Aniversario fin de ETA :: Grupo Noticias

Vivir sin sombras

Salir de casa a la misma hora, coger el metro, comprar fruta o tomar un zurito imprevisto. Desde que se despojó de la sombra de ETA y de las de sus escoltas, Amaya Fernández, expresidenta del PP vasco, ha recuperado “la libertad de poder hacer lo que quiera”.

Un reportaje de Arantza Rodríguez Fotos: José M. Martínez

Durante dieciséis años Amaya Fernández convivió con demasiadas sombras. La suya, la de sus dos escoltas y la alargada de ETA, que constriñó su vida hasta el punto de no poder ni ir a comprar, sin previo aviso, una barra de pan. Ahora que a sus espaldas solo soplan aires de libertad, la portavoz del PP en las Juntas Generales de Bizkaia echa la vista atrás y recuerda cómo, una vez pasado el peligro, volvió a coger las riendas de su día a día. “Esa sensación de decir: Ya no voy a tener que planificar todo el día anterior, puedo salir a la hora que quiera con el itinerario que quiera, si de repente me llama una amiga me puedo ir a tomar un café... Eso, la verdad, no tiene precio”, dice.

Amaya tiene 45 años y una hija de 12, a la que en su día le explicó lo “superafortunadas” que eran porque en su trabajo le habían puesto dos personas para que las acompañaran a todos los sitios y las ayudaran. Cuando en 2015 le retiraron el servicio de protección le contó que se debía a “una reducción de gastos y lo asumió bien”. La anécdota, tierna y terrible a partes iguales, refleja a la perfección la “normalidad” con la que esta política de vocación trató de vivir una situación absolutamente excepcional, como es tener que pensar, entre contracción y contracción, si llamaba a la escolta o no para ir al hospital de Cruces cuando se puso de parto. O tener que tomar el camino más largo para ir al trabajo, aunque fuera justa de tiempo, porque tocaba cambiar de trayecto. O “arrastrar” a la cuadrilla de amigos para hacer planes en localidades limítrofes fuera de Euskadi. O reducir a “la mínima expresión” el ocio nocturno porque le parecía “poco considerado tener a unas personas allí hasta las tres de la mañana”.

Ahora lo piensa y se pregunta cómo pudo “ser partícipe de esas cosas, pero eran medidas de protección. Era una lata tener que vivir así, pero soy una persona positiva y me apasionaba lo que hacía. Me compensó siempre”, dice, recordando sus inicios como concejala en el Ayuntamiento de Barakaldo. “Me ofrecí para ir en las listas sin decir nada en casa. Como querían que fuera en puestos de salida, tenía que contarlo sí o sí. A mis aitas les causó mucho impacto. Yo era hija única, tenía 22 años y con el asesinato de Miguel Ángel Blanco... Entonces había una tregua, pero la inmensa mayoría de los vascos éramos conscientes de que se iba a romper”.

Otra cosa es lo que le pasara por la mente a sus familias. “Yo estoy convencida de que lo pasaban muchísimo peor que nosotros. Lo sufrían en silencio y no te decían nada para no preocuparte más. Cuando eres joven tienes una mezcla de inocencia y rebeldía, estás convencida de que esta batalla al terror la vas a ganar y la motivación estaba en cotas muy altas. Pero cada día que había un asesinato y entrabas por la puerta no hacía falta hablar. La cara era el reflejo del alma. Lo percibías, pero yo enseguida relativizaba”, cuenta.

No se siente como una ‘heroína’ Pese a que su vida estuvo en juego, a Amaya le da “vergüenza” que les llamen “héroes” o le digan lo “valiente” que fue. “Me produce sonrojo porque yo no me sentí así. Te decían: Menudo sacrificio, pero para mí tiene más mérito el comerciante que, cuando secuestraron a Iglesias Zamora o Delclaux, se atrevía a ponerse el lazo azul, con el riesgo que asumía, sobre todo en los municipios pequeños, que el que estuvo veinte años de cargo público por una opción política que sabías que te convertías en un objetivo de una banda terrorista. Esa gente anónima, que esa noche volvía sola a casa, tiene un valor inmeso porque suponía ir reduciendo el espacio de legitimación de esa minoría que creyó que podía imponer sus ideas con bomas y pistolas”, explica.

Convencida de que es un error “patrimonializar lo que fue un triunfo de la mayoría social de Euskadi”, se emociona al recordar cómo aportó su “granito de arena” para conseguir “una Euskadi mejor”, donde “ya nunca más vas a tener que salir necesariamente de casa a las ocho en punto y no a las ocho y cinco. Pensar que tú has contribuido a eso, que era tu caso, pero también el de otras muchas personas, compensa con creces las situaciones difíciles que habíamos vivido. Es gratificante cuando echas la vista atrás”, afirma.

