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José Luis Arauzo fue testigo de los bombardeos sobre Durango y Bilbao durante la Guerra Civil y junto a su padre trabajó en la construcción del campo de refugiados de Gurs
Un reportaje de Iban Gorriti - Domingo, 6 de Enero de 2019 - Actualizado a las 06:00h

Imagen de uno de los destrozos causados por el bombardeo sobre Durango en 1937. (Foto: Gerediaga Elkartea)
hay historias que surgen por vidas que se cruzan: una plaza de un pueblo francés de Las Landas. Comienza una conversación entre unos turistas y unos vecinos del pueblo Vieux-Boucau que celebran unos bonitos actos de Navidad. De pronto, los residentes sorprenden al comunicar que son “de Durango”. El padre de familia, de 86 años, es testigo superviviente no solo del bombardeo fascista de la villa vizcaina de 1937, sino también de los de Bilbao, y guarda en su memoria la vida de su padre Sabino, miliciano socialista de corazón que luchó con el batallón cenetista Sacco y Vanzetti, y con quien, curiosamente, pasó un año trabajando para el campo de refugiados de Gurs, antes de ser campo de concentración.
Sus recuerdos son historia viva. “Tengo mucho que contar”, previene José Luis Arauzo Pérez, hijo de María y Sabino, vecinos en 1936 de la calle durangarra Uribarri. “Vivíamos en las casas que aún están en pie frente al cine Zugaza”, detalla quien nació el 12 de junio de 1932.
Su padre era un escultor y ebanista. Según informa la Fundación Indalecio Prieto, Sabino fue afiliado a la Agrupación Socialista local y miembro de la UGT de Durango, donde ocupó diversos cargos directivos. Años más tarde, durante su exilio en Francia, estuvo internado en los campos de refugiados Saint-Cyprien (Dordoña) y Gurs (Pirineos Atlánticos) antes de que llegaran los nazis. El 3 de noviembre de 1939 fue trasladado al hospital de La Roserie en Biarritz. Fue uno de los fundadores de las Secciones del PSOE y la UGT en Oloron, donde falleció el 30 de mayo de 1950.
“Mi padre tiene esculturas que son conocidas en Durango”, enfatiza José Luis. Unas de ellas son las de Bruno Mauricio de Zabala y de Fray Juan de Zumarraga que hay en el pasadizo entre el pórtico pequeño de Santa María y que sale al hoy bar Les Villes. Su hijo, Alain, aporta que él cree que también lo son las de “los dos hombres que están en Ezkurdi sobre las casas del batzoki de Ezkurdi”. Otras, confirmadas, están en el cementerio. “Mi padre trabajaba en una cantería de Montorreta”, matiza. El día del bombardeo de Durango, por la tarde, José Luis estaba con su madre en Landako, en la zona llamada Puente del Diablo. “Allí, donde un tubo cruzaba el río. De pronto comenzó el ruido, y un hombre le puso la zancadilla a mi madre y caímos los cuatro. Lo hizo para salvarnos la vida porque venía un caza ametrallando. Vimos cómo mató a algunos a nuestro alrededor”.
Reunida la familia sin muertes, Sabino animó a su mujer a ir a Bilbao a donde unos familiares. Cuando bombardeaban en la capital, se refugiaban en un túnel de la zona de San Francisco. “Allí me hice un día daño corriendo durante una alarma y aún tengo una mancha en la pierna”, aporta. De allí, continuaron hacia Santander, donde la familia accedió a un barco de pesca al que subía tanta gente que “mi padre sacó una pistola y dijo que nadie más”. En el trayecto se les acabó el carbón, y quemaron puertas y todo lo que podían. Llegaron a La Rochelle gracias a ser remolcados por un barco francés. El periplo continuó en tren a Barcelona.
regreso a durangoUna familia acogió al pequeño José Luis y los padres estuvieron en otra casa. “Iba a un colegio catalán y olvidé el español. Cuando volvió mi padre no se lo podía creer...”. Su siguiente destino fue unas colonias en el exilio galo, a 200 kilómetros de París. “Entonces mi madre tuvo carta de mi padre diciendo que acabada la guerra podía volver a Durango sin peligro”. En el pueblo encontraron su casa desvalijada y sin los importantes muebles fabricados por el padre. Tuvieron que alojarse en una de familiares en Kalebarria que “estaba aún un poco tocada por el bombardeo”.
A José Luis no le iba bien en la escuela La Villa. “El director franquista me pegaba porque llegaba tarde. Yo me había hecho monaguillo como excusa porque no me gustaba el colegio, le dije a mi madre para irme con mi padre, que estaba en Gurs”. Tras un año allí -antes de que los nazis lo utilizaran como campo de concentración-, estuvieron ayudando a trabajar y residiendo “en unas casas de madera” fuera del centro. Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, les dieron la orden a los exiliados de “volver a España en 24 horas. Yo estaba sin papeles, y me llevaron unos amigos. Mi padre se quedó. Estaba enfermo del corazón, tuvo tres infartos...”. Murió en Oloron a los 45 años.
Aquellas situaciones le pasaron factura a José Luis. “Siempre tenía el temor de que llamaran diciendo que mi padre había muerto, como ahora sufro cuando mis hijos van de viaje... Se me ha quedado dentro”. A Sabino le trataron su dolencia en Biarritz. “Mi padre era muy seguidor de Indalecio Prieto, que también padecía de corazón y estuvo ingresado en San Juan de Luz. Alguien le habló de mi padre y envió a un doctor especializado en ello a que fuera a verle. En el tiempo que estuvo en Francia solo el PNV o el Gobierno vasco le enviaban como 200 francos para vivir”, explica, y va más allá: “Mi padre nunca nos ha hablado de nada de ello. Nada”.
José Luis conserva en su hogar de Las Landas sus recuerdos, como algunas pertenencias de cuando era niño en el exilio, que nadie borrará de su memoria. “En Reyes me regalaron un burro hecho con tinajas y no se lo doy a nadie, ahí está, como mis cuadernos de la colonia”, se emociona. Las esculturas de su padre siguen en pie orgullosas en su Durango natal.
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