OPINIÓN

Por un pacto cívico, público-privado

Por Javier Elzo - Martes, 9 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

columnista Javier Elzo

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EL pasado 8 de agosto asistí a un excelente coloquio que tuvo lugar en la deliciosa iglesia Saint Laurent de Kanbo (Cambo les Bains) en Iparralde. Intervinieron Michel Camdessus, cuyas tesis ya presenté en estas páginas hace meses;Jean Baptiste de Foucauld, en cuya aportación me centraré en estas líneas;Gérard Defois, arzobispo emérito de Lille;y el diputado Alain Lamassoure, hoy en el grupo MoDem de Bayrou. Tres horas de coloquio con gran afluencia de público.

Jean-Baptiste de Foucauld, quien ocupara altas funciones en la administración francesa, planteó su exposición señalando que nos enfrentamos, a la vez, a un problema de civilización y a un problema institucional. Dejo ese segundo para cuando nos acerquemos a las próximas elecciones europeas que, entiendo, serán transcendentales para el futuro de Europa, luego también para el País Vasco. Los cuatro oradores de Kanbo se extendieron en el futuro de Europa.

Desde la perspectiva de nuestra civilización actual, J-B de Foucauld subrayó una serie de grandes desafíos que exigen nuestra movilización. Citó a J. Habermas, quien había escrito que “la sociedad global, está funcionalmente cada vez más integrada, pero políticamente fragmentada”, esto es, el mundo material se unifica bajo la influencia de las fuerzas anónimas del mercado, pero permanece dividido, política, cultural y espiritualmente.

Mientras las nuevas tecnologías facilitan los contactos gratificantes, los vínculos sociales se distienden debido al individualismo, la permisividad, el desempleo y la precariedad, propiciando diversas formas de exclusión en las personas más frágiles.

Añádase a ello la relativización de los valores, la indiferencia y el cinismo hacia la idea misma de verdad, el culto a la denigración y al linchamiento digital, me permito añadir;esta doble pérdida del vínculo social que tranquiliza y crea seguridad, y de los valores que la sostienen, crea un vacío que conduce a la ira, a la violencia y a la necesidad de identidad, cualquier identidad y a cualquier precio.

Nuestro modelo económico, basado en la continuada estimulación del deseo, luego del consumo por el consumo, nos ha llevado a la constitución de tres deudas mayores, la deuda financiera planetaria, la deuda social con los más desfavorecidos y la deuda ecológica con la Tierra. ¿Cómo lograr que “la gran inundación del río del deseo se mantenga en el lecho restringido de los medios disponibles? Este es un desafío para el que nuestras sociedades no están, en absoluto, preparadas”, afirmó.

Esto es especialmente cierto en nuestras democracias que ya no sienten el desafío del comunismo. Son regímenes frágiles, sujetos más que nunca a sus tendencias deformantes, que son el individualismo, el racionalismo a ultranza y el materialismo.

Por lo tanto, concluyó esta parte de su exposición afirmando que “la situación actual requiere coraje y audacia, nuevas propuestas que permitan enfrentar estos diversos problemas movilizando apropiadamente las energías espirituales y políticas disponibles”.

Para responder a semejante reto, Jean-Baptiste de Foucauld avanzó dos ideas fuerza:

Por un lado, afirmar el valor espiritual de la democracia. La democracia es más que un modo de gobierno, es también un ideal de sociedad para lo cual es preciso que cada cual aporte lo mejor de sí mismo. Por eso las democracias necesitan una energía espiritual fuerte. Esta energía puede venir de las religiones o de las diversas espiritualidades (incluso ateas, añado) a condición de que busquen el interés general “en lugar de tratar de imponer su propia moralidad a quienes no piensan como ellas”. Esto supone en las religiones, que reconozcan que necesitan el clima democrático para no caer en su frecuente tendencia autoritaria de considerarse poseedoras de la verdad absoluta. Y en las espiritualidades informales que reconozcan que necesitan de los recursos de las religiones, y del enraizamiento en el compromiso democrático, a fin de superar el peligro del narcisismo y de la interioridad descomprometida.

En otras palabras, cultivar las diversas formas de hacer fructíferas las relaciones entre la democracia y la espiritualidad es, hoy más que nunca, una obligación ardiente, tanto para las democracias como para las religiones y espiritualidades. La democracia es el sistema que plantea la cuestión del significado de la vida humana, para enriquecerla mediante la investigación, el debate, la acción y las realizaciones, no para extinguirla con una tolerancia que es solo la máscara de la indiferencia.

La segunda idea fuerza de Jean-Baptiste de Foucauld es desarrollar nuevos modelos de cambio. Se necesita un nuevo software de cambio que nos permita enfrentar nuestros grandes desafíos y nos ayude a superar los dilemas entre el cambio individual y el cambio colectivo, que no funcionan el uno sin el otro. Necesitamos buscar un camino, un medio, suficientemente movilizador, sin caer en los defectos de las ideologías que acaban decepcionando. J-B de Foucauld apunta a lo que lleva años proponiendo, el “Pacto Cívico”, al que yo añado la dimensión “público-privado”, una de las buenas cosas que tenemos en nuestro quehacer en Euskadi.

El Pacto Cívico se sustenta en la idea de movilizar las fuerzas vivas de nuestra sociedad en torno a cuatro valores democráticos esenciales, según J-B de Foucauld: creatividad, para tener sentido y no solo para satisfacer el atractivo de la ganancia;sobriedad, más allá de la mera austeridad, como condición para la justicia social y ecológica, basada en la redistribución de lo superfluo, para que todos puedan acceder a lo esencial y para que la naturaleza sea preservada;justicia, en el sentido amplio del término, frente a las desigualdades inaceptables;y finalmente la fraternidad, porque la solidaridad mecánica e institucional ya no es suficiente y debe ser complementada por relaciones que poeticen y reencanten (¡cuánto me gustó que hablara de la música, como un gran patrimonio de Europa!).

Estos cuatro valores, que son complementarios e interdependientes, deben cultivarse en todos los niveles: el del comportamiento personal, el del funcionamiento de las organizaciones, y el de las instituciones y políticas públicas. En resumen, superar el infructuoso pensamiento binario que opone lo material a lo espiritual, lo público a lo privado, superando las meras normas formales de la democracia, cuya implementación exige el concurso de todos: individuos, entidades privadas e instituciones públicas. Es imposible detenerse aquí en el detalle operativo de tal proyecto, pero vale la pena conocerlo. (www.pacte-civique.org).

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