“Cuando me operaron y me quitaron el quiste, me liberé y respiré”

La donostiarra Marian Díez relata cómo fue vivir con un endometrioma hasta que le tuvieron que extirpar el útero

Domingo, 7 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

donostia- Marian Díez siempre, “desde jovencita”, había tenido menstruaciones muy dolorosas, pero en torno a los 40 años, aunque no es este el síntoma más característico de la endometriosis, empezó a tener “reglas impresionantes en cantidad”.

Se lo diagnosticaron en un ecografía de una revisión ginecológica rutinaria. “Me pusieron un tratamiento, con anticonceptivos y otras pastillas. Mejoré algo, pero muy poco y, además, me cambió hasta el carácter, estaba irascible. También cogí peso”, relata. Recuerda el viaje que realizó con su marido, cuando celebró el 25º aniversario de boda. “Fuimos a Portugal y creía que no llegaba. Me mareaba de las hemorragias”, afirma. Finalmente, tras esperar unos meses, le operaron y le quitaron el útero. Con posterioridad, no tuvo ningún problema excepto que le salió un “lipoma -un bulto compuesto de células de grasa- de tres kilos y medio”, una especie de faldón abdominal que desconoce si tiene relación con la endometriosis. “Me quitaron el útero con 47 años y el faldón después”, explica. “La gente me decía que habría engordado por la menopausia, pero no era una obesidad normal. Entre septiembre y diciembre engordé 20 kilos”, recuerda.

Después de esas dos intervenciones, “todo fue fenomenal”. Pero el camino había sido largo y duro. El ginecólogo le llegó a animar a tener un nuevo hijo para frenar la actividad de los ovarios y, por consiguiente, el tamaño del endometrioma. “Yo tenía claro que no, porque tuve a mi hija muy joven y no quería otro casi 20 años después”, subraya. “Al ginecólogo le daba pena que se me adelantara la menopausia y por ello estuve en tratamiento varios años”, añade. Sin embargo, el quiste en el útero “creció de tal forma que no se podía parar”. Su médico le comentó con la ecografía que el tamaño “era desmesurado” y al final se lo tuvieron que extirpar.

Tras varios años de tratamiento, afirma, “cuando me lo quitaron me liberé y respiré, se me acabaron los dolores y las anemias”. Díez asegura que siempre ha sabido qué era lo que tenía. “Desde el primer momento me tranquilizaron y me dijeron que era benigno. Me explicaron todo con claridad, con una terminología que podía comprender”, asegura. - A. L.

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