El sacacorchos

Espantar a los demonios

17.03.2020 | 00:24
Espantar a los demonios

Hubo entierros colectivos y cuerpos devorados por el fuego. En el siglo XIV se extendió en Europa la pandemia de peste más devastadora de la historia de la humanidad, la que corresponde a la llamada peste negra que causó cerca de 25 millones de víctimas solo en el continente europeo. Las cifras son, como ven, asoladoras. Era el ataque de la bacteria Yersinia Pestis, y el pánico se adueñó del corazón de los pueblos en un tiempo, la Edad Media, en la que apenas había métodos de defensa. Las fosas comunes no suponían un recurso que se tuviera por aceptable en las abadías. Eran los hospitales, instituciones también religiosas y con cementerios asociados, los que –al tratar a los peregrinos y a los más necesitados– recurrieron con mayor frecuencia a las tumbas colectivas. El propósito era claro: deshacerse de la muerte cuanto antes. Se daba por hecho que aquel era el único remedio.

Hoy las circunstancias son otras. Europa, eso sí, sufre de nuevo la invasión de una enfermedad que, sin embargo, no alcanza ni de lejos los mismos números de letalidad. Sin embargo, el coronavirus provoca un efecto similar a aquel: el pánico. Basta con ver cómo los príncipes de hoy han llamado a refugio y piden al pueblo que se oculte a la luz de tan contagioso problema. Ha sonado la voz de alarma, hoy proclamada a través de las leyes –la población del siglo XXI se mueve con mayor soltura y libertad que entonces...–, pero el efecto es semejante: el pueblo, aterrorizado, no enciende hogueras. Les basta con prender el fuego en las redes sociales en lugar de en las iglesias y se usa el humor para espantar a los demonios. Ja, ja, ja, sí. Pero las calles están vacías y, al mismo tiempo, los boxes de los hospitales, donde el personal sanitario se vuelca sin descanso para dar una respuesta a una pandemia impensable meses atrás, están al borde de la saturación.