Ahora que ya ha recobrado “la capacidad de improvisar”, que puede coger el metro para ir a trabajar, comprar fruta en el mercado de Barakaldo o tomarse un zurito en la calle Zaballa sin más compañía que la elegida, recuerda qué sintió las primeras veces que lo hizo. “Todas esas sensaciones me parecían superpositivas. A lo bueno te acostumbras muy fácilmente”, comenta y pone, como botón de muestra, la posibilidad de viajar en transporte público. “Cuando los servicios de protección eran dobles te asignaban un vehículo. Ahora voy en metro al trabajo. Como eso había muchas situaciones que eran agradables. Te parecía que estabas haciendo algo extraordinario cuando era de lo más normal. Agradecí poder empezar a hacer todas esas cosas, como conducir, aunque había perdido destreza”.

Amaya nunca tuvo que renunciar a amistades ni a llevar al parque a su hija con las debidas “cautelas”, pero su vida cotidiana, de no ser política, habría sido “menos rígida”. Pese a todo, una vez recuperada “la libertad de poder decidir y hacer lo que quiera”, tomaría la misma decision. “No tengo ninguna duda de que lo volvería hacer. Sin pensármelo”.

Amaya Fernández: “Otegi ha buscado su blanqueamiento y el foco mediático”

Discrepa del mantra de que la sociedad vasca miró para otro lado pero sí piensa que es fundamental implicarse en la deslegitimación para que la historia no se repita

Entrevista de Igor Santamaría

BILBAO - El encuentro con Amaya Fernández coincide con el posicionamiento de la izquierda abertzale reconociendo que el dolor causado por ETA nunca debió ocurrir.

¿Qué le parecen la manifestaciones de Otegi en Aiete?

- Son reiterativas. Busca su propio blanqueamiento y tener el foco mediático en el décimo aniversario de la derrota de la banda terrorista. Una efeméride en la que todo el protagonismo debe corresponder a los que estuvimos en el lado bueno de la historia de Euskadi.

¿Cómo ve a la sociedad vasca una década después?

- Ese día, hace diez años, marcó un antes y después y abrió un futuro de oportunidades que estaba cercenado. Las personas tenemos la capacidad de sobreponernos y ese es el trabajo que la sociedad vasca está haciendo a diario. Pero eso no significa olvidar.

A las nuevas generaciones este asunto les queda muy lejos.

-No vivieron esa parte tan dura de nuestra historia. Es imprescindible hacer pedagogía pensando en que nunca más se puede repetir. El proyecto en las aulas es interesante pero dirigido a que no pueda replicarse de nuevo.

¿Siente que la ciudadanía prefiere olvidar?

- Los que lo vivimos con especial sacrificio tendemos a aparcarlo en algún lugar recóndito de la memoria pero no lo olvidas. Yo, además, discrepo mucho de la interpretación que se hace de que la mayoría de la sociedad vasca miró para otro lado. No es exactamente eso. Todo el mundo sabía que quien se enfrentaba al terrorismo, afrontaba la consecuencias. Hay muchas personas que tuvieron pequeños gestos y con ello también contribuyeron al fin de ETA. Fue un éxito colectivo que no se puede patrimonializar. Con distinto grado de protagonismo, la sociedad vasca sí que se implicó, y ahora es fundamental implicarse en la deslegitimación. Ganó la democracia y perdió ETA. Todas las víctimas fueron inocentes, al igual que todos los terroristas fueron culpables. Ese es el relato para construir una convivencia con pilares sólidos.

¿Hasta dónde puede alcanzar la ‘verdad, justicia y reparación’?

- Todas las instituciones tienen una deuda pendiente con las víctimas. Verdad, en el sentido del relato; justicia, la que puede exigir cualquier ciudadano cuando le arrebatan la vida de un ser querido; y una memoria construida sobre lo que pasó y no en clave de venganza.

¿Qué hay que exigirle a la izquierda abertzale?

-ETA nunca abandonó por convicción sino porque no le quedó más remedio. Las siglas de la izquierda abertzale deben hacer una mirada retrospectiva crítica, reconocer que ese dolor fue injusto y que una idea, por legítima que sea, no justifica el uso de la violencia. Yo soy especialmente incisiva en el tema de los ongietorris, son una anomalía democrática. Los familiares y amigos pueden recibir a los presos de forma privada y no en el espacio público, cuyo sentido es justo el contrario.