los estados del mundo, menos EE.UU., nos lleva a hablar de progreso.

Hemos conseguido reducir el número de niños y niñas que no asisten a la escuela primaria en casi un 40%. El número de menores de cinco años con retraso en el crecimiento disminuyó en más de 100 millones. Hace tres décadas, la poliomielitis paralizaba o mataba a casi 1.000 niños y niñas todos los días. Hoy, por suerte, podemos decir que se han eliminado el 99% de esos casos.

Muchas de las invenciones que han hecho posible estos progresos –como las vacunas, las sales de rehidratación oral y una mejor nutrición– han demostrado que éstas no solo eran prácticas sino que también eran rentables.

El auge de la tecnología digital y móvil y otras innovaciones están facilitando y aumentado la eficiencia en la prestación de servicios esenciales en comunidades de difícil acceso y la ampliación de las oportunidades.

Sin embargo, hoy, la pobreza, la desigualdad, la discriminación y la distancia siguen impidiendo que millones de niños y niñas disfruten cada año de sus derechos.

Hoy, al igual que cada día, 14.000 niños y niñas menores de cinco años siguen muriendo, en su mayoría debido a enfermedades u otras causas evitables.

Hoy, casi 6.000 niños y niñas menores de 5 años más, podrían morir en estos momentos debido a las interrupciones en sus vacunaciones por la covid-19.

Por eso no podemos relajarnos. La generación de hoy, los niños, niñas y adolescentes de hoy, confrontan una nueva serie de desafíos y cambios mundiales que eran inimaginables para sus progenitores.

Nuestro clima está cambiando de manera irreconocible. La desigualdad se está agravando. La tecnología está transformando la forma en que percibimos el mundo y el número de familias que tienen que emigrar por guerras, hambrunas y cambio climático es mayor que nunca.

La infancia ha cambiado, y nosotros necesitamos cambiar nuestros planteamientos con respecto a ella.

Los niños y niñas no aceptarán que queramos volver a la "normalidad" después de la pandemia, porque saben que "normal" nunca fue suficientemente bueno.

Nuestra infancia y adolescencia tiene una capacidad única e incomparable para volver a imaginar un mundo más equitativo, justo y sostenible.

Por eso hoy me siento esperanzado.

Porque tengo el convencimiento que los jóvenes y las jóvenes no se van a quedar parados.

Porque día a día están demostrando que saben lo que quieren y lo que no y que son capaces de pelear por ocupar su lugar en el mundo.

Y todos nosotros tenemos la obligación de apoyarles en ese proceso.

Es el momento de destacar sus soluciones y para ello debemos amplificar las voces de una juventud que sí habla sobre temas que les incumben, como la educación, el empleo o la salud mental.

Debemos escuchar la voz de los activistas que han estado exigiendo acciones climáticas durante los últimos años y que desde que golpeó el coronavirus piden a los líderes que garanticen que la recuperación sea verde y sostenible.

Debemos mirar hacia adelante. Debemos escuchar a los niños y niñas y a jóvenes de hoy sobre las cuestiones que más les preocupan y empezar a trabajar con ellos y ellas para encontrar soluciones conjuntas.

Solo así conseguiremos "la nueva normalidad" que de verdad necesitamos.

* Presidente de Unicef Comité País Vasco

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