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nuevo proyecto del toto

Las campanas al vuelo hoy tocan a muerto

El incipiente y todavía inestable proyecto de Berizzo pasa de generar unas expectativas desmedidas en un partido a ser diana de severas críticas en el siguiente

José L. Artetxe - Viernes, 28 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Carlos Gurpegi, en compañía de Óscar de Marcos, Ander Iturraspe e Iñaki Williams, en las instalaciones de Lezama.Foto: Juan Lazkano

Carlos Gurpegi, en compañía de Óscar de Marcos, Ander Iturraspe e Iñaki Williams, en las instalaciones de Lezama.Foto: Juan Lazkano

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Carlos Gurpegi, en compañía de Óscar de Marcos, Ander Iturraspe e Iñaki Williams, en las instalaciones de Lezama.Foto: Juan Lazkano

bilbao- Según se deduce de las reacciones al último partido, el nuevo proyecto del Athletic poco menos que rubricó su finiquito ante el Villarreal. El equipo fue una sombra de sí mismo, perdió con todo merecimiento, traicionó su propio estilo, regresó a los tiempos oscuros de la etapa precedente. Estas son algunas de las conclusiones recogidas en los medios, que se sumarían a la postura adoptada por un amplio sector de la afición que decidió dar la espalda a lo que sucedía sobre el verde y abandonó su localidad bastante antes de la finalización.

El agrio tono de las censuras que siguieron a una actuación deficiente sin más, que solo en la recta final derivó en un desbarajuste traducido en un severo correctivo, resulta llamativo. Probablemente, sea tan llamativo como la cascada de halagos que hubo después de empatar con el Real Madrid y el Betis, que a su vez contrastaron con el escepticismo percibido tras derrotar con apuros al Leganés y repartirse los puntos con el Huesca. Por lo visto, la evidente irregularidad de que está haciendo gala el Athletic está siendo difícil de asumir por el entorno, que ha olvidado que asiste a los primeros pasos de una temporada donde por pura lógica Eduardo Berizzo y también los futbolistas precisan de un plazo razonable para llevar a cabo una reforma del juego y de la actitud ante la competición que alejen los fantasmas del pasado.

El sentimiento de frustración que se percibe generalizado responde por una parte al ansia de superar una etapa negativa y por otra, a la ilusión generada por el discurso de Berizzo, sus decisiones, la incorporación de varios jugadores y algunos de los momentos que ha brindado el equipo. Esto último, sobre todo el modo en que se le tuteó al Madrid o la media hora inicial del Villamarín, al parecer apuntalaron la impresión de que el cambio radical que se reclamaba ya estaba aquí, que era una realidad tangible y que, por tanto, en adelante se vería un Athletic capaz de aturullar a cualquier rival con una presión enloquecida para a continuación someterle en el marcador.

Poco importaba que por tradición el clásico sea un día especial donde el Athletic casi siempre, al margen de cuál fuese su estado de forma o su clasificación, da el do de pecho inspirado por el brillo que emiten los uniformes blancos. Tampoco se reparó en el detalle de que frente al Betis, el bagaje ofensivo se limitó a los dos goles marcados en un arranque intensísimo y que durante casi una hora el trabajo se enfocó exclusivamente a contener al oponente, tarea que no puede calificarse de modélica en su ejecución por mucho que durante 45 minutos se hiciese en inferioridad numérica.

memoria selectivaEse par de referencias concretas bastaron para echar las campanas al vuelo, pensando que un Athletic transformado asomaba y sería capaz de mantener una línea ascendente y que, por supuesto, daría buena cuenta del Villarreal, víctima propiciatoria de una progresión imparable. Y acaso la clave del decaimiento de ánimo actual radique en que lo que de positivo ha apuntado de manera parcial el equipo no refleja con fidelidad la situación. De entrada porque se omite la parte negativa del comportamiento, que asimismo ha ocupado tramos, más o menos extensos, de cada uno de los compromisos celebrados, con la excepción quizá de la noche del Madrid, sin duda la más completa.

Y el ejercicio de memoria selectiva se repite aplicado al cruce con el Villarreal: el peso de la última media hora hunde en el olvido lo que de bueno ofreció el Athletic hasta la genialidad de Fornals. De acuerdo que no hablamos de ninguna maravilla, sino de una fase de equilibrio afeada por un balance rematador nulo. Berizzo se esforzó en reivindicarlo, en sacar la cara a sus pupilos, que habrían cumplido las consignas comentadas en la caseta, pero fue en vano. El horno no estaba para bollos, sus precisiones técnicas sonaron vacías ante la contundencia que desprende un 0-3 en San Mamés. Esta vez careció de valor la insoportable temperatura con que se jugó o que el segundo y definitivo gol del rival estuviese precedido de una falta clamorosa o que, como se ha apuntado, lo que puede admitirse como una pugna sujetada por alfileres se fuera al traste a raíz de un lance excepcional, como lo es una volea que recorre más de 40 metros hasta alojarse en la red.

El grado de decepción suele ser proporcional al de la expectativa. Ocurre en todos los órdenes de la vida y en el fútbol, donde intervienen poderosamente factores ajenos a la racionalidad, con más motivo. Si el aficionado se siente defraudado es porque confiaba en presenciar un espectáculo que colmase todas sus apetencias. Y está demostrado que hoy por hoy el Athletic aún no está en condiciones de carburar con la soltura y la seguridad de un colectivo ensamblado, rodado, que domina conceptos que implican un importante salto cualitativo en relación al pasado reciente. La paciencia va paulatinamente extinguiéndose en el fútbol, un síntoma más preocupante si cabe en el caso del Athletic.

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