tribuna abierta

Blasfemar

José Serna Andrés - Viernes, 12 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

SE dice que blasfemar es ofender de palabra a Dios o a la Virgen, pero uno no tiene muy claro si Dios se va a sentir aludido y, por tanto, si lo hará María. A veces nos enredamos en el significado de las palabras y dejamos a un lado lo fundamental, aunque hemos de reconocer que el delito de blasfemia ya le fue aplicado a Jesús. Leemos en Mateo 26: 65-67: “Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte! Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban”. Pilatos, que debía ejecutar la sentencia, era romano, y no le importaba la blasfemia, entonces le acusan de que prohíbe pagar tributos al César y se hace llamar Mesías-rey. Como podemos ver, no es nueva esa estrategia de mezclar conceptos en torno al auténtico motivo por el que de un lado y de otro se condena a alguien.

También se dice que es blasfemia atacar de palabra o con actos ofensivos a lo que un colectivo amplio considera sagrado. Y uno añade que, sobre todo, es blasfemia si se hace porque así se quiere agraviar a ese numeroso grupo de personas que consideran aspectos de la religión como sagrados porque entonces lo que en realidad se quiere es hacer daño a personas, propiciar que se sientan mal. Quien lo hace se desprestigia a sí mismo y se retrata como persona, nada más. Si Gandhi o Luther King levantaran la cabeza…

Porque, en realidad, lo que es una auténtica blasfemia que clama contra Dios y su justicia -si se es creyente- es que, según la FAO, 815 millones de personas no han tenido acceso a una alimentación adecuada en 2016, unos 38 millones más que el año anterior. Esta inhumana situación es el fruto de obtener beneficios sin límite y tener el dinero como ídolo -otra forma de entender la blasfemia-, que es lo que causa los problemas, las desigualdades, el hambre y la miseria en el mundo.

Lo que es una auténtica blasfemia que clama contra Dios y su justicia es que 815 millones de personas no hayan tenido acceso a una alimentación adecuada mientras se dediquen 1,73 billones de dólares a gastos militares en el mundo

Según el Sipri, Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, en el año 2017 se dedicaron 1,73 billones de dólares a gastos militares en el mundo;y sabemos que las armas, aunque utilicemos eufemismos como mantener puestos de trabajo, o daños colaterales, son armas, inteligentemente descerebradas, que se utilizan para causar dolor, destrucción, muerte y migraciones. ¡Oh el ídolo de la fuerza! ¡Qué blasfemia, Dios mío! ¡Es un escándalo especialmente contra el quinto mandamiento: No matar! Y no se quedan atrás otras blasfemias como las que resultan de la violencia de género, la trata de personas, la esclavitud, los delitos sexuales de todo tipo, y especialmente si es contra menores y provienen de eclesiásticos.

Decía el teólogo José María Patino: “Los católicos no debemos agarrarnos al Código Penal para defender a Dios, no creo que la blasfemia deba dirimirse con el Código Penal”. Y añadía: “A mí me parece un mal modo de usar la libertad. Creo que un hombre educado no debe molestar la libertad de otro dañando sus símbolos”.

Y Adela Cortina, especialista en ética, indica en la misma línea que “Blasfemar, en el sentido grueso de la palabra y cuando se hace con intención se supone que es un intento de herir a alguien. O bien a Dios, pero entonces el blasfemo tiene que ser creyente, porque, si no cree que exista el interlocutor, la intención de dañar carece de sentido, cae en el vacío. O bien se trata de fastidiar a quienes sí son creyentes, de herir su sensibilidad, porque el blasfemo cree que la fe es muy importante para esas personas, tanto al menos como pueden serlo el cariño a los padres o al propio país. En ese caso, es una pésima manera de potenciar la convivencia en sociedades pluralistas, que deberían estar pensando en cómo resolver conjuntamente los problemas de justicia social en vez de fastidiarse unos a otros”.

A muchas personas cristianas nos parece que “Tomamos el nombre de Dios en vano” cuando desfiguramos la imagen del Dios de Jesús diciendo o haciendo algo que va en contra de la dignidad de la persona, de cualquier persona, que es lo más sagrado de la creación. Y hacer algo contra la persona es desfigurar la imagen de un concepto cristiano de amor y de perdón.

Hay que reconocer, de todas formas, que hay muchas personas y organizaciones creyentes que aportan más que un grano de arena para mejorar este mundo y hay muchos motivos para unir a personas creyentes y no creyentes de buena voluntad en defensa de lo más sagrado: la persona, y defender un estilo de vida en el que la dignidad y la justicia son objetivo prioritario de personas que coinciden en unos mínimos éticos universales. Esa es la tarea, que no es nueva, por cierto. Y dejemos de marear la perdiz.

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