Historias de los vascos

Vicente Egia, el espíritu de su generación

Se cumplen ochenta años del fallecimiento en la batalla del Ebro de Vicente Egia Sagarduy, capitán de gudaris condenado a muerte y canjeado. Mañana será homenajeado en Tarragona. Su memoria es también la nuestra

Un reportaje de Aitor Miñambres Amezaga - Sábado, 13 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 12:16h

Los oficiales canjeados, con el consejero Eliodoro de la Torre, en Barcelona. Foto: Sabino Arana Fundazioa

Los oficiales canjeados, con el consejero Eliodoro de la Torre, en Barcelona. Foto: Sabino Arana Fundazioa

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Los oficiales canjeados, con el consejero Eliodoro de la Torre, en Barcelona. Foto: Sabino Arana FundazioaVicente Egia, cuando era teniente de la compañía Atzueta del batallón Mungia. Foto: Archivo Histórico de Euskadi

EL 17 de octubre de 1938, tenía lugar en Barcelona el entierro del capitán vasco Vicente Egia Sagarduy, muerto heroicamente en el frente del Ebro. La prensa se hacía eco del suceso y anunciaba su merecido homenaje. El multitudinario acto no dejaba de ser un hecho insólito, por cuanto constituía la primera manifestación religiosa de ese tipo desde el comienzo de la guerra, a la que no faltaron las más altas autoridades republicanas.

La capilla ardiente se instaló en la sede de la Presidencia del Gobierno de Euzkadi en Barcelona, bajo una guardia de miqueletes de Gipuzkoa. Por la tarde tuvo lugar el sepelio, presidiendo el duelo los ministros Julio Álvarez del Vayo, Paulino Gómez y Tomás Bilbao, así como representaciones de todos los estamentos civiles y militares del Gobierno de la República, de la Generalitat de Catalunya y del Gobierno de Euzkadi, con los consejeros Gonzalo Nardiz y Santiago Aznar al frente. No faltaron representaciones de los partidos políticos y sindicatos leales a la República, encabezados por el Partido Nacionalista Vasco, al que pertenecía el fallecido, con Manuel de Irujo como figura visible acompañado del político catalán Jaume Aiguader.

Finalizado el recorrido de la comitiva fúnebre, el cuerpo de Egia fue enterrado en el cementerio de San Andrés, teniendo lugar los funerales por su alma dos días después, en la Capilla de los Vascos.

Transcurridos 80 años del fatal suceso, a iniciativa de Sabino Arana Fundazioa, mañana tendrá lugar en tierras de Tarragona un nuevo reconocimiento a esta figura y a otros gudaris y milicianos vascos caídos en el frente del Ebro, hombres jóvenes sacrificados en una guerra impuesta. Una placa y una ofrenda floral perpetuarán su memoria, nuestra memoria.

De la paz a la guerra Vicente Egia era natural de Basurto (Bilbao), militante del Partido Nacionalista Vasco y miembro de la directiva del batzoki de Abando con anterioridad al comienzo de la guerra.

Ante el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, la actitud de su partido es firme: Ante los acontecimientos que se desarrollan en el Estado Español, y que tan directa y dolorosa repercusión pudieran alcanzar sobre Euzkadi y sus destinos, el Partido Nacionalista Vasco declara que sus principios le llevan a caer al lado de la Ciudadanía y de la República, en consonancia con el régimen democrático y republicano que fue privativo de nuestro pueblo en sus siglos de libertad. Araba y Nafarroa quedan en manos de los sublevados, mientras que Bizkaia y Gipuzkoa se mantienen en poder de las fuerzas leales al Gobierno. En esta tesitura, el joven Vicente ingresa voluntario en Euzko Gudaroztea, las milicias jeltzales, donde pronto destacará por su carisma y capacidad de liderazgo.

