OPINIÓN

¡Cuidado con el empleo que viene!

ETIKER - Miércoles, 10 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

LOS datos correspondientes al empleo en la Comunidad Autónoma Vasca y, más en concreto, en Gipuzkoa, según la Encuesta de Población en Relación con la Actividad (PRA), del Eustat, pueden ser entendidos a primera vista como positivos, con una cifra de desempleo del 10,1% y del 7,7% respectivamente. Viene confirmada por la Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre de 2018, en el que Gipuzkoa (7,55% de desempleo) se consolida con la tasa más baja del Estado.

Sin embargo, no todo es positivo. Este nivel de desempleo se está dando a costa de una mayor precarización (temporalidad, inestabilidad, falsos autónomos...) que afecta en gran medida a los menores de 40 años, empleados en el sector terciario. Estudios sobre el comportamiento en las contrataciones nos hablan de creación de empleo los lunes para destruirlo los viernes y así ahorrarse lo correspondiente a la Seguridad Social, si es que se ha hecho contrato. En otros empleos se da la rotación de los trabajadores en el mismo trabajo, unos días con empleo y otros de paro forzoso, con lo que ven truncadas sus esperanzas de disponer de un trabajo relativamente estable que posibilite un mínimo de seguridad y ánimo para el futuro. Las cifras esconden a personas concretas que, a veces, viven tragedias imposibles de recoger en los datos.

Las diversas instituciones, cada una a su nivel, realizan loables esfuerzos para atajar las consecuencias de esta actuación patronal;sin embargo, la mentalidad que predomina en muchos es la de obtener el máximo rendimiento monetario a corto plazo y sin importar las consecuencias que acarree a otras personas. Aunque ya no se escuche, a esa actitud se le denomina codicia.

Una nueva realidadLa economía se va transformando y, sobre todo, en momentos de crisis tiende a reinventarse para adaptarse a las nuevas circunstancias. La digitalización y robotización de la economía suponen importantes consecuencias en la manera de producir y una de las principales es la reducción del número de empleados.

Con los avances tecnológicos de los últimos tiempos, ha irrumpido con fuerza, desde 2008, la economía de plataformas, como modelo empresarial, que está en estrecha relación con la revolución digital y, aprovechándose del vacío legal existente a nivel internacional, se está convirtiendo en la fuerza dominante de la actual infraestructura, acelerándose su implantación en aquellas actividades que son susceptibles de rápido beneficio.

Hablan de economía “colaborativa”, para mejorar el bienestar de la población pero, en la mayoría de las ocasiones, esconden que lo que ellos pretenden es desarrollar un negocio del que esperan obtener a su inversión pingües beneficios.

Un ejemplo práctico de esta realidad es la reciente huelga realizada por los taxistas de las principales ciudades del Estado, protestando por la actuación de las plataformas Uber y Cabify, dedicadas al alquiler de vehículos con conductor, que hasta hace poco era una actividad minoritaria ejercida en momentos puntuales. Ahora quieren ampliar su actividad a cualquier tipo de servicio en las ciudades, entrando en clara competencia con el taxi, lo que ha llevado a la huelga a los taxistas, que piden el cumplimiento de las normas establecidas. La respuesta de las plataformas es abrir un pleito multimillonario (3.785 millones de euros) de indemnización si se produjera una limitación de su actividad lucrativa.

Consecuencias sobre el empleo Los trabajadores de estas plataformas ven que sus derechos laborales quedan reducidos a nada, pues son formas atípicas de relación laboral: cada uno legalmente es autónomo, debiendo emplear sus propios medios y asumir los costes, a cambio de la libertad de organizar su tiempo de trabajo, aunque el cómo debe hacerlo le viene impuesto.

Afecta a todos, pero especialmente a jóvenes y adultos jóvenes, con capacidad de asumir las nuevas tecnologías, dispuestos a aceptar la total flexibilidad por ausencia de regulación laboral, aunque disfrazada de mayor autonomía o de economía colaborativa, que no conduce más que a una mayor explotación para beneficio de unos pocos. Así, vemos cómo hay personas que obtienen sus ingresos de alquilar parte de su vivienda (pisos turísticos), realizar pequeñas tareas domésticas, o realizar repartos a domicilio.

Se sabe que no son buenas las condiciones de empleo, pero la gran mayoría las asume porque se siente impotente para cambiarlas y desconfía de los sindicatos. Tampoco el gobierno pone demasiadas barreras a su presencia, porque tiene como horizonte el crecimiento del PIB sin cuidar las maneras en que se realiza.

Mirando al futuro De fondo, este no es un problema solo tecno-económico, sino ético y político. Han sido decisiones políticas, al servicio de los intereses del capital las que han favorecido esta organización del empleo. En la raíz sigue estando haber colocado la obtención del mayor y más rápido beneficio monetario como el fin de la economía. Dicho en pocas palabras, es la lucha permanente del capital frente al trabajo. Pero ¿por qué someterse a un modelo social que solo persigue beneficios económicos aunque ello signifique para muchas personas su marginación? Demasiadas veces, la excusa de la sostenibilidad y de la eficiencia, por otro lado necesarias, esconde una codicia insaciable. Nunca debemos aceptar un modelo social que persiga beneficios a costa de la marginación de la persona.

Desde los principios éticos más básicos, estamos invitados a poner nuestras capacidades para lograr una sociedad desarrollada, que significa que toda persona, especialmente quienes se encuentran en peor situación, va a ver atendidas sus necesidades básicas y así ir caminando hacia ese bien común deseado.

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