Aniversario fin de ETA :: Grupo Noticias

Celebrar una paz imperfecta

Por Eduardo Iribarren

Corremos el riesgo de que la lista de tareas pendientes sepulten la importancia que hace diez años tuvo la declaración del fin de la violencia de ETA. Conviene recordar la alegría y el alivio que la esperada noticia provocó en el cuerpo social de este país, que vio abrirse la luz proyectada hacia un futuro que, sin duda, iba a ser mejor para las nuevas generaciones en comparación con el pasado que vivieron sus mayores. Por eso, una década después, creo que tenemos que poner en valor la paz a secas, un escenario por el que tanto se esforzaron ciudadanos anónimos, colectivos civiles y actores políticos y que a lo largo de estos años se ha reafirmado con la entrega de la armas y la disolución de ETA. No hay marcha atrás.

Hablamos de una paz imperfecta, que no es la paz ideal porque para llegar allí hace falta que los autores de toda la violencia que durante décadas asoló a este país asuman sus responsabilidades desde la autocrítica y el reconocimiento de la injusticia de sus actos. No es un asunto menor. Resolver esta ecuación influirá en la convivencia y en la normalización futura, y por si acaso tenemos como espejo en el que mirarnos para huir de su reflejo el caso de España y su digestión impuesta del franquismo, cuyas consecuencias se siguen arrastrando en la actualidad.

Hasta ahora, la izquierda abertzale ha situado su actual estrategia política en una secuencia histórica hacia el objetivo final de la independencia y el socialismo. Es una visión que hace de la paz una circunstancia instrumental, de conveniencia. Por eso, quiero creer que la afirmación de que el daño sufrido por las víctimas “nunca” debió ocurrir va en la buena dirección. Pero solo adquirirá el valor que sus autores le suponen si viene acompañada de la autocrítica a la utilización política de la violencia, a la estrategia político-militar y al incumplimiento flagrante de los derechos humanos. Solo entonces poseerá el sentido pleno del reconocimiento del dolor infligido y será garantía de no repetición.

Pero este no es un debe exclusivo de la izquierda abertzale. Ha habido otra violencia dirigida desde las cloacas policiales por la que nadie responde y cuyas responsabilidades se diluyen en la impunidad de un Estado sin rostro, pese a que los que cometieron aquellos crímenes tienen nombres y apellidos que, apenas en unos pocos casos, han rendido cuentas por sus actos. Lo grave es que el afán por esclarecer esta violencia es nula, como ha quedado demostrado con la negativa del Congreso a arrojar luz sobre la muerte del cartero que murió en Errenteria cuando manipulaba una carta bomba que todo apunta a que se envío desde el Ministerio del Interior.

El autor es director de Noticias de Gipuzkoa