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athletic-Real Sociedad la crónica

Un derbi muy decepcionante

El Athletic, incapaz de crear juego, firma un balance pésimo en ambas áreas que le condena ante una Real vulgar

ATHLETIC RISAS CLUB: Vuelven las dudas

José L. Artetxe - Sábado, 6 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Iñaki Williams se lamenta de una acción sentado sobre el césped de San Mamés. Reportaje fotográfico: Oskar M. Bernal y Borja GuerreroVER GALERÍA

Iñaki Williams se lamenta de una acción sentado sobre el césped de San Mamés. (Oskar M. Bernal)

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Iñaki Williams se lamenta de una acción sentado sobre el césped de San Mamés. Reportaje fotográfico: Oskar M. Bernal y Borja Guerrero

GaleríaGalería: Athletic 1 - Real 3

  • De Marcos controla el balón ante Oyarzábal.
  • Kévin Rodrigues lucha con De Marcos.
  • Moyà despeja el balón.
  • Susaeta controla el balón frente a Raúl Navas.
  • Los jugadores de la Real celebran el gol de Oyarzábal.
  • Mikel Oyarzábal celebra un gol.
  • Muniain celebra el gol del empate.
  • Iker Muniain celebra el gol del empate.
  • Sangalli celebra su gol.
  • Mikel Oyarzábal celebra el tercer gol.
  • Moyà y Rodrigues saltan por el balón con Raúl García.
  • Berizzo da órdenes a sus jugadores.
  • Garitano, durante el derbi.
  • De Marcos intenta quitar el balón a Oyarzábal.
  • Jugadores de la Real celebran la victoria.
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BILBAO- Cuando no se juega al fútbol un pimiento, las áreas adquieren una trascendencia superior. Anoche el balance del Athletic en la propia y en la ajena fue deprimente y le costó la pérdida de tres puntos en una cita señalada. Se daba por supuesto que el derbi era el escenario adecuado para exponer un catálogo de recursos que confirmara las buenas sensaciones del Camp Nou, sin embargo el equipo defraudó cualquier expectativa razonable y permitió que una Real Sociedad que vino en cuadro, que cedió sin complejos la iniciativa y se centró en explotar las bazas más elementales, léase orden, intensidad y concentración, le superase con una holgura impensable. Fue tal el ejercicio de impotencia rubricado por los hombres de Berizzo que poco o nada cabe alegar a modo de atenuante.

La Real asumió su rol con humildad y besó la gloria. No trajo a Bilbao más intención que aguantar con un repliegue moderado las acometidas del anfitrión y el paso de los minutos justificó su planteamiento. La anodina propuesta del Athletic prácticamente no produjo nada decente en sus múltiples posesiones, fue el suyo un ir y venir trabado, trompicado, espeso, donde solo la voluntad asomaba y por supuesto no servía para subsanar las patentes carencias en la creación. Ni velocidad, ni precisión, ni pases filtrados, ni avances por las bandas, ni centros aprovechables, solo un afán por dominar la situación que se reveló inútil. Con este panorama quizá lo normal hubiera sido que el duelo concluyese en tablas, pero no, el Athletic se empeñó en cometer errores de bulto cada vez que la pelota rondó los dominios de Simón y lo pagó carísimo.

Cuatro veces se estiró el cuadro guipuzcoano y marcó tres goles. Así, como suena. Sin exagerar. Dos fueron fruto de sendos penaltis de libro: una entrada sin medida de Iñigo sobre Sangalli que el colegiado penalizó tras revisión del VAR y una cesión infame de Yeray que provocó el derribo del portero a Bautista. El otro gol nació en un mal pase de Yuri, al que siguió una blandísima disputa de Beñat y el consiguiente centro de Zubeldia fue conectado por Sangalli sin oposición. Un desastre de dimensiones irreparables apenas respondido por un gol de Muniain, que indujo a pensar en una reacción sólida más que nada porque estableció el empate a los pocos segundos de que Oyarzabal transformase la primera pena máxima.

Un espejismo que enseguida dio paso a la cruda realidad. Moyá no necesitó protagonizar una parada complicada en todo el partido, resolvió con despejes de manual un par de remates sin veneno y punto. En el balón alojado en su red, la fortuna se alió con el rematador, al que le cayó un rebote en el cuerpo de Illarra tras despeje de Rodrigues, que había desbaratado la acción previa, probablemente el pase más brillante de la noche a zona de remate, obra de Susaeta. No se registraron más aproximaciones que merecieran el calificativo de inquietantes para los intereses de la Real al margen de un gol anulado a Aduriz a diez del final por posición ilegal discutible, pero refrendada por el dichoso VAR. Y hasta ahí.

De nuevo el balón parado, una alternativa que debería ser rentable en casos como el de ayer, cuando el déficit de ingenio es tan acusado, se reveló como un problema añadido. Lo gordo, lo que convierte este asunto en un fenómeno inexplicable, radica que en que el persistente desperdicio de córners y faltas es denominador común jornada sí y jornada también.

DE MENTIRALo mejor que ofreció el Athletic sucedió en el arranque. Un rato anduvo la pelota circulando con cierta prestancia, con participación de muchos efectivos, pero en cuanto enfrente ajustaron las posiciones, el chorro de imaginación y alegría fue secándose y para el cuarto de hora ya estaba el equipo sin saber qué hacer para desbordar líneas o descolocar al rival. Conscientes de su inoperancia, algunos jugadores intentaban acelerar el paso, pero otros ralentizaban cada maniobra. La escasa sintonía, la ausencia de un funcionamiento coral, algo mínimamente armónico, deparó un espectáculo paupérrimo. Pases y más pases en aquellas partes destinadas a iniciar las combinaciones, conducciones igualmente intrascendentes a gran distancia del área. Williams aislado, sin suministro en un dominio ficticio, de mentira, pues la Real, eludiendo responsabilidades, mantenía el control del encuentro.

Alguna cosa con una pizca de originalidad a cargo de Raúl García y de Susaeta, en tres cuartos generando algún desequilibrio, pero el resto erre que erre, insistiendo en los mismos movimientos, acumulando posesión sin sentido porque no cabe calificarla de otra forma si no favorece la profundidad del juego. Tampoco esa presión que cunde frente a oponentes que proponen algo con balón, resultaba provechosa, pues la Real no estaba por la labor de arriesgar y se quitaba la pelota de encima sin contemplaciones. La ansiedad fue haciendo mella, lo cual se reflejó en cinco amarillas antes del descanso, apartado este que se compensó en el segundo acto.

El derbi seguía abierto, pero fue por poco tiempo. Era obvio que el Athletic precisaba algo distinto y no era precisamente entrega, ardor, de eso va sobrado, lo que no asomó fue la imaginación, el atrevimiento, el tacto para dar un pase en condiciones. Yuri se hinchó a subir, en vano, todos corrieron sin parar, pero lo que no corrió es el balón entre sus botas. Y la Real perseveró, disciplinada, con un perfil bajo aunque sólido aguardó agazapado su oportunidad, que fueron dos y logró así desquiciar al conjunto local. Berizzo efectuó un doble cambio con el 1-2 que no cambió el ritmo ni el índice de acierto. El Athletic se encomendaba a Aduriz, que relevó a Raúl García, quizá cansado, pero indispensable en las duras, y al margen de la picadita que el linier invalidó, el veterano se vio, como antes Williams, desasistido. Un páramo. Sin fútbol es difícil sorprender a nadie.

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