Zinemaldia

La huella en la red no tiene fecha de caducidad

El director francés Laurent Cantet presenta en el Zinemaldia 'Arthur Rambo', en el que plasma las consecuencias de lo que se escribe en las redes sociales, al tiempo que pone el foco en la brecha social existente en su país

20.09.2021 | 01:00
El actor protagonista de 'Arthur Rambo', Rabah Naït Oufella, y el director, Laurent Cantet, ayer domingo.

SE tiene la sensación de que Internet es temporal y translúcido; que si se espera lo suficiente, las palabras y la huella dejada se evaporan, como la niebla mañanera de la que en un par de horas no hay ni rastro y solo asoma un brillante sol. Pero la red, y más concretamente las redes sociales, han demostrado ser un archivo impasible para guardar hasta el menor resquicio de lo que alguien haya podido escribir, opinar y a veces, tristemente, escupir. Queda claro en Arthur Rambo, el último trabajo del director galo Laurent Cantet, donde el protagonista queda condenado socialmente a poco menos que el ostracismo cuando salen a la luz sus deleznables tuits homófobos, misóginos, antisemitas, e islamófobos del pasado.

La película se estrenó ayer domingo en la Sección Oficial del Zinemaldia, con una posterior rueda de prensa en la que participaron el director, el actor protagonista, los guionistas y la productora.

Conviene entrar en contexto, para entender mejor el argumento de la historia. El protagonista es Karim, interpretado por el actor Rabah Naït Oufella, francés de ascendencia argelina y habitante de uno de los barrios del extrarradio parisino. Tiene una web TV –o lo que es lo mismo, un canal de televisión que se retransmite por Internet– junto con compañeros y compañeras de su vecindario y consigue publicar un libro donde narra la vida de su madre, que dice, es reflejo de la de tantas mujeres migrantes de Argelia de esa generación. Karim se encuentra en su momento más dulce, con la editorial a punto de sacar la segunda tirada de su obra, entrevistas en medios casi diarias y hasta una directora queriendo comprar los derechos para llevar la historia al cine.

Ahí sucede el plot twist (giro en la trama) en la vida de Karim. Salen a la luz los tweets que ha ido publicando a lo largo de varios años bajo el seudónimo de Arthur Rambo, su careta virtual con la que despotrica contra el colectivo LGBTI, las mujeres y, principalmente, los judíos. Él argumenta que se trata de una sátira, una provocación para que la gente reaccione y que nada de lo vertido en esa cuenta de Twitter es su pensamiento propio. Pero su reputación ya está herida de muerte y en menos de 24 horas se le van cerrando todas las puertas que se le habían abierto poco a poco en el círculo intelectual francés, que, como en casi todo Occidente, se trata de un entorno abrumadoramente blanco y burgués.

Cantet se pronunció en torno a la "simplificación" del mensaje en redes, algo que le provoca "miedo" y que da también "lugar a mucha violencia". Y esa misma violencia se refleja en el filme, en las crueles palabras de los tuits, que aparecen escritos directamente sobre la pantalla de cine, pero también en la frialdad de esa parte de la sociedad que da la espalda a Karim con la misma facilidad con la que lo había encumbrado, y también en la rabia e incapacidad emocional que muestran parte su familia y demás entorno cuando todo sale a la luz.

Oufella declaró no ser "muy partidario" de las redes sociales, algo que, visto lo que le sucede a su alter ego en la ficción, parece hasta lógico.La construcción de un personaje ciertamente complejo, o al menos, con aristas, y del cual el actor confesó que "hablaron mucho" Cantet y él mismo, "para saber qué dirección darle".

El papel de Karim no surgió de la nada, ya que está basado en Mehdi Meklat, un bloguero francés al que sus mensajes de Twitter del pasado se le cayeron encima, coincidiendo con la publicación de uno de sus libros, lo que lo convirtió en parte de lo que se conoce como la cultura de la cancelación; es decir, se le negó por diferentes esferas de la sociedad seguir siendo parte visible y pública de la misma.

Más allá de la existencia efervescente del mundo digital, sería cuanto menos interesante plantearse dónde está o si existe un límite entre la provocación y la libertad de expresión, entre la ofensa y la tolerancia. Si se puede salvaguardar toda palabra de odio, aunque se declare como sátira, bajo el paraguas de la libertad o si hay que dejar de ser tolerantes con la intolerancia, por el peligro a que esa broma deje de serlo y se convierta en real. Además, y sin hacer mucho spoiler, la película muestra con una cruda claridad en su final que, sin las herramientas educativas y emocionales necesarias, algo que muchas veces depende de la clase social y de ser rico o pobre, la sátira no se percibe como tal, lo que puede abocar a la pérdida de esa misma libertad de expresión tan preciada en las redes.

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