programa Hábitat Bizkaia

“En la calle solo piensas en sobrevivir”

Ricardo Fernández Curto ha vivido casi veinte años en la calle;ahora el programa Hábitat Bizkaia le ha dado una oportunidad para salir adelante

Un reportaje de Aitziber Atxutegi - Domingo, 7 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Ricardo Fernández, en su hogar, donde lleva dos años rehabilitado.

Ricardo Fernández, en su hogar, donde lleva dos años rehabilitado. (Oskar M.Bernal)

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Ricardo Fernández, en su hogar, donde lleva dos años rehabilitado.

RicardoMartínez Curto tiene 47 años y ha pasado casi la mitad de ellos viviendo en la calle. En 2016 sufrió una sobredosis que le llevó al coma, y que le hizo plantearse seriamente su futuro. A finales de ese año entró en el programa Hábitat Bizkaia, un programa innovador para abordar el sinhogarismo, que tiene como premisa alojar a la persona en una vivienda como primer paso en su proceso de inclusión. Dos años después, ha normalizado su vida y mira al futuro con optimismo. “En la calle solo piensas en sobrevivir;ahora tengo una ilusión”, explica desde el salón de su casa.

Veinte personas participan actualmente en el programa Hábitat Bizkaia, que sigue la metodología Housing First para facilitar la reintegración social de las personas sin hogar y que está muy extendida en Estados Unidos, Europa y otros puntos del Estado como Madrid, Barcelona o Málaga. Los programas de inserción tradicionales funcionan como una escalera: de la calle al albergue, del albergue al centro de noche, del centro a una pensión. Un proceso demasiado largo y ligado a exigencias -abstinencia, seguimiento de tratamientos...- que no todos consiguen culminar. El modelo, creado en 1990 por el psicólogo de una ONG de Nueva York, plantea otro enfoque: la vivienda es lo primero que se debe facilitar a la persona, con carácter permanente y sin supeditarlo a metas. Aunque no sin condiciones: deben contribuir al alquiler si tienen ingresos, reciben la visita de un trabajador social una vez a la semana, tienen que respetar las normas mínimas de convivencia... Si es un elemento clave en la mejora de la situación de las personas, ¿por qué no empezar por ahí? La persona se convierte así en protagonista de su proceso de inclusión.

Ricardo reconoce que ha pasado “muchos, muchísimos años” viviendo en la calle. “Tiradísimo, en San Francisco, en Indautxu, durmiendo en el suelo...”, recuerda ahora, sentado en el sofá de su casa. Es un piso modesto, con un pequeño salón que comparte espacio con la cocina, una habitación y un baño, que resulta acogedor por su techo abuhardillado y las vigas de madera. Llegó a Bilbao en el año 2000 y ha pasado temporadas en pisos y centros de acogida, pero siempre volvía “a lo de siempre, a la calle. Cuando llevas tanto tiempo llevando una vida desordenada no es fácil estar en un centro o en un piso de acogida con más gente, con unas normas y horarios, donde siempre hay rencillas, broncas... Al final vuelves a lo que conoces”.

Ricardo creció en Donostia y con 17 años se marchó de casa para ingresar en el ejército, donde comenzó a consumir. Su vida ha sido, desde entonces, una sucesión de recuperaciones y recaídas, de entradas y salidas a programas de rehabilitación pero que siempre terminaban en el mismo lugar: el frío asfalto, los cartones, la droga... “Van pasando los años, vas y vuelves a la calle, y acabé enfermo: VIH, hepatitis... Es una rueda que, una vez que te metes en ella, no para”, relata. El año 2016 marcó un antes y un después en su vida: poco antes de verano sufrió una sobredosis que le dejó en coma y le hizo perder la memoria. “Estaba en la habitación de un centro y un día me desfasé, me comí demasiadas pastillas y mi cuerpo reventó”, rememora. Estuvo una temporada ingresado en el hospital, en coma, y cuando despertó había perdido la memoria. Cuando le dieron el alta, pasó varios días en el albergue de Elejabarri. “A cualquier otra persona la hubieran expulsado pero sabían que no estaba bien: llegaba a las 4 de la mañana, meaba en el pasillo, entraba en una habitación que no era la mía... Estaba completamente ido, no sabía ni dónde estaba”.

Una de sus hermanas, que vive en Madrid, se enteró de su situación, vino a por él y lo llevó a su casa. “Pasé unos meses allí y me recuperé”. De vuelta a Bilbao, acudió a la Diputación para solicitar una valoración de su situación de exclusión y le hablaron del programa Hábitat. No se lo pensó dos veces y aceptó participar en él. El próximo mes de diciembre cumplirá dos años en su nuevo hogar, el primero que conoce, dejando a un lado el domicilio parental. Desde entonces, su vida ha dado un giro de 180º. “Me han dado la oportunidad de estar aquí y estoy de maravilla, muy a gusto, hago mis comidas, mis cosillas... Tengo un sitio donde estar, que es lo más importante. Para mí ha sido fundamental;si no estuviera aquí no sabría lo que hacer, seguiría dando tumbos por ahí”, reconoce. Tener su propio hogar, incide, “marca una diferencia enorme, a nivel físico, emocional... Te da mucha libertad, eres independiente. En los pisos o centros haces las cosas por obligación, porque te están mandado pero si no lo haces por ti mismo no llegas a ninguna parte”.

Su día comienza temprano. Para las 7 de la mañana ya está paseando a Saba, un precioso cachorro de poco más de un año que adoptó de una protectora y que, sonríe, “me da un montón de amor”. Luego acude a las instalaciones de Bizitegi, la asociación bilbaina que trabaja por la incorporación de las personas en riesgo o situación de exclusión social. “Allí desayuno y participo en las actividades”, relata. Forma parte también del grupo de teatro, Zenbatu, que enciende un brillo de emoción en sus ojos. “Ahora he encontrado algo que me gusta, me siento muy bien”, admite.

Reconoce que al principio no le resultó sencillo adaptarse a una vida normalizada, con unos horarios y unas responsabilidades que cumplir. “Luego, una vez que te haces a ello, es rodar. Si estás a gusto, todo es mucho más fácil”, afirma. Acostumbrado a pasar el día en la calle, le resultó complicado buscar en qué ocupar las horas del día. Incluso hizo un par de cursos, de carretillero y de soldadura, aunque no se sentía a gusto.

Tener su propio hogar también le permite ver el futuro con otro ánimo. Reconoce que no le gusta pensar en el largo plazo, “vivo el día a día”, pero es optimista. “Me veo con ganas de afrontar el mañana, por lo menos”, reconoce. Ha recuperado algo tan simple, pero a la vez tan volátil, como la ilusión por vivir. “Antes no tenía ilusión por nada. En la calle te preocupas por sobrevivir: hoy me pongo, se pasa el colocón, ahora consigo comida, ahora voy a dormir allá... Es pura supervivencia”, reconoce. También ha recuperado el contacto con algunos de sus hermanos. Y aunque ha tenido algún consumo esporádico, no ha vuelto recaer. “Ahora no tengo la cabeza en eso;es otra historia, es cuando estás en la calle. Consumes para no pensar y ahora estoy muy a gusto aquí”. No le pide grandes cosas a la vida. “Tengo mi casa, vivo tranquilo, tengo mi perrita, voy llegando a fin de mes... No pido más”.

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