Heroico DversnesEfe
El Cenacolo Vinciano. La Última Cena, de Leonardo da Vinci, custodia el refectorio de Santa Maria delle Grazie en Milán. La obra es una de las pinturas más icónicas de la historia del arte. Una obra maestra sin paliativos.
El genio italiano la ejecutó al temple y óleo sobre dos capas de preparación de yeso y extendidas sobre enlucido. Una técnica innovadora respecto al tradicional fresco. Eso le dio tiempo para dar forma al encargo de Ludovico Sforza, el Moro, uno de los promotores del Renacimiento.
En los años que empleó para pintar la obra, de 1495 a 1498, lo mismo trabajaba en ella obsesivamente, sin comer ni beber, solo dirigida la mano con la pulsión y el arrebato de la genialidad concentrada en su pincel, que se dispersaba, bien contemplando la obra, que se ausentaba durante días del andamio.
Da Vinci sostenía que en el asueto era donde su cerebro se alimentaba para después plasmar con vigor su capacidad artística. No hacer nada era el modo de pintar para la eternidad.
A diferencia de otros artistas de la época Leonardo no empleó modelos exitosos de pinturas pasadas para configurar la escena de Jesús con sus apóstoles.
Con esa idea, rastreaba las calles buscando rostros, como si pintara al natural, para reflejar el espíritu y el alma de los protagonistas de la última cena. La cara, dicen, es el reflejo del alma y en su obra retrato almas.
Da Vinci proponía que “los movimientos de las personas son tan diferentes como los estados de ánimo que se suscitan en sus almas, y cada uno de ellos mueve en distintos grados a las personas”.
En otro pasaje de sus reflexiones estableció que “lo feo junto a lo bello, lo grande junto a lo pequeño, el anciano junto al joven, lo fuerte junto a lo débil: hay que alternar y confrontar esos extremos tanto como sea posible”.
La proximidad y antagonismo de las figuras es lo que concede su riqueza, profundidad y textura humana a La Última Cena: Judas, el malvado / Juan, el bello y bueno; cabezas ancianas / cabezas jóvenes; personas excitadas / personas tranquilas”. Un retrato fiel de la vida, de sus contrastes. Eso ocurrió en Milán.
Sorprendente victoria
El éxtasis de Fredrik Dversnes, feliz al extremo tras una conquista arrebatadora en su primera fuga del Giro. El noruego representó la victoria de los vencidos. Una fábula.
Un cuento con final feliz en una de la etapas más rápidas de la historiaa del Giro. Se rodó a 51,39 kilómetros por hora.
Alcanzó el Nirvana cuando pudo con Maestri, Marcellusi y Bais, con los que compartió una maravillosa aventura. Una canto a la vida. 157 kilómetros de carretera y manta. Todos en la misma mesa.
De viaje al corazón financiero de Italia, saltó la banca el noruego con una victoria para siempre que derrotó el status quo.
Pasmados quedaron los velocistas, decepcionados, malhumorados. Posaron con la cara de derrota. Menospreciaron el esfuerzo, la fe y la solidaridad de los fugados.
Las presas fueron depredadores. Al fin. Justicia poética. Sorpresa maravillosa. Emoción a borbotones. El cuarteto pudo con la condescendencia del pelotón, víctimas de sí mismos, de los cálculos erróneos.
La fuga resistió, se mantuvo en pie y sobrevivió porque todos contribuyeron sin desmayo hasta los estertores. Esa implicación real les presentó hasta la línea de meta, donde el noruego dominó el esprint a cuatro.
El Polti contaba con dos ciclistas, pero romper la unidad hubiese supuesto la defunción de la escapada. Así que todos, disciplinados, hermanados, mosqueteros, mantuvieron el vínculo.
Su enemigo era la manada de lobos. Los que querían acabar con las ovejas, que fueron rebeldes, negras. Esa rebelión, la esperanza guiándoles, les condujo hasta el salón de baile de la victoria.
Dversnes fue el mejor, el más rápido de piernas. Honró el ciclismo de los descamisados, de los parias. Lo festejó con un grito que retumbó en Milán.
Jonas Vingegaard, líder del Giro.
Vingegaard, sin problemas
Se sentó en el suelo. El asfalto, el trono de los trabajadores. Cerró los puños. Gol en el último minuto. Victorioso frente a lo imposible.
Quijotesco, agarró su primera victoria en el Giro. El mejor bautismo posible antes de que la carrera descanse, con Vingegaard de rosa.
El Giro es una sociedad que se mueve en bicicleta. Apoyado sobre una valla, como un ciudadano de a pie que dedica el tiempo al deleite y la observación, Da Vinci podría haber pintado en un mural el Giro.
Los colores vívidos, la velocidad, las relaciones que se tejen, las almas y los espíritus de los apóstoles del esprint, cada uno con una morfología, reunidos todos alrededor de la mesa de las prisas, de la gloria, a venerar el cáliz de la gloria.
Allí confabulaban Magnier, Milan, Groenewegen….en un ardiente desenlace. El termómetro, disparado, a 30 grados.
En el callejero de Milán, domingo, el gentío en los márgenes, abarrotando las arterias principales de la ciudad, los equipos de los velocistas, agobiados, perseguían con fiereza, a Marcellusi, Bais. Maestri y Dversnes, los fugados en un trazado sin altimetría, en perfecto equilibrio.
Giro de Italia
Decimoquinta etapa
1. Fredrik Dversnes (Uno-X) 3h03:18
2. Mirco Maestri (Polti) m.t.
3. Martin Marcellusi (Bardiani) m.t.
69. Markel Beloki (Education First) a 57’’
75. Igor Arrieta (UAE) m.t.
General
1. Jonas Vingegaard (Visma) 59h12:56
2. Afonso Eulálio (Bahrain) a 2:26
3. Felix Gall (Decathlon) a 2:50
18. Markel Beloki (Education First) a 11:33
20. Igor Arrieta (UAE) a 14:17
Una recta entre Voghera y la capital de Lombardía, que recibía adrenalítica, lanzados todos a 60 kilómetros por hora, final en Corso Venezia, un final infartante.
El corazón desbocado. Estresante el circuito milanés, Vingegaard, Ciccone y Campenaerts, emisario del danés, hablaron con la organización de la carrera para negociar una tregua para evitar riesgos.
La reunión, exprés, prosperó. El resultado, la neutralización de los tiempos de la general en la última vuelta de cuatro del trazado, algo más de 16 kilómetros por el Scalextric de Milán.
Los que no pertenecían a la alta aristocracia, echaban humo. El cuarteto corría despavorido, huyendo de un infierno. Los gregarios de los esprinters, se quemaban sobre un manto de ceniza. Tierra quemada.
Estallaban como palomitas. Un reguero de pólvora recorría las vías internas de Milán, que asistía a un persecución tremenda. Cuenta atrás. A todo o nada. Un final memorable. La última aventura, primera victoria. La mejor cena. Heroico Dversnes.