En octubre de 1936 la República concede finalmente el Estatuto de Autonomía al País Vasco, aunque para entonces la casi totalidad de Gipuzkoa ha sido ocupada por los rebeldes. El día 7 de ese mes, José Antonio Aguirre jura su cargo de lehendakari del primer Gobierno vasco. Por esas fechas, Vicente Egia es teniente de la compañía Atzueta del batallón Mungia, con la que defiende el frente de Berriatua del avance enemigo. Calificado como persona valiente, noble y honrada, es ascendido a capitán por méritos de guerra, recibiendo el mando de la tercera compañía del batallón Kirikiño, recién formado en enero de 1937. Así, tras el comienzo de la ofensiva franquista, su unidad resiste firmemente en el monte Intxorta, en Elgeta, de donde solo es desalojada cuando se encuentra a punto de quedar copada. A pesar de recurrir a bombardeos terroristas para minar la moral de la resistencia vasca, el ejército del general Franco avanza muy lentamente por el territorio invadido. En mayo, sus fuerzas se emplean a fondo en ataques que son respondidos duramente por los defensores, en Sollube y Jata, posiciones que tardan muchos días en caer, y donde Vicente Egia y sus gudaris aguantan los duros bombardeos, aéreos y artilleros, y los asaltos de la infantería franquista. Así llega el 11 de junio y, gracias a las informaciones recibidas por el capitán Alejandro Goicoechea, pasado al enemigo, los franquistas se proponen atacar con total superioridad de medios el punto más débil del Cinturón de Hierro, en Fika. Allí, tras sufrir un apocalíptico bombardeo, Vicente Egia y su compañía defienden de forma persistente la loma de Mentxegane frente a las embestidas de la V Brigada de Navarra, viéndose obligados a retirarse. Una semana después cae Bilbao.

Preso y condenado a muerte La caída de Bilbao supone un durísimo golpe para las fuerzas vascas. El Ejército de Euzkadi se encuentra bajo de moral y con la sensación de haber sido abandonado por parte de la República, que no ha respondido a la angustiosa solicitud de envío de aviones para la defensa. Los batallones vascos se reorganizan en Las Encartaciones y en Santander y los efectivos del Kirikiño, mermados por la lucha incesante, pasan a engrosar el batallón Sukarrieta y a guarnecer el frente.

Reiniciada la ofensiva franquista, en tan solo ocho días los rebeldes alcanzan las cercanías de Santander, partiendo la provincia en dos, y las tropas vascas desplegadas en la zona oriental reciben la orden de retirada, sin poder llevarla a cabo. El 26 de agosto, en virtud al pacto negociado con los italianos, los batallones nacionalistas se entregan, junto con otros de diferente filiación.

El capitán Egia es hecho prisionero en Laredo junto con varios miles de personas. Sus esperanzas de ser embarcado y evacuado se han perdido porque el acuerdo no está llevándose a cabo y la armada rebelde patrulla por el Cantábrico. Aun así, los presos siguen bajo la protección italiana, pero semanas después son entregados a los franquistas españoles. Comienzan los consejos de guerra donde las garantías de defensa son mínimas y las sentencias están establecidas de antemano. Vicente Egia, junto con varios miles, es condenado a muerte. Las penas se van ejecutando progresivamente en las cárceles atiborradas de prisioneros o en los cercanos cementerios. Llega la Navidad y se espera un canje de presos, gracias a los esfuerzos de la Cruz Roja Internacional, que finalmente se confirma. Vicente es uno de los 41 agraciados. La alegría es indescriptible, pero también la pena por los compañeros que se quedan a la espera de ser fusilados sin que nada les salve.

