El sacacorchos

La peor carrocería

Por Jon Mujika - Sábado, 6 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Jon Mujika

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Columnista Jon Mujika

HAY una edad, rayana en la adolescencia, en la que le peligro es invisible, un tiempo en que la moto no es sino una invitación a convertirse en hombre bala, sin ser consciente de que trae consigo la peor de las carrocerías posibles: el cuerpo del piloto. Eso se ha pregonado de generación en generación pero la realidad es terca, tozuda como una mula. Demuestra que la moto es un arma de destrucción masiva, sea quien sea quien la conduzca. Cualquier desliz en el cuentakilómetros, una curva mal trazada, la más mínima distracción dan con los huesos del motorista en el suelo. O lo que es peor, bajo tierra, como acabamos de comprobarlo en el barrio de El Pobal, allá en Muskiz, donde hay se llora sobre un nuevo cadáver.

A la hora de escribir no se conoce el porqué ni el cómo de los recientes accidentes, pero sí se escucha, en voz de los motoristas, que cuatro ruedas llevan el cuerpo, dos el alma. Muchos de ellos piensan -diría que la inmensa mayoría...- que sea cual sea el porvenir es mejor con el viento dándote en la cara, sintiendo la velocidad como se siente la adrenalina. Hoy, cuando la sábana blanca tiñe de negro la carretera en un triste adiós, volverán a pregonarse las dificultades y los peligros de las dos ruedas. Pero mañana los motoristas volverán a tomar la carretera. Venga un Padrenuestro por los caídos y ¡hala!, a soltar gas.

No se trata de ponerle freno a la pasión por el pilotaje aunque buena sea una conducción sensata. No en vano, los reflejos bien entrenados son mas rápidos que la suerte, más eficaces. No se trata de insuflar el miedo a las dos ruedas a quienes conducen sino pedirles que midan con buen juicio las distancias, que calibren la velocidad, que calculen que la forma más rápida de asegurarse llegar es el descanso.

Ya sé que hoy, cuando se lloran a los caídos de la tribu con la sangre aún caliente, no es momento de sermones, no está el coño para ruidos. Lo sé. Pero no se me ocurre mejor momento para pedirles, para pediros, que guardéis la mayor de las cautelas. Mañana, lo sé, ya estaréis quemando gomas de nuevo.

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