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La izquierda avisa

Sánchez apuntala su apuesta de futuro con los Presupuestos más ideologizados de la democracia reciente que desinflan el rupturismo de Podemos

Juan Mari Gastaca - Sábado, 13 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

columnista juan mari gastaca

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La izquierda avisa: se ha unido para compartir el poder. Una alianza inimaginable en el disruptivo nacimiento todavía reciente de Podemos es hoy una sólida amenaza para el enrabietado deseo del PP -Albert Rivera ha gripado- de recuperar el Gobierno. Ha bastado la conjunción entre el proyecto de Presupuestos más ideologizado de las últimas décadas y la coincidente estrategia de futuro muy personalista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para que ya nada sea igual en el horizonte inmediato de la política española. ¿Quién va a salir a la plaza pública a desdeñar 900 euros del Salario Mínimo Interprofesional? ¿Quién va a criticar que pague más quien más tiene salvo aquellos privilegiados que callan aunque luego siempre acaban otorgando? ¿Quién derribará el intento más osado de acabar con la austeridad, Unión Europea aparte?

Con esta propuesta Sánchez apuntala intencionadamente su espacio político y compromete a ERC, PDeCAT y PNV

La provisionalidad del Gobierno socialista es hoy, desde luego, menor que ayer. El golpe de efecto de unos Presupuestos retadores para Europa y exigentes para la patronal mitigan, siquiera por unas horas de tertulia, los efectos devastadores de esa catarata de tropiezos legales y rectificaciones interminables. Además, con esta propuesta socioeconómica más arriesgada que estructurada, Sánchez apuntala intencionadamente su espacio político y compromete a todos los demás. El líder socialista ha succionado de un bocado el lenguaje izquierdista de Unidos Podemos. Aquella avalancha del 15-M que avanzaba como carros de fuego sobre la vitalidad del PSOE ha quedado desinflada con la foto del abrazo. Nunca más volverá a escucharse el grito revolucionario de Pablo Iglesias del asalto a los cielos. A cambio, una vicepresidencia le espera para cuando llegue el momento. Mientras tanto, a lo lejos, parapetado en el exilio exigente de recorrer Madrid y sus pueblos, pero siempre presente para la órbita del pensamiento socialista, Iñigo Errejón ríe complacido. Representa la victoria moral del apaleado, el triunfo de quien marcó el rumbo estratégico para una coalición que desde hace meses empieza a cobrarse el alto precio de sus contradicciones con demasiados desgarros en sus estructuras orgánicas.

En el resto del desafiante encaje de bolillo de la mayoría absoluta, a Sánchez le aguardan los nacionalistas, y de una manera muy especial el sector unilateralista del independentismo catalán. Ante el PNV, el intocable líder socialista sabe que debe cumplir, para sentarse a hablar con los compromisos de la agenda vasca, adquiridos por Rajoy antes de su censura. Con ERC, el compromiso para ganarse sus votos posiblemente jamás se ponga por escrito porque estaría relacionado con el escenario posterior a la previsible sentencia a los líderes encarcelados. Oriol Junqueras es ahora mismo el preso que más adhesiones suscita para su puesta en libertad, empezando descaradamente por el propio Gobierno socialista. Y en el caso del PDeCAT, solo los prestidigitadores más afamados podrían acertar sus maquinaciones. Quizá para cuando las negociaciones adquieran su clima de mayor tensión el boquete abierto entre los dos principales partidos que emprendieron el procès sea un socavón de sofisticadas suturas que desbarate cualquier pronóstico. Sánchez siempre enarbolará su voluntad del diálogo asentado en unos Presupuestos de difícil rechazo conceptual.

No es descartable que en su progresivo aislamiento, Carles Puigdemont coincida con la derecha española en rechazar los Presupuestos de la ilusión izquierdista. Esta fatídica coincidencia haría realidad la rastrera estrategia de “cuanto peor, mejor” porque permitiría al unionismo retratar la debilidad parlamentaria de Sánchez y al independentismo catalán agravar el interminable, por inmovilista, pulso con el Estado. Pero no es descartable que al hacerlo fortalecerían la descarada voluntad de Sánchez de proyectar nítidamente la existencia de dos espectros ideológicos cada vez más definidos y, por tanto, opuestos. La mera hipótesis de que el nacionalismo español recupere el Gobierno atemoriza al resto hasta tal punto que Sánchez avanza confiado hasta su meta de convocar las elecciones cuando más le interese. Incluso lo hace revestido de una puntual arrogancia y que le anima a recibir equivocadamente ayer a los invitados de Felipe VI como si fueran los suyos en medio del aluvión de críticas en una clase periodística que asiste aturdida a una agitación parlamentaria. Y tan solo un día después de que su nuevo socio hubiera pedido con acritud la desaparición de la monarquía comprensible con el 1-O. Sánchez va a lo suyo.

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