Aunque para muchos sea un anatema, Tricky calificó la música de Kate Bush (Reino Unido. 1957) como “religiosa”, y añadió que debería ser “más valorada que la de The Beatles”. Y el activista del trip hop no es el único que se deshace en elogios hacia la autora de House of Love, quien se diera a conocer con Wuthering Heights hace casi medio siglo y ahora la ha recuperado la Generación Z gracias a la serie Strangers Things. “Ninguna de sus canciones es normal, es única”, asegura Elton John sobre Bush, de actualidad por Running up that hill. 50 miradas (Liburuak), libro de Tom Doyle sobre la cantante británica de voz etérea de soprano y ejemplo de músico inclasificable y feroz protectora de su intimidad y su arte.
Pocas cantantes y músicos han conseguido la veneración de Bush, aplaudida por Elvis Costello, Brian Eno, Paul McCartney, Björk, Radiohead y el exvoceras de Sex Pistols, John Lydon, y versionada por músicos de varias generaciones y estilos, de Dusty Springfield a Ezra Furman, Helsey, Solange, The Wombats, Chomatics, Nada Surf, Jane Birkin, The Waterboys y, cómo no, Tori Amos, para algunos una calcomanía de Bush aunque de elevado e innegable rango artístico.
Reverenciada por la profesión, dueña de una carrera intermitente y popular solo en su país y (menos) Estados Unidos, Running Up That Hill: 50 miradas de Kate Bush (Liburuak), del periodista musical Tom Doyle –autor de biografías de Paul McCartney, Elton John y Billy MacKenzie– se agradece en su invitación a mirar a la artista desde “cincuenta miradas distintas”: momentos, canciones, imágenes y testimonios que, juntos, componen el retrato más completo y humano de esta creadora tan escurridiza como fascinante.
A partir de sus propias conversaciones con ella y de los recuerdos de quienes la han acompañado en su viaje humano y artístico, Doyle reconstruye con precisión y emoción los hitos de su carrera sin atenerse al código rígido del relato cronológico. “Nunca quise ser famosa, mi deseo era hacer un disco”, asegura sobre sus inicios con una frase que revela su actitud ante la fama, ya que llegó a estar 12 años sin publicar disco alguno, regresando “al mundo normal”, y proyectando la imagen de “una rara ermitaña” que reniega de las giras y le daba tanta importancia a hacer canciones como a poner la lavadora y pasar la aspiradora cuando tuvo a su hijo.
De Cathy a Kate
El libro muestra como aquella pequeña Cathy creció en una familia regada con música y poesía, y que empezó con el armonio y el violín antes de decantarse por el piano y empezar a componer con apenas 9 años en la granja familiar de Kent, alimentándose del folk de su país e Irlanda, de “mi gran amor” Elton John y de Bowie. Llegó a acumular “unas 200 canciones” –recogidas en cintas– antes de que la descubriera David Gilmour, guitarrista de Pink Floyd, y le facilitara la grabación de su primer single con EMI.
Sí, su carrera despegó con Wuthering Heights, en 1978, aunque tuvo que formarse durante dos años. Ya en aquel video primigenio –después dirigió el resto– se advertía el afán renacentista de Kate y su pasión por integrar imagen y colorear con un regusto teatral sus canciones tras recibir clases de mimo de Lindsay Kempt. “Acompañar lo visual con la música lo hace todo más poderoso. Es tan importante uno como lo otro”, le explica a Doyle. Su libro recoge el escepticismo inicial de la crítica y su propia compañía ante una voz “absurda” y de timbre “chirriante e infantil”, y ofrece un repaso a su trabajo con paradas en todos –no demasiados en 48 años– y cada uno de sus 10 discos.
Su forma de trabajar, siempre en su propio estudio excepto una experiencia en Abbey Road, sus silencios prolongados, su relación esquiva con la fama, su inagotable búsqueda de la independencia creativa y de lo nuevo… Todo está en estas casi 400 páginas, que dejan claro el impulso de la cantante –“me resulta más interesante el reto creativo, hacer discos desde cero”– y deja múltiples anécdotas, como su pasión por Hounds of Love (1985), “mi mejor álbum en conjunto”, el que incluye Running up the Hill; su rechazo a Lionheart (1978), ya que su resultado “no era el que quería transmitir”, o el uso de tambores y percusiones en Never Forever (1980). “Estaba muy enfadada y se refleja en esa música” con guiños a The Wall, de Pink Floyd, reconoce.
Con estilo ágil, humor y una profunda empatía, el libro combina el rigor y la capacidad analítica del periodista con la devoción del fan. El resultado es una biografía coral y reveladora en la que hay espacio en sus páginas para Peter Gabriel; Prince; su amigo Lydon; Elton John, que califica su voz de “el misterio más hermoso”, o Youth, de The Killing Joke, que considera “una obra maestra” Hounds of Love , su disco más pop, en el que mezcló el folk con las baterías electrónicas y sintetizadores.
De ángeles y espíritus
El libro, que celebra tanto la genialidad como la vulnerabilidad de una mujer que hizo de la música su propio universo, muestra también el gusto por la comedia de Kate; el defecto de “excederse” en arreglos a la búsqueda de “cosas interesantes”; su gusto por lo espiritual y paranormal, o su escaso interés por la política aunque fuera tildada de conservadora cuando en una controvertida declaración en la que apostaba por mujeres para regentar el poder.
Hoy, semi retirada y década y media después de su último disco, 50 Words for Snow, de apenas voz y piano, que se cerraba con el clarividente Among Angels, se ha convertido en una estrella mundial gracias a la citada Running up…, parte esencial de la trama de Strangers Things. A pesar de los cientos de millones de reproducciones del tema, ella sigue fiel a su férrea personalidad. “La dispersión actual de la música es algo terrible, está en todas partes. Yo no escucho música, es algo deliberado”, le comenta a Doyle en este fascinante y necesario libro.