Libre para seguir luchando El 20 de enero de 1938 Egia abandona la prisión de Larrinaga en Bilbao, junto con otros oficiales vascos como José Estornés y Joseba Elosegi. Tras realizarse el canje en el puente de Irun-Hendaia, el 22 llegan a Catalunya. En Mataró son recibidos por el propio lehendakari Aguirre y su secretario Basaldua, en un ambiente de júbilo, para después llegar a Barcelona. Se trata de hombres que han escapado a la muerte pero también de oficiales y jefes con experiencia de guerra y cuyo concurso es necesario, por lo que rápidamente son revalidadas sus graduaciones dentro del Ejército Popular Republicano para ser destinados al frente de guerra. Entre tanto, cambian sus ropas viejas por elegantes uniformes caquis, cobran sus pagas atrasadas de varios meses y procuran disfrutar de unos días en paz y en libertad. El Gobierno de Euzkadi les invita a ver la ópera Sansón y Dalila, interpretada por la Compañía de la Ópera Francesa en el teatro del Liceo, lugar de gran fama y prestigio. El capitán Egia y sus compañeros intentan distraerse en una Barcelona en retaguardia, con restaurantes y cines abiertos, pero no exenta de bombardeos aéreos que les recuerdan que la guerra está cerca. El 14 de marzo de 1938, Vicente Egia recibe la orden de incorporase al Cuadro Eventual del Ejército de Andalucía, en Baza. Él, junto con otros vascos, pide el traslado al Ejército del Este, más cercano a Catalunya y a la zona de actividad, pues los franquistas han emprendido una ofensiva en Aragón. Quedan así integrados desde el 9 de abril en la 140 Brigada Mixta de la 44 División, comandada aquella por el mayor Rodolfo Bosch Pearson, persona simpatizante con la causa vasca y cercana al lehendakari Aguirre.

Tierra y laureles En pocas semanas la ofensiva franquista ocupa todo Aragón y Castellón, alcanzando sus vanguardias el Mediterráneo en Vinarós, el 15 de abril. De esta manera, el territorio republicano queda partido en dos, Catalunya aislada del resto y Valencia amenazada. El Ejército gubernamental reacciona y el 25 de julio cruza el río Ebro con una importante concentración de medios, sorprendiendo a las tropas franquistas situadas en la margen derecha. Durante las semanas siguientes, la ofensiva pierde fuerza y el ejército rebelde contraataca. Para entones Egia, con atribuciones de comandante, manda el 560 batallón de la 140 Brigada, ahora integrada en el Ejército del Ebro, que resiste en un lugar muy estratégico: el cruce de Camposines, en La Fatarella. Desde el 9 de octubre sus fuerzas se encuentran desplegadas en la zona y durante los sucesivos días sus posiciones son hostigadas y cañoneadas sin descanso por los franquistas. El día 15 el ataque es fortísimo y el enemigo bombardea intensamente con aviación y artillería las posiciones que defiende Egia, antes de lanzar sus tropas y carros de combate. Siguiendo la costumbre de los jefes vascos durante la campaña de Euzkadi y predicando con el ejemplo, deja su puesto de mando en la Venta de Camposines y se traslada a primera línea, a fin de evitar que la moral de sus hombres se quiebre. Pronto es herido en un brazo, pero él se niega a ser evacuado y se mantiene firme en la posición, conteniendo el ataque rebelde y arengando a sus soldados, hasta que finalmente un disparo le alcanza en la cabeza, segándole la vida. Tenía 25 años.

A la muerte de Egia, se hace cargo del batallón otro vasco canjeado, el capitán Ricardo Aspiritxaga, de la compañía de ametralladoras. En esa fecha los franquistas no consiguen tomar el cruce de Camposines. Ello ha supuesto el sacrificio de la vida de Vicente y de otros jóvenes que, como él, amaban la paz y no la guerra. Egia era capitán y vasco, pero ante todo cristiano y demócrata. Su funeral en Barcelona es una muestra pública de dolor y de afecto, de libertad religiosa y de plural adhesión política, un entierro católico con la presencia de ministros y militares republicanos. No en vano, su figura representa el espíritu de su generación: “El territorio habrá sido conquistado, pero el alma del Pueblo Vasco no lo será jamás”